68. Última Noche En El Viñedo

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Demian.

—¡Demian, ya es hora de despertar! —escuché la voz de mi madre.

Abrí los ojos y la luz del sol que ingresaba por la ventana del balcón, hizo que entrecerrara los ojos.

—¡Demian el desayuno está listo! —volvió a gritar mi madre desde las escaleras.

Intente moverme, pero Kaleb tenía su brazo alrededor de mi cintura, inmediatamente abrí los ojos e intenté moverme y evitar el contacto entre nuestros cuerpos.

—¿Qué crees que estás haciendo? —le grité.

—Durmiendo contigo —respondió con voz ronca, que hizo que los bellos de mi nuca se erizaran.

—Y ¿en qué momento te di a entender que podías tocarme? —volví a preguntar—. ¡Suéltame!

—Nunca dijiste que no podía a tocarte —respondió él—. Y no quiero soltarte estoy muy cómodo así.

Y acto seguido se pegó más a mí y logré sentir toda su anatomía contra mi espalda y su miembro contra mi trasero. Su boca seguía en mí nuca, su respiración estaba haciendo que la mía se acelerara, me estaba poniendo muy nervioso y me decía a mí mismo que no me estaba gustando, pero eso era una completa mentira.

Tenía que levantarme de la cama y alejarme de ahí antes de que mis hormonas me hicieran cometer algún error del que me pudiera arrepentir. 

—Aléjate de mí —grité mientras me alejaba.

—No, y quédate quieto —respondió él.

Comenzamos un forcejeo y rodamos en la cama, él no me soltaba y yo intentaba soltarme, rodamos por todo la cama. En medio del forcejeo logré girarme hasta quedar frente a frente, él quedó arriba de mí y me aprisionaba contra el colchón con todo su peso.

—Suéltame Kaleb —supliqué con la voz agitada.

Él solo me miró a los ojos y sonrió victorioso y en ese momento mis defensas terminaron de derrumbarse.

—Bésame idiota —le pedí.

Su sonrisa se ensanchó mucho más, se levantó apoyándose en una de sus brazos, mientras que con su otra mano comenzó a acariciar mí mejilla, pasó sus dedos por mis labios y yo sentía que el camino por donde hacía su recorrido mi piel se incendiaba como se incendian los árboles al ser tocados por la lava de un volcán; en sus ojos había un brillo especial como si intentara grabarse en la memoria la forma de mis labios, la textura y el color.

—¿Qué acabas de decir? —dijo con arrogancia.

Mis mejillas comenzaron a arder, cerré los ojos y giré mi rostro para evitar que él me mirara.

—Bájate de encima —susurré.

—No hasta que repitas lo que acabas de decir —dijo él pegando su boca contra mi oído.

Justo cuando estaba a punto de suplicarle que me besara, la puerta de mi habitación se abrió de par en par y mi madre estaba entrando de espaldas, como si trajera algo en las manos.

—Hace mucho rato te estoy llamando para que bajes a desayunar —iba diciendo ella mientras se giraba, cuando estuvo de frente a la cama sus mejillas se volvieron muy rojas y comenzó a balbucear—. Lo siento, pensé que me estabas ignorando —en sus manos traía un juego de sabanas limpias y las toallas de cambio, comenzó a mirar a todos lados buscando donde poner lo que traía en las manos—. Dejaré esto por aquí, no los interrumpo más, le diré a Rosa que guarde sus desayunos —dejó la ropa sobre una silla que había cerca de la puerta y luego salía como si la estuviera persiguiendo un león hambriento.

Me and My Broken Heart.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora