XXXXX.
Nacer en la pobreza, además de hacerlo en una de las ciudades más peligrosas de mi país no es una bendición, quizás sea la peor maldición que alguien pueda recibir. Un país del tercer mundo, como lo llaman en los países más desarrollados, con los índices de corrupción por las nubes, donde la violencia campa a sus anchas en todos los lugares, con apenas esperanzas de progresar, los carteles de la droga, y la falta de inteligencia del pueblo del común, han entorpecido hasta lo indecible el camino para construir algo que nos beneficie a todos.
Soy huérfana, eso le digo a todas las personas que logran atravesar mis barreras, por lo general, no me gusta tomarme el trabajo de explicar las razones, pero es una mentira descarada.
La realidad es mucho más cruel de lo que parece. Mis padres me abandonaron. Con tan solo unos días de nacida, me dejaron tirada en la acera al frente de un convento de la ciudad, envuelta en una sábana sucia y con manchas de orina y con quemaduras de cigarrillo.
Mi infancia no fue fácil. Tampoco fui feliz. En el convento tenían un programa de adopción, pero a mí nunca me adoptaron, quizás la gente pensaba que era demasiado fea, delgada, baja, enfermiza, sucia o cualquier otro defecto que no estaba a mi alcance resolver. El hecho era que nunca tuve ni la más mínima opción de salir de allí del brazo de alguna familia.
Cada vez que veía a una familia llegar y dar un recorrido por todo el orfelinato, mi corazón latía a toda velocidad. Intentaba comportarme como una niña buena, no decía groserías o peleaba con los otros niños que había allí. Las personas solo pasaban por mi lado, sonriendo y hablando con alguna de las religiosas que estuviera con ellos.
Fueron muchas las veces en las que noté como se acercaban a otra niña y se arrodillaban frente a ella para hablar, esa interacción duraba unos pocos minutos, al final ellos se volvían a poner de pie y seguían caminando por el lugar.
Después de haber conocido todo el lugar, se dirigían a la zona de las oficinas, de donde no volvían a salir a los patios. Ellos se retiraban del lugar y la vida volvía a su ritmo normal, como si nada de eso hubiera pasado, todos regresábamos a la rutina: clases, actos religiosos, quehaceres del lugar o cualquier otra cosa que las monjas pidieran hacer.
Casi siempre la niña o niño con los que los adultos habían estado interactuando era adoptado y se iba a los pocos días de ese hogar. Nunca más los volvíamos a ver o a tener noticias de ellos. Me despedí de niñas a las que consideraba a migas y de niños a los que llegué a querer como hermanos.
Pero a mí, nunca me sucedió nada por el estilo. Eso me ponía triste, lloraba y me comportaba mal con todos los que se me acercaban. En mi cabeza no entendía por que a ellos si les sucedían cosas buenas y a mi no.
Con el paso de las semanas, fui perdiendo la esperanza de que algo así me sucediera a mí, y esa convicción, madura para mi edad infantil, destruyó gran parte de la poca felicidad que quedaba en mí vida.
Con el paso del tiempo, aprendí a ser feliz en el orfelinato, no tenía lujos, ni cosas propias, pero era el único lugar al que podría llamar hogar. La única mancha que empañaba, esa poca felicidad era ver como mi iba quedando sola y me iba uniendo a ese triste grupo de niños que eran criados por las religiosas.
Las semanas se convirtieron en meses y estos se convirtieron en años. Los años pasaban y me iba convirtiendo en una adolescente, luego en una señorita y ya el tiempo para tener una familia se había agotado.
Aunque al tener un poco más de edad, había aceptado mi realidad, en el fondo de mi corazón siempre hubo una pequeña chispa de esperanza de que me llevarían de allí a una gran casa.
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Me and My Broken Heart.
Romance¿Como se puede definir el amor? Y ¿el desamor? Demian es un hombre de familia que fue criado con los mejores valores y con las más altas espectativas frente a la sociedad y lo que él podía hacer para servirle al resto de mundo. Siempre ha querido se...
