Capítulo 14

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Sé que debo tener las ojeras más grandes que el océano pacífico, también siento los músculos agarrotados y todavía lloro mirando el techo cada cierto tiempo.

Hoy será mi primera sesión.

En otras circunstancias encendería mi estéreo, pondría música de One Republic e iría al baño bailando, pero ahora, a duras penas, puedo ir caminando y no arrastrándome por el suelo.

Las cortinas de mi habitación han permanecido cerradas desde el día que fui a realizarme la biopsia y últimamente no puedo distinguir la mañana de la noche.

Tomo una ducha, me lavo los dientes y cepillo mi cabello, las hebras se quedan enredadas en el cepillo y me detengo a observarlas.

Si me harán quimioterapia...

¡Ya basta! Debo parar o moriré antes de siquiera recibir la noticia de que tengo esperanza.

Dejo el cepillo tirado en alguna parte y vuelvo a mi habitación.

Para cuando recibo un mensaje de Paola diciendo que ya está en el edificio y que espera por el ascensor, un nudo enorme se ata en la boca de mi estómago. Tomo varias respiraciones profundas y me pongo de pie, acercándome al espejo de cuerpo completo de mi habitación.

Diviso mi reflejo en él.

Acaricio mi cabello, ondulado y pelirrojo, imaginando solo el momento en el que empiece a caerse. Reparo también en mis mejillas y en las ojeras bajo mis ojos, que serán tan pronunciadas con el tiempo hasta volverse parte de mi rostro. Estuve perdido peso y ni siquiera lo había notado.

Analizo mi reflejo vivaz a pesar de sentirme decaída y una lágrima solitaria se atreve a escapar. La retiro de mi mejilla y trato de respirar profundamente.

Es todo, no hay nada que pueda hacer, más que resignarme y esperar a que el destino se haga cargo de mí. He evitado los hospitales desde que tengo uso de razón y ahora la vida me sale con esto.

No me jodas, por favor.

Y me resulta imposible no pensar ¿pude haberlo evitado? ¿Tuve esa oportunidad?

No, lo más probable es que no.

Me dejo caer sobre mi cama y en posición fetal, de a poco, me sumerjo en el pánico silencioso.

Escucho las bisagras de la puerta de mi departamento crujir.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? No dejo de preguntarme.

Los sollozos se acumulan en mi garganta y pese a que me prometí a mí misma que sería fuerte, rompo a llorar desconsoladamente.

Sé que si sigo así voy a quedarme sin lágrimas, pero tal vez es lo que necesito, drenar la angustia que está carcomiéndome, sólo me pregunto ¿en cuánto tiempo podré lograrlo? ¿Voy a dejar de llorar en algún momento?

¿Me acostumbraré?

Estoy segura que sí. Pero, por ahora, solo me queda llorar.

Me cubro la cara con las manos y aferro mi cuerpo a la cama, como si me abrazara, como si de un momento a otro fuera a abrirse y llevarme lejos.

Escucho un pequeño clic y la puerta de mi habitación se abre lentamente.

Paola me mira desde el umbral, su cabello castaño está hasta la mitad de su espalda, luce totalmente enredado, sus ojos están hinchados y se ve cansada. Lleva su uniforme del hospital puesto.

Ella se acerca y la cama se hunde con su peso. Mi mejor amiga abre sus brazos para mí y, sin pensarlo, me dejo envolver.

Me siento tan pequeña y frágil.

Paola huele a vainilla y sus brazos me sostienen mientras lloramos juntas.

—No quiero esto. Tengo miedo.

Siento los latidos de mi pulso tras mi oreja y la cabeza me punza.

Quizá ya estoy en la fase de aceptación... Aunqueclaro, eso no hace que duela menos.

Antes del CieloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora