Capítulo 10

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Punto de vista de Andy

22 de enero

Trazo los cuatro piquetes de la aguja con la yema de mis dedos, moviendo mi cabeza adelante y hacia atrás, escuchando la melodía que sale de mis audífonos.

Detesto las agujas, más que los hospitales. Mis venas son difíciles de encontrar a veces. Así que la aguja suele atravesar mi piel más de una vez.

Me hicieron exámenes de sangre y debo esperar a que me llamen del hospital y avisen cuando puedo ir a buscar los resultados, luego de que los haya revisado el doctor, quien hablará al final conmigo.

Probablemente estén ya listos para mañana. También me dieron una cita para un ginecólogo y me recetaron medicamentos si volvía a tener fiebre. No obstante, el doctor no supo interpretar, sin dudar, el sangrado de mi nariz. Dijo que eran muchos los factores que podía influir.

También me preguntó si era aficionada a picarme la nariz.

Me he preparado un sándwich el cual me obligo a comer pese a no tener apetito, porque no tengo ansias de volver a desmayarme por déficit de glucosa, así que trato de comer lo que más puedo. Miro mi reloj de pulsera, dejo los audífonos y tomo el teléfono antes de que suene.

—Hola, mamá y todos

—¡Hola, Andy! —Corea la línea en conjunto. Es hora de la cena.

—Te estás perdiendo el pan de guayaba que preparó tu abuela, cariño —la voz de papá suena lejana, pero a su vez perece estar gritando.

—Guárdame un trozo, ¿puedes? —Saco las almohadas de mi espalda, las tiro a mis pies y tomo una posición acostada, dejando el teléfono reposar sobre mi mejilla, sin sostenerlo.

—Claro...

—¿Todo bien, Andy? —Pregunta una voz gruesa que conozco perfectamente. Es con quien más suelo pelear.

—¿Tío Garlo? —Me incorporo—. Tú casi nunca vas a la hora de la cena.

Que no haya dicho nada, por favor...

—Hoy es noche de lasaña. No me la iba a perder. Ahora, responde a mi pregunta.

Paso saliva y me levanto para ir por una taza de café. A tío Garlo le importa un bledo mi día. Él quiere saber cómo me siento de ya saben qué. Ayer cuando estuve en casa de mis padres sé que no le dio tiempo de preguntar.

—Bien. Nada nuevo que reportar —miento, mirando mi brazo. Preparo mi máquina y suspiro, anhelando mi taza de café.

—Podemos enviar a Joshua para que te lleve algo.

—No. Está bien, mamá.

Hablo un poco con todos y ninguno a la vez. Charlo con Mary, prometo a Melanie que la acompañaré a ponerse uñas, a tía Edermy (ella es la única hermana que tiene papá) que iremos a depilarnos las piernas y las cejas con cera y un sin fin de promesas más que puede que no cumpla en un futuro cercano.

Sé que no debí decir que sí a todo, pero me sienta mal estar apartada de la familia y prácticamente evitarla, que quizá ya sea momento de pasar un rato con cada uno... Ah, y Will me retó a jugar la nueva versión de Mario Kart con él. No es por presumir, pero le voy a patear el trasero... Algún día. Lo voy a vencer ¡lo juro!

Para cuando la llamada termina, regreso a mi lugar y me coloco mis audífonos. Es ventajoso vivir solo, me gusta, lo disfruto, salvo que a veces sí me siento sola... Irónico, ¿cierto? Porque suelo aislarme por mi propia cuenta.

A veces extraño los amaneceres en casa. Papá gritando en medio del pasillo como alarma personal. El aroma dulce de los panqueques dulces de mamá y, cómo no, el café con vainilla por las mañanas. La cena, los desayunos, los días soleados y calurosos donde había una piscina en el patio y preparábamos comida al aire libre.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora