Capitulo #23

6 0 0
                                        

El beso de Oroitz seguía repitiéndose en mi cabeza una y otra vez. Era como una película que no podía dejar de ver, una escena que volvía a mí en los momentos menos esperados. Me encontraba en un estado de confusión total. Mi corazón latía con fuerza cada vez que pensaba en él, en sus labios, en la forma en que me detuvo cuando intenté alejarme.

No podía evitarlo... me había ilusionado otra vez.

Después de todo lo que había pasado, después de todas las veces que me había rechazado, después de todo el dolor... ahí estaba yo, esperanzada, convencida de que tal vez esta vez era diferente. Tal vez, solo tal vez, Oroitz se había dado cuenta de lo que sentía por mí.

Las clases se sentían más largas, como si el tiempo jugara conmigo. Mis pensamientos estaban en todas partes menos en el aula. Miraba hacia la puerta de la clase con la esperanza de verlo aparecer, aunque sabía que era imposible. Miraba mi teléfono una y otra vez, esperando un mensaje suyo, alguna señal de que lo que pasó entre nosotros no había sido solo un impulso.

Y entonces, como si el destino jugara conmigo, él empezó a buscarme.

Al principio fueron miradas furtivas en el pasillo. Sentía su mirada clavada en mí, pero cuando volteaba, él desviaba la vista. Luego, pequeños encuentros "casuales", como si el universo estuviera conspirando para que nos cruzáramos en cada esquina. Yo pasaba por la cafetería, y ahí estaba él. Caminaba hacia la biblioteca, y él justo salía de ahí.

Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía que el aire se volvía pesado, que mi corazón iba a explotar. Era una sensación aterradora y adictiva al mismo tiempo.

Pero lo peor no era eso... lo peor era que yo también lo buscaba.

Me odiaba por ello. Me odiaba por ser tan fácil, por seguir cayendo en su juego, por seguir aferrándome a una esperanza que probablemente solo existía en mi cabeza. Pero no podía evitarlo. Cada paso que daba en el colegio era con la ilusión de encontrarme con él, de que me hablara, de que hiciera algo que confirmara que lo que pasó entre nosotros realmente significó algo.

Y entonces, un día, sucedió.

Era la hora del almuerzo, y estaba con mis amigas en la mesa de siempre. Intentaba concentrarme en la conversación, pero mi mente estaba en otro lado. Sentía que alguien me miraba, y cuando levanté la vista, ahí estaba él.

Oroitz estaba unos metros más allá, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos, observándome con esa expresión difícil de descifrar. Su mirada era intensa, y por un momento, el mundo entero desapareció.

—Aisha, te está mirando demasiado —susurró Dalia, sacándome de mi trance.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué debía hacer? ¿Le sonreía? ¿Me hacía la indiferente?

Antes de que pudiera decidir, él comenzó a caminar hacia mí.

Mi corazón se aceleró.

Mis amigas dejaron de hablar, todas notaron lo que estaba pasando. Sentí sus miradas curiosas y expectantes sobre mí, pero en ese momento, lo único que importaba era que Oroitz venía hacia mí.

Se detuvo justo al lado de nuestra mesa, mirándome directamente a los ojos.

—Aisha, ¿podemos hablar un momento? —su voz era firme, pero había algo diferente en su tono.

Tragué saliva y asentí, ignorando las miradas de mis amigas mientras me levantaba.

Lo seguí fuera del comedor, mi mente iba a mil por hora. ¿Qué quería decirme? ¿Se arrepentía del beso? ¿Quería decirme que fue un error? ¿O tal vez... tal vez por fin había aceptado sus sentimientos por mí?

Nos detuvimos en un pasillo poco transitado. Oroitz se pasó una mano por el cabello, visiblemente incómodo.

—Escucha... —comenzó, pero se quedó en silencio por un momento, como si estuviera eligiendo bien sus palabras—. Quiero que sepas que... lo que pasó el otro día...

Mi corazón dejó de latir.

—No quiero que lo malinterpretes —dijo finalmente.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Malinterpretar? —mi voz apenas fue un susurro.

Él suspiró y me miró con algo que parecía... culpa.

—Aisha, yo... de verdad me importas. Me gustas mucho como persona, me encanta hablar contigo, me encanta estar contigo...

Su voz tembló un poco. No quería decirlo. No quería decirme la verdad.

—Y quiero que sigamos como hasta ahora —agregó, evitando mi mirada.

Mi respiración se detuvo por un momento.

—¿Seguir como hasta ahora? —repetí, tratando de entender.

—Sí —asintió rápido—. Lo que pasó... significó mucho para mí.

Mentira.

Lo vi en su expresión, en la forma en que apretó los labios, en la forma en que evitó mis ojos. Estaba mintiendo.

—¿Entonces... no fue un error? —pregunté, mi voz era apenas un hilo.

Oroitz se quedó en silencio por un momento. Su mirada se oscureció y vi algo que no esperaba ver en él: culpa.

—No, Aisha... —su voz era suave, pero se notaba el peso en sus palabras—. No fue un error.

Mi corazón se aferró a esas palabras como si fueran la única verdad en el universo.

—Yo... quiero seguir estando contigo —agregó—. Quiero que esto funcione.

Mentira.

Pero en ese momento, no me importó.

No vi su duda, no vi su indecisión. Solo vi la promesa en sus palabras, la promesa de algo que siempre había querido escuchar.

—Yo también quiero eso —admití, sintiendo cómo mi corazón se llenaba de una esperanza imposible de controlar.

Oroitz me sonrió, pero no fue una sonrisa feliz. Fue una sonrisa triste, una sonrisa de alguien que sabía que estaba haciendo algo mal, pero que no tenía el valor de hacer lo correcto.

Nos quedamos en silencio, mirándonos.

En algún rincón de mi mente, algo me decía que esto no estaba bien. Que Oroitz no estaba diciendo toda la verdad. Que él no estaba seguro de lo que quería.

Pero me aferré a su mentira, porque era lo único que tenía.

Y él se aferró a mí, porque no quería perderme.

fin del capitulo....

fin del capitulo

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora