Punto de vista de Andy
26 de marzo.
Soy terrible en esto.
Me dan ganas de reír, no puedo evitarlo. Y sé que es mi nerviosismo hablando a través de mi risa. Y Ashton y sus bromas no ayudan. Ya llevamos cuatro días con los ensayos.
—¡No, señorita Coldwater! —Amonesta la señora Chándal, masajeando sus sienes—. Que se sienta el amor, las ganas de querer con usted a su Romeo —Ashton está de rodillas, hablando a mi balcón, recitando algunos poemas para mí... Bueno, para Julieta.
Se veía gracioso... Y guapo al mismo tiempo.
—Lo siento... Simplemente no puedo evitarlo. Me da risa. —Me disculpo.
—Esta es una obra artística, señorita Coldwater. Usted no existe cuando interpreta a un personaje. Es como si este dejara de dormir, para despertar reencarnado. Usted ya no es Andany. Es Julieta y el hombre de rodillas frente a usted... —Volteo a mirarlo y este me guiñó un ojo—. El amor de su vida.
Y siento la sangre drenada a mis mejillas.
—Mis disculpas —digo abochornada.
—Otra vez —ordena la profesora, pero es interrumpida. La señora Chandal rueda los ojos, pero presta atención a quien habla—. ¿Ahora qué?
—Tal vez no sea tan mala idea —dice Nellyana, desde un rincón, ella es parte del equipo de detrás de escena.
—Explícate. —Ordena la señora Chandal.
—Pues... —Ella da un paso al frente—. El humor. La obra no tiene que ser estrictamente dramática —objeta ella—. Quizá el humor sea una buena opción. No somos un teatro de verdad y eso nos da la oportunidad de improvisar.
Chandal levanta una ceja.
—Si usted está de acuerdo... —retrocede Nellyana, enrollando las puntas de su cabello en su dedo.
—Bueno... —empieza la profesora—. No es tan mala idea, la verdad. —Se lleva una mano al mentón—. Está bien —aplaude tan fuerte y repentinamente, que todos saltamos en nuestros lugares, todos menos Ashton, quien se cansó de estar de rodillas y se sentó en el suelo.
—Improvisemos, señorita Coldwater —me llama y no sé por qué, pero me pongo firme—. Necesito que brille. Relájese y diga lo primero que se le venga a la mente... Sin desviarse demasiado del guion inicial, así haremos uno nuevo.
Paso saliva, pero ya que no tengo que meterme el libreto de lleno en la cabeza, puedo respirar mejor.
...
Y fue increíble. El ensayo salió de lo mejor.
Pero, aun así, la ansiedad hace de las suyas conmigo cada vez que puede.
. . .
Los ensayos eran todos los días (adaptándose a los horarios de clases), pero había ocasiones en las que llegaba tarde y recibía regaños.
Y mis quimios interfiriendo más de una vez en los horarios. Ya sea porque tenía que ir en la mañana o porque tenía que marcharme de la universidad antes. Y no dije nada, ni una palabra y Ashton tampoco. Él sólo se disculpaba e iba en mi lugar.
Y así transcurrió la primera semana.
Entre la universidad y visitas al hospital, ensayos, risas y miedo que quemaba en la boca de mi estómago, estaba ansiosa y deseosa de que llegara el día de la obra, para terminar con la tortura de estar nerviosa todos los días.
Y aunque prometí relajarme, todo se fue a la mierda luego de enterarme de que había un beso al final de la obra. YO TENÍA QUE BESAR A ASHTON. Bueno, Julieta tenía que besar a su Romeo.
Y es que soy una tonta. Era obvio que eso iba en el paquete. Eso me pasa por no leer Romeo y Julieta completo.
¡Demonios!
Y no es que la idea me haya desagradado, al contrario, sentí algo florecer en mi interior cuando lo supe, para luego recibir un fuerte golpe imaginario en la frente. Ya lo besé una vez, puedo hacerlo una vez más, ¿no? Pero aquella vez fue en el tejado, a metros del suelo y de la gente, solos. Nadie nos vio. Este beso sería público, todos lo verían.
¡Mi familia lo haría!
Quisiera hacerme pequeña y desaparecer.
Pero no puedo.
El lado bueno es que lo tendré que besar sólo una vez (aunque me decepcione la idea muy en el fondo) ya que el beso sólo se llevará a cabo el día de la presentación. No habrá ensayos previos.
Ah y no había mencionado las miradas de odio que me dedicaba Katiena cada vez que podía. Ella ya no estaba en la obra, pero sí detrás de escena. Y si las miradas mataran...
Y claro, el día de la presentación no voy a asistir a mis clases habituales, llegaré sólo para ponerme en escena.
Y aunque pensé que nadie lo notaría... hubo una persona que sí lo hizo y justo me invitó a desayunar ese día, antes de la obra.
—Lo siento, no puedo —dije con una sonrisa de disculpa.
—Oh, bueno, si quieres tú escoger el lugar, no hay problema —se encogió de hombros.
Estábamos en la parte exterior de la cafetería, al aire libre, comiendo tranquilamente y disfrutando del sol.
Lamí mis labios al morder mi pan y lo miré. Ashton estaba ensimismado, mirando el césped.
—El lugar no es problema alguno. Pero no puedo ir a desayunar contigo... Ese día. Quizá la cena. —Esperaba que lo entendiera, sin más, por sí solo, pero no lo hizo.
No quería explicarlo, porque era un tema que no solemos tocar. Por lo tanto, nunca le digo de mis citas u horarios.
—Bueno, estás demasiado ocupada con las clases, comprendo, quizá para cenar, luego. —la decepción en su voz fue lo que me hizo hablar.
—No vendré a clases tampoco —agregué y estudié atentamente su reacción.
—Está bien, no puedes. —Aceptó.
—Ese día tendré sesión de quimio en la mañana. —Él no dijo nada, sólo masticó lentamente y, luego de eternos segundos, volvió su atención a mí.
—Está bien. Será en otra ocasión.
Y me sonrió, mostrando sus hermosos hoyuelos.
—Bueno, supongo que ahora me debes una cena.
—Bueno, puedo cocinar para ti, si quieres.
—Hecho.
—Hecho.
Y cuando nos levantamos para ir a nuestra siguiente clase, intenté ignorar la sensación de la ropa resbalándose de mi cuerpo, sin querer pensar demasiado en mi poco peso, y solo seguí caminando al lado de Ashton, perdida en mis pensamientos.
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Antes del Cielo
Non-FictionAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
