Camino al elevador con pies de plomo, con Ashton pisándome los talones.
Mi cabello, pese a estar hecho jirones, brilla con la escasa luz del pasillo, mis mejillas son de un color escarlata muy llamativo y gracias a eso, no se sabe dónde termina mi cabello pelirrojo y empieza mi cara colorada.
Me siento indignada, molesta y abochornada en escalas enormes y juro que voy a matar a Garlo después de esto.
Presiono el botón del elevador con insistencia y este como si previera con exactitud mi ira, no me hace esperar.
Ashton no ha dicho ni una sola palabra. Pero es lógico, le pedí que enrollara su lengua hasta que llegáramos con el dueño del edificio.
Sin embargo, casi puedo sentir sus ganas de comentar y de soslayo percibo la expresión de su rostro.
En el elevador cruzo mis brazos y hago como que no lo conozco. Eso me ayuda a lidiar con mi situación interna.
—Estamos en clase de pintura, ¿cierto? —Lo observo solo por el rabillo de mi ojo, no pienso mirarlo directamente, hasta ahora fingir que no existe está bien para mí ¡me vio desnuda! No pueden culparme por actuar así, por más lindo que esté el muchacho.
Porque sí, el muy imbécil está lindo, eso nadie se lo puede quitar, pero si nunca le hablé en dos años que llevamos de universidad ahora, que vio cómo vine al mundo y en toda mi gloria, bailando y cantando, menos.
Luego de resolver lo del departamento, no voy ni a pensar en su nombre. Voy a encerrarme y no volver a salir nunca.
"Tienes que ir a la universidad, tonta".
Ah, mierda, es cierto.
Tal vez pueda cambiarme de país y podría utilizar otro nombre, uno como Marina o Vanessa...
¡No! Basta, estoy exagerando y estoy siendo demasiado dramática. Con no volver a hablarle y fingir que se lo tragó la tierra, es suficiente.
La mejor manera de olvidar a una persona es fingir que murió.
Las puertas del ascensor se abren y salgo pitando. Me atrevería a decir que hasta siento humo salir de mis orejas.
Atravesamos el vestíbulo y doblamos una esquina, directamente a la oficina de Garlo, mi tío, el mayor de los hijos de mi abuela Mayu.
Y el mayor engendro que pudo parir satanás también.
—¡Garlo! —Abro la puerta de golpe, haciendo que choque contra la pared. Mi tío, quien estaba al teléfono, del susto, hace que el aparato salga volando.
Hace malabares en el aire con el teléfono unos segundos, hasta que finalmente lo atrapa y se abraza a él, mirándome confundido.
—Andy, nena, sabes que eres la favorita de mis sobrinas, pero no abuses.
—¡Le diste una llave que no era a otra persona! —Exclamo, fulminándolo con la mirada—. ¡OTRA VEZ! —Quiero tirar de mi cabello y gritar. Esto me frustra.
La vergüenza me está comiendo por dentro.
Y aunque dije que iba a matarlo, ya que en ese momento me pareció una idea excelente, conforme la ira iba disminuyendo, dándole paso a la pena total, me dije que lo mejor, quizá, era resolver las cosas con diálogo...
¡Pero no puedo ahora! ¡Me vieron desnuda!
—Le di la llave a... —Empieza confundido, estirando sus labios y haciendo muecas raras, intentando ubicarse.
Finalmente, el entendimiento lo golpea y sus ojos se abren tanto, que sus orbes podrían salirse de sus cuencas.
Abre el cajón de su escritorio y se vuelve a mirarme con ojos de perro regañado.
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Antes del Cielo
No FicciónAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
