38. Fiesta.

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Matías.

Habían pasado dos días desde que Demian se había llevado a Kaleb a su casa. Ese día fue una completa tortura para mí. No sabía que pensar ¿era posible que estuviera pasando algo entre ellos? Sinceramente esperaba que no.

No sé cómo fueron las cosas y tampoco quiero salir de la duda, solo sé que los vi a ambos en el auto de mi amigo y al seguirlos se fueron a su apartamento. Estuve tentado de entrar, sabía que los porteros ya me conocían y no pondrían problema con que subiera.

Pero no quise hacer esa escena, al fin de cuentas, aun guardaba un poco de dignidad. Mi obsesión con él aún se mantenía un poco bajo guardia, todavía no había cruzado el límite o eso esperaba.

Aunque si él se llegara a enterar de todo lo que hice, seguro que me denunciaría con la policía por acoso.

Estuve fuera de su casa toda la noche, primero vi salir a Ámbar tomada de la mano de ese guardia de seguridad. Que bajo. Varias horas más tarde pude ver como Kaleb salía del edificio. Desde la distancia en la que estaba, sabía que estaba hecho una furia, sus pasos eran fuertes, seguros y con mucha energía, iba hablando consigo mismo, le veía hacer gestos con las manos y mover la boca.

Ver eso me hizo sentir un poco mejor, no era que él me desagradara, solo que se estaba interponiendo en mi camino con Demian y eso me sacaba un poco de quicio. O quizás, ¿su aparición hizo que me fijara en mi amigo?

Encendí el auto después de ver desaparecer a Kaleb por una esquina, y salí del callejón en el que me había ocultado. En la autopista tomé dirección a mi casa. Dejé el auto en la cochera y subí hasta mi habitación.

El cuarto estaba tal cual lo había dejado en la mañana. La cama sin tender, la ropa sucia sobre una silla, mis zapatos tirados en cualquier lugar, incluso un par de calzoncillos usados y sucios dejados debajo de un escritorio. Sobre la mesa y a un lado del teclado de la computadora había un montón de pedazos de papel higiénico enrollados de cualquier manera.

El closet abierto de par en par, dejaba ver muy bien el desorden en el que se había convertido mi vida, desde que habíamos llegado a la ciudad. En una de las puertas, enredada en medio de una ranura, una hoja de papel flotaba casi por arte de magia. No tenía la necesidad de tomarla, sabía lo que era. Tenía grabadas en mi mente cada una de las palabras que estaban escritas en él.

El papel era una carta de despedida de mi padre, antes de dejarnos. Una carta en la que explicaba sus razones de irse. No pedía perdón, tampoco era que lo fuera a recibir, tampoco decía que era problema suyo. Sus palabras eran frías, crueles e hirientes.

Se iba, nos dejaba y aseguraba que no volvería. Su nueva mujer, una que era muchos años menor que él, le daba todo lo que mi madre le había negado por años. Una trepadora, como la llamaba mi madre, que trabajó para él durante algunos meses y que logró engatusarlo para meterse en sus pantalones.

Los reclamos de mi madre, mis exigencias de dinero, lo poco satisfecho que se sentía en casa y el montón de discusiones que manteníamos cada dos por tres, lo habían obligado a buscar fuera de casa, lo que dentro se le negaba.

De cierta forma, lo entendía. Creo que no sería capaz de vivir con alguien como yo, y mucho menos con alguien como mi mamá.

Ella había decidido dejar el lujoso barrio en el que vivíamos. No quería convertirse en el chisme de turno de las otras esposas engañadas que, se decían ser sus amigas.

Nos trasladamos a un barrio un poco más económico, ella arrendó la casa y con el dinero que ganaba, lograba mantener un poco las apariencias. Comenzó a buscar trabajo, pero como nunca había querido estudiar y no sabía hacer nada, solo le ofrecían trabajos de camarera, de aseadora y trabajos que, para alguien de su nivel, según ella, no eran dignos.

Me and My Broken Heart.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora