61. Esperanza perdida.

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Luisa.

Abrí los ojos lentamente y lo primero que observé fue un techo de alguna habitación de un color muy blanco, las paredes tenían un leve tono verdoso y las lámparas que estaban colgadas del techo me lastimaban los ojos por la intensidad de la luz que trasmitían.

Al ir bajando la mirada de mi inspección del techo, me di cuenta que en las paredes no había ni un solo objeto de decoración y me sorprendí al notar en el aire un leve olor a lejía, como si todo lo que me rodeaba estuviera impecablemente limpio.

A mi alrededor se escuchaban algunos pitidos y supuse que me encontraba en alguna sala de urgencias de alguno de los hospitales que había por esa zona de la ciudad, me estaba volviendo a poner nerviosa y el oxigeno no llegaba hasta mis pulmones lo que provocaba que me empezara marear por el esfuerzo de atraer aire a mi cerebro. Los aparatos que estaban en la habitación comenzaron a sonar mucho más rápido y alertaron a las personas que se encontraban por allí

—Señorita, por favor cálmese —dijo una voz que no reconocí.

—¿Dónde estoy? —grazné mientras me quitaba la mascarilla.

—Estás en el hospital Santa Clara, en el centro.

—¿Cómo llegué aquí?

—Te trajeron en una ambulancia, luego de que te desvanecieras en un consultorio.

De golpe se me vino todo a la cabeza, el cuerpo de Nick, el olor de la sangre, Claudia y sus lloros y lo más grave fue la noticia de que los expedientes habían sido robados. Mi garganta se cerró por el terror otra vez, y comencé a respirar muy agitada, mientras por mi mente pasaban a gran velocidad imágenes de lo que le podría pasar si mi madre o yo fuéramos encontradas por la persona que había matado a Nick. La señorita, que suponía era una enfermera, se acercó a mi y con palabras dulces intentó calmarme, pero sus intentos fueron en vano, así que se vio obligada a aplicarme un sedante para que me calmara.

Luego de no sé cuánto tiempo, mis ojos se volvieron a abrir de golpe mi respiración y mi ritmo cardiaco comenzaron a subir de nuevo, algo en mi cabeza tomó el control y me obligó a pensar con calma y controlar mi respiración.

Cuando ya estaba más calmada comencé a hacer una revisión del lugar donde me encontraba y me llevé una decepción y me sentí un tanto aliviada al comprobar que estaba en una sala de emergencias como cualquier otra.

Cuando por fin terminé de hacer mí inspección y comprobar que seguía en la misma habitación en la que me había despertado la vez anterior, mi cerebro comenzó a trabajar para poder encontrar algo que me diera una ruta con la que guiarme para salir de todo este embrollo en el que estaba metida.

Comencé a quitarme las intravenosas, y el dolor que me produjo me recorrió toda la columna vertebral y un grito ahogado salió de mi garganta, continúe con el proceso, pero justo cuando me iba a levantar de la cama, una enfermera bastante bonita ingresó en la habitación e impidió que me terminara de quitar las intravenosas que tenía en el otro brazo.

—¿Qué hace? —pregunté en medio de un jadeo.

—Lo lamento, pero usted aún no se le ha dado el alto —respondió con completo profesionalismo.

—Pero si ya me encuentro bien.

—Eso lo decidiremos nosotros.

—Me quiero ir de este lugar.

—Eso aun no es posible, debe de calmarse y recostarse en la cama —dijo ella, mientras me empujaba hacía atrás en la cama—, le ayudaré con todo esto.

Me and My Broken Heart.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora