CAPÍTULO 36

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—¡¿Qué?!, ¿Cómo que nos están persiguiendo? —le pregunto ya empezándome a asustar

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—¡¿Qué?!, ¿Cómo que nos están persiguiendo? —le pregunto ya empezándome a asustar. Pero Octavio no me contesta, está con la mandíbula tensa
mientras maniobra en la autopista con su vehículo.

Miro por el espejo retrovisor y efectivamente hay un carro negro que nos está siguiendo, pero aún está a una distancia prudente, y con la prisa que lleva Octavio cada vez nos alejamos más. Pero este también acelera acercándose más.

—Será prácticamente imposible que te pierda de vista con la autopista tan desolada —le digo mientras aún me sujeto del asiento como si de eso dependiera mi vida, y sintiendo la adrenalina correr por mis venas.

Hace un giro inesperado adentrándose a una calle más desolada, y haciendo que las llantas del vehículo hagan un chirrido en la autopista.

Mi corazón galopa fuerte dentro de mi por la adrenalina. Pero poco a poco me voy acostumbrando a la velocidad, hasta empiezo a sentirme cómoda con ella y suelto el agarre que sostengo en el asiento.

Me giro hacia atrás para ver la lejanía que tenemos del vehículo, la cual es mucha. Pero de golpe me vuelvo a esconder tras el asiento cuando escucho el sonido de un disparo.

—Mierda —gruñe Octavio y golpea con fuerza y enojo el volante del vehículo.

—¿Octavio que está pasando? —le pregunto ahora sí asustada.

—Tengo un largo pasado Shiara... —intenta explicar pero el sonido de otro disparo se escucha, y seguido de este otro y otro.

Octavio intenta esquivarlas a toda costa.

—¿Tú auto es blindado al menos? —le pregunto mientras que mi pecho sube y baja de manera rápida, y puedo notar como este asiente con la cabeza dándome un poco de tranquilidad.

La cual se esfuma de inmediato cuando una cantidad de balas sigue siendo disparadas en nuestra dirección.

—Discúlpame por meterte en esta mierda —me dice Octavio y puedo ver como saca una mini glock de la guantera de su vehículo haciendo que mis ojos se ensanchen por la sorpresa.

Mi corazón late a toda velocidad, mi pecho sube y baja de la misma manera, siento mi garganta seca y mis manos y frente sudan por el miedo y los nervios. Pero no sé porque siento que a una parte de mi le gusta este rollo.

—Toma el volante —me ordena prácticamente, y sin rechistar nos cambiamos de asiento y hago lo que me dice —No sueltes nunca el acelerador e intenta esquivarlo a toda costa —me indica.

—Vale, sé lo que debo hacer —mi padre me enseñó a conducir desde muy pequeña. Y no es por presumir, pero conduzco bastante bien.

Octavio abre el sunroof del coche sacando la mitad de su cuerpo por este, y empieza a disparar también, mientras yo sigo con la vista fija en la carretera y el acelerador pisado hasta más no poder.

Llamas Sobre HieloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora