20 de mayo
La noche nos recibe con aplomo. El aire es puro y el frío sereno del anochecer hace cosquillear mis pulmones. Inhalo profundo y me permito disfrutarlo.
Meses atrás, antes de que me dijeran que tenía cáncer y me hubiera hecho a la idea de que iba a morir, realmente, no lo habría disfrutado de esta manera. No habría apreciado el brillo de las estrellas, ni valorado tanto un respiro más. Cómo cambian las cosas ¿no?
Ahora quiero vivir con todas las ganas del mundo, más cuando soy consciente de que ya no tengo todo el tiempo del mundo. Ese es el problema con los seres humanos, creemos que seremos eternos, que tenemos todo el tiempo que nos venga en gana, pero somos ingenuos, no sabemos cuán volátil puede ser la existencia.
No valoramos lo que nos rodea, no nos tomamos la molestia de ver la belleza en las cosas, porque todo es reemplazable para nosotros y nada tiene la importancia suficiente.
Vivimos en un constante afán.
No somos capaces de tomarnos un momento para respirar o por lo menos agradecer que seguimos vivos, hasta que nos dicen que nuestra vida puede que pronto llegue a su fin.
Me abrazo a mí misma y por el rabillo de mi ojo diviso a Ashton.
Nos encontramos sobre un pequeño acantilado, no demasiado lejos de la casa. El sol está dándole paso a la luna y las estrellas comienzan a pintarse una a una en la oscura cortina del cielo.
Él tenía razón, la vista es excepcional.
—Bueno, aún tenemos tiempo para comer —me volteo a ver a Ashton, quien se aproxima en mi dirección con las manos en los bolsillos para tomar asiento a mi lado.
Es tan lindo y amo profundamente tenerlo a mi lado. Okey, debo parar o comenzaré a vomitar arcoíris.
Sonrío y cuando quiero decir algo, un estornudo repentino me asalta. Y como si fuera una máquina, Ash se levanta de un salto y me toma de los hombros.
—Traje mantas —dice—. Cúbrete del frío un rato.
Obedezco, ayer fue imprudente mojarme con la lluvia, sí, ya lo sé, pero ¿ya para qué me voy arrepentir? Caminamos un par de kilómetros hasta la cabaña de sus padres y en ese tiempo no dejó de llover, sí, menguó un poco, pero la lluvia nos acompañó hasta entrar a la casa.
Amanda nos miró con cara de horror y fue corriendo a buscar ropa seca y algunas toallas en cuanto nos detuvimos sobre la alfombra, mojando más allá de ella, con las gotas que se escurrían de nuestros cuerpos. Pero yo no estaba dispuesta a parar.
Tomé a mi chico del cuello y lo besé apasionadamente, antes de ir al patio y dejarme caer en la piscina, aún con la ropa puesta. Al final la lluvia cesó y decidí deshacerme de las prendas mientras nadaba, de hecho, creo que aún están flotando en la piscina.
Cuando terminé, Ashton me esperaba en la puerta con una toalla. Los colores suben a mi cuello al recordar. Y todo sin una gota de alcohol. Creo que aún conservó algo de pudor en mí.
—¿Chocolate caliente? —Pregunta y asiento, aceptando la taza—. Muy bien, sigo sin entender por qué quieres dormir bajo las estrellas, tú no eres de naturaleza.
Y una vez más me suben los colores al rostro y aparto la mirada para esconder mi expresión. Aún no le explico a Ashton lo que realmente significa mi noche bajo las estrellas.
Temo que se ría o peor, se enoje.
Bueno, Andy, respira, inhala, exhala, inhala, exhala, exhala, exhala.... ¡No, no! Al revés, toma aire. No sé ni cómo respirar cuando lo tengo cerca de mí. Me aclaro la garganta, pero no digo nada, no sé por dónde comenzar, ni cómo hacerlo.
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Antes del Cielo
Non-FictionAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
