Capítulo 44

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2 de mayo

La brisa cálida del atardecer me pega en la cara, acaricia mis mejillas y se pierde en mi cabello. Hoy es uno de los pocos días en los que puedo visitar mi departamento. Mamá se enteró de mi nuevo ciclo y no quiere separarse de mí. Me encuentro en el tejado, sentada cómodamente en una silla, mirando los techos de los otros edificios, con la vaga idea de poder convertir un montón de ideas basura en una buena historia.

Tengo la computadora en las piernas y cero ideas en la cabeza.

Y es qué ¿sobre qué podría escribir? ¿Él amor? No lo conozco, ¿tragedia? No, gracias, suficiente por hoy. Le comenté a Ashton al respecto y él me alentó, dijo que siguiera, que escribiera para mí principalmente, que el arte es para nosotros primero y luego para los demás, que no lo abandonara.

Pero supongo que la inspiración llegará en algún momento. Espero que no llegue cuando esté en mi lecho de muerte. Dejo mi historia a un lado y tomo mi teléfono.

—Pensé que nunca volvería a saber de ti —me regaña Paola.

—Perdón, pensé que estabas muy ocupada —intento justificar.

—Excusas, excusas. Entonces ¿a qué debo el honor de su llamada, señora?

—Pao, no te molestes, perdón por no llamar antes —utilizo mi tono de voz más suave.

—No es suficiente —escucho una puerta abrirse y luego cerrarse.

—¿Dónde estás?

—Me escondí en uno de los cubículos de la biblioteca, para hablar contigo.

—¡Estás en la universidad! ¡¿Ves!? ¡De día estas estudiando y de noche dormida o en guardias!

—¡Ya deja de excusar tu ausencia, lo que haces es empeorar tu situación! —Grita en un susurro. Definitivamente está en una biblioteca—. Y no escucho el resto de tus disculpas.

Ruedo los ojos.

—Compraré entradas para el club de lucha ese al que fuimos una vez y te llevaré a comer hamburguesas cuando vengas —digo.

—Estás perdonada —responde seria, pero luego ríe—. Te extraño.

—Y yo a ti —me encojo, abrazando mis piernas contra mi pecho—. Paola yo… Tengo algo que contarte… —balbuceo, demasiado bajo cómo para que ella pueda entender o escucharme. En su lugar solo pregunta.

—¿Cómo van las cosas?

Parpadeo y paso saliva. Debo decírselo, necesito que ella me aliente. El detalle es que no sé cómo decirle.

—Deberás ser más específica —pido con voz desinflada.

—Bueno, empecemos con el papi Ashton —Su voz ha adquirido un matiz juguetón. Me muerdo el labio y siento el calor subir a mi piel.

—Nada, no ha pasado nada. Y no pasará, Paola. Él… No, nada de nada.

—Querida, dile eso a tus ganas de comértelo.

—Ya te lo dije, ese beso estaba ensayado, era parte del Show —defiendo, lo cual es mentira, porque en los ensayos no hubo ni un solo beso. Al final Paola no pudo estar en la obra, partió antes a su ciudad por problemas con su horario, pero mi hermano grabó todo el show y se lo envió.

—Ay, ajá —casi la puedo ver rodando los ojos— ¿Qué hay de la lista?

—Bueno, aprendí a hacer twerk. También estoy en un club, que probablemente ya nadie recuerda y creo que eso es todo.

—No te imagino haciendo twerk. Quiero vídeos —ríe—. Y ¿un club?

—Sí, hasta tenemos grupo de WhatsApp. Mi hermano me secuestró y me sacó esposada de la casa.

Y la oigo reír a carcajadas.

—Y quiero empezar a escribir mi historia.

—¿Qué? ¿De verdad? ¡Andy, es increíble!

—No, no lo es, es terrible. Paola, estoy totalmente bloqueada, no sé qué escribir. —Mi ánimo se desinfla otra vez. Descubrí mi pasión por la lectura a los quince años, cuando luego de haber leído miles y miles de libros más, supe que también quería dar forma a mis palabras, mis ideas, recuerdos o sueños. Quería ver mis pensamientos plasmados. No soy mala escritora, de hecho, escribir relatos cortos se me da bastante bien. Pero, si quiero tomar a un personaje y crearle un mundo, a mitad de camino me pierdo.

—¿Y qué hay de tus borradores? Tienes varios en tu computadora. Son buenos, pero los dejaste olvidados. Quizá uno de ellos está esperando paciente a que lo mires.

—¿Tú crees?

—¡Claro que sí! Andy, se te da muy bien escribir. Sólo míralos un poco y edita un capítulo solamente, déjalo fluir y verás cómo llega la idea. Y deja de torturarte, no es una competencia, nadie te presiona.

Quizá tenga razón.

Tengo varios borradores en la compu, pero nunca los terminé. Y aunque me parecieron muy buenas ideas, con el tiempo sentí que ninguno merecía el esfuerzo, que eran basura. Mi peor crítico soy yo.

—Gracias, Pau.

—Cuando quieras. Y ahora, ¿qué hay de la clínica? —Percibo la duda en su voz.

—Bueno… Van a incluir otro fármaco.

—Es algo común —dice ella—. Descuida, darán con el que sí funcione definitivamente.

—Sí, claro. —Le doy la razón, pero no sueno tan confiada como quisiera. Me hace sentir mal mirar el aspecto paliducho y triste de mi piel al verme al espejo.

Y mi cabello es un tema delicado. Aunque aún tengo mucho, me molesta tener que recoger las hebras del cepillo cada vez que me peino o que se queden incrustadas en mis dedos si sólo me doy una caricia.

Mi cabello está por todas partes. Almohada, baño, ropa, en el suelo. Y no sé cómo detenerlo. No puedo detenerlo.

—Todo va a estar bien. —Dice con seguridad y por un momento le creo.

—Todo va a estar bien. —Y sonrío.

Conversamos un poco más. Ella me cuenta muchos de sus días y me da consejos de “seducción”, para cuando vea a Ashton. Le grito mil veces que no tengo ni tendré nada con Ashton y finalmente nos despedimos.

Recojo mis cosas y regreso a mi departamento. El sol está empezando a esconderse y ya va siendo hora de que coma algo. Además, quedé con Ash para ver una película, él vendrá hoy a casa.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora