01 de mayo
—Entonces, estaba tomando leche y como me reí, me salió por la nariz.
Me carcajeo y Chris me sigue. Hoy nos tocó sesión de quimio, son las nueve de la mañana de un lunes y ya la semana se siente pesada. Por suerte, hoy Chris amaneció de buen humor, contando chistes y cosas que le pasaron alguna vez, lo que me levanta el ánimo notablemente. Debo admitir que lo extrañé las dos sesiones pasadas, no coincidí con él. Aún falta alrededor de una hora para terminar y pese a estar sumergida en Chris y sus historias, no dejo de mirar la puerta insistentemente.
Hoy no vine con mamá, papá o Paola... Vine con alguien más. Pero ya sabrán de quien hablo. Regreso mi atención a Christopher, quien me sonríe campante. Hoy su piel luce más pálida de lo normal y eso me preocupa un poco. No tengo idea de cuál sea su historial médico, más allá de lo general, claro; que tiene cáncer y está muriendo igual que yo, pero él no se ve bien ni dentro, ni fuera de lo estable. Sus ojos están hundidos y sus pómulos huesudos.
No obstante, su sonrisa brilla. Hay más felicidad en esa sonrisa que en la de una persona sana. Y me dan ganas de abrazarlo y cuidarlo toda la vida.
—Tu cabello brilla. —Dice de pronto. Su silla está contigua a la mía, convenció a Mildred, su casi enfermera personal, para que lo dejara a mi lado y así poder conversar más a gusto conmigo. Sonrío con ternura. Nadie puede ser tan amargado y lindo al mismo tiempo, como lo es Chris—. ¿Me dejas tocarlo?
Su pregunta me toma por sorpresa. No es un niño al que le gusten las muestras de afecto o que se le acerquen demasiado, de hecho, lo único realmente cercano a él es Mildred y estoy segura que solo se le acerca para ponerle las agujas.
Así que le acerco mi cabeza.
Hoy no llevo la trenza de lado. Mi cabello cae suelto y rebelde a cada lado de mis hombros. Su manita empieza por mis puntas, tira suavemente de él hasta que el rulo natural es liso. No hace daño de ninguna manera.
¿Cómo podría alguien como él ser destructivo?
Su manita sube aún más y se hunde en mi cabello. Observo cómo contiene la respiración y la mía se corta. Escucho lo que él tiene para decir, aun cuando sus labios no pronuncian ni una sola palabra. Veo en su mirar lo que extraña. Masajea mi cuero cabelludo, palpa mi cabello y sus ojos se llenan de lágrimas.
—Es bonito —dice—. Y muy suave —susurra—. Me recuerdas a mamá, Andy.
Y sin poder evitarlo, mi corazón se hace pedazos.
—¿Dónde está? —Me moría por hacer esa pregunta desde hace tiempo. Saber por qué siempre está solo. No pregunté antes por sus padres, porque no quería hacerlo sentir mal.
Su mano derecha se desliza por mi cabello para dejarlo ir y algunas hebras pelirrojas se quedan enredadas en sus deditos. No digo nada y tampoco me molesta.
—Murió.
Respiro hondo. De algún modo lo sabía o, más bien, lo esperaba. Eso explica por qué solo lo acompañan las enfermeras o por qué siempre está solo cuando llego, pero algún familiar debe haber, ¿no?
—Se fue hace algunos años. Un camión impactó con el auto. Ella venía de camino aquí, para quedarse conmigo.
Muerdo mi labio y limpio la gota que baja de mi ojo.
—Siempre estás aquí.
—Aquí vivo, Andy. No conozco algo que no sea el hospital. No conozco el mar o ir a jugar con otros niños. No hay demasiados niños con cáncer por aquí.
Y es verdad. Este no es un hospital de niños y, aun así, aquí es donde está.
—Sé que papá lamenta todos los días que yo esté vivo —baja la cabeza y se limpia las mejillas, con la mano que no está conectada a un suero—. Que se pregunta qué hago aún aquí y mamá no, cuando ella era una persona sana.
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Antes del Cielo
No FicciónAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
