Anna
—¿Por qué me vendan los ojos, Harry? —pregunté, la voz temblándome ligeramente, una mezcla de nerviosismo y una excitante anticipación por el nuevo juego que mis amantes me proponían.
—No te preocupes, cariño —contestó Harry, su aliento cálido en mi oído, encendiendo un pequeño fuego—. Antes de que pudiera reaccionar, sus manos tomaron las mías, suaves, firmes, y las ató con una corbata de seda que luego sujetó con destreza al cabecero de la cama. —Recuerda que así como me permitiste atarte, puedes detener el juego si no te gusta.
Besó mi mejilla con una ternura que contrastaba con la audacia de la situación. Asentí, el pulso acelerado. Mis ojos, ahora velados, agudizaban cada uno de mis otros sentidos. Sentí la vibración del aire cuando Niall entró a la habitación, y el leve cambio en el aroma que me rodeaba, una mezcla de su colonia y el almizcle familiar de nuestros cuerpos. Lejos de calmarme, el calor en mi cuerpo se intensificó. Los necesitaba a ambos con una urgencia palpable, pero, atada y vendada, solo podía esperar.
—Esta sorpresa te gustará, Ana. Y nosotros también disfrutaremos de ella —dijo Niall, con un toque de misterio en su voz.
Intenté descifrar el tono, la intención detrás de esas palabras, pero mi mente estaba en blanco, abierta a la experiencia. Entonces, sentí cómo el colchón se hundía a mi lado, un peso ligero y grácil. Una mano, pequeña y delicada, rozó la piel expuesta de mis muslos, ascendiendo lenta y deliberadamente. Cada roce era una chispa. Subió por mis piernas, se detuvo un instante en la curva de mi cadera, y luego, con una audacia exquisita, se acercó peligrosamente a la entrada de mi vagina. Un escalofrío me recorrió. Esa mano continuó su ascenso, dibujando una línea ardiente por mi vientre hasta alcanzar mis pechos. En ese momento, una verdad innegable y abrumadora me golpeó: la persona que estaba acariciando y explorando mi cuerpo desnudo no era un hombre. Era una mujer.
¿Una mujer? La idea era tan inesperada como seductora. Un nuevo tipo de nerviosismo, uno más agudo, electrizante, se apoderó de mí.
—Harry, Niall... yo no sé si estoy preparada para... —Mis palabras se ahogaron en un gemido cuando sentí los labios húmedos y cálidos de la mujer desconocida posarse sobre uno de mis pechos. Su aliento en mi piel, la suave succión, me lanzó a un abismo de sensaciones.
Quise resistirme, aferrarme a un vestigio de control, pero mi cuerpo se rebelaba. Tensioné la corbata de mis muñecas, moviendo mi cadera en un impulso inútil por liberarme. Pero cuando ella colocó su dedo pulgar e índice sobre mi clítoris, con una presión precisa, un torbellino de placer me arrebató la razón. Toda cordura abandonó mi mente, dejándome a la deriva en la marea de las sensaciones de ese momento. La mujer jugaba con él, susurrando sin palabras un lenguaje de deseo que mi cuerpo entendía a la perfección. Mis caderas se arquearon instintivamente, buscando más. Justo cuando sentí que el orgasmo se acercaba, una ola que prometía devorarme, ella paró. Un gruñido frustrado escapó de mis labios.
¡No! ¡No te detengas!
Pero ella no lo hizo. Y justo entonces, la voz de Harry susurró cerca de mi oído: "Disfrútalo, amor". Me besó suavemente la mandíbula antes de retirarse, dejándome a merced de la misteriosa mujer.
Sentí su cuerpo deslizarse y entrelazarse con el mío. Era suave, femenino, y mi piel respondía a cada centímetro de contacto. Ella posicionó mis piernas a los costados de su cadera, y en ese instante, la verdad se confirmó: tendríamos sexo lésbico. Un hormigueo de anticipación y un vértigo excitante me embargaron. No pude evitar que un jadeo de sorpresa y puro deleite escapara de mí al sentir la fricción de nuestras vaginas. Era una sensación tan intensamente placentera como extraña y nueva. Dejé que ella tomara el control, que estableciera el ritmo con el suave vaivén de sus caderas, mientras se acercaba a mi cuello, depositando besos húmedos y pequeños mordiscos que me erizaban la piel.
Sentía cada uno de los movimientos de nuestros cuerpos, la forma en que se acoplaban, a tal punto que el solo roce de nuestros pechos me llevaba a la locura. La ceguera intensificaba todo; cada sonido, cada respiración entrecortada, el aroma dulce de la excitación, el sabor metálico en mi boca. Estaba envuelta en un espiral de placer que me decía que no podría contenerme, que esa tensión acumulada debía explotar. Pero había algo en ella, algo en la novedad, que me mantenía al borde, prolongando la agonía dulce.
—¡No puedo, Harry! ¡No puedo más! —repetí varias veces, mis palabras apenas audibles entre jadeos, antes de que las contracciones se expandieran por todo mi cuerpo. Así, grité, un grito gutural que resonó en la habitación, sin importarme nada más que la liberación de mi orgasmo.
—Lo hiciste muy bien, amor. Muy bien... —La voz de Harry era una caricia mientras besaba mi mandíbula. Aturdida por el clímax, no me di cuenta en qué momento aquella mujer abandonó la cama, ni cuándo Niall ocupó su lugar. Él no dudó un minuto en comenzar la labor de limpiarme, sus dedos expertos y su lengua moviéndose con una habilidad que solo él poseía.
Volviendo a sentirme caliente con una velocidad asombrosa, me tensioné nuevamente al sentir su lengua y sus manos pellizcar mis pezones, ahora más sensibles que nunca. Pero lo que sin duda prendió el fuego fue la proposición de mi marido de hacerle sexo oral.
Fue así que, sintiendo la punta de su pene rozar mis labios, saqué mi lengua para darle una primera probada, encendiendo de paso a Harry, que no tardó mucho tiempo en penetrar mi boca con su pene, empujando con una necesidad animal. Sin poder gemir en voz alta, murmuré incoherencias, tragando y succionando, mientras nos dábamos placer el uno al otro en esa danza de bocas y cuerpos. Y poco después, preparándome para recibir la eyaculación de mi marido, no esperé que Niall levantara mis piernas para colocarlas sobre sus hombros y me penetrara duramente, llevándome nuevamente al borde del precipicio.
—Vamos, Anna. Necesito sentir cómo tu vagina se contrae y absorbe con ímpetu mi semen que, como siempre, se derramará y caerá por tus piernas —susurró Niall, su voz grave y cargada de deseo.
Estando ya con un pie sobre el vacío, quise caer en ese espiral de placer, pero mi cuerpo parecía negarse a aceptar tanto, a ceder tan rápido. Hasta que Harry avisó que se venía. Sabiendo mi afición al semen, abrí mi boca, lista para recibirlo todo, pero sintiendo los labios de Niall sobre los míos, supe que debería compartir el semen de mi marido con él. Lejos de enojarme, la idea de compartir ese momento íntimo, esa explosión de vida entre mis dos hombres y yo, hizo que mi cuerpo convulsionara al sentirse preso de un placer tan abrumador que me desbordaba.
—¡La venda! ¡Quítenme la venda! —grité desesperadamente.
Y agradecí tener la oportunidad de ver, justo en ese instante, cómo mi marido nos manchaba a ambos con su líquido blanco mientras gemía una y otra vez. Y solo en ese momento, en el cual Niall chupaba mis pechos salpicados, llevando aquel semen a mis labios en un beso profundo, exploté, llevándolo a derramarse en mi interior con un grito de puro abandono.
Minutos después, Niall descansaba sobre mi cuerpo, pegoteado de semen, aún en mi interior, en tanto Harry lo preparaba para penetrarlo. Sin duda, iba a ser una noche muy, muy larga.
ESTÁS LEYENDO
One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
