—¡No puedo creerlo, son peces de verdad! —Exclama mamá, emocionada, cuando le dicen que meta los pies en una bañera pequeña y hay peces color rosa dentro de ella.
Yo la observo con recelo, mientras todas las demás chicas comienzan a meter los pies en sus respectivas bañeras, incluida mi abuela.
Mamá, mi prima Mary, mi abuela, la esposa de Tío Garlo y Mimi (en realidad su nombre es Miranda) la esposa de uno de mis tíos, nos encontramos en el spa para el día de relajación; como dijo mamá.
Y como siempre, ellas decidieron una rutina extraña para relajarse. No sé cuál es el fetiche de venir al spa y pedir relajación con algún implemento vivo.
—Vamos, Andy —me ordena mamá y miro la bañerita. Siento que esos peces están mirándome con hambre y van a comerse mis pies si los meto ahí. Miro de la bañera a mamá.
—Ew, no, que asco —es todo lo que digo y ella rueda los ojos.
—Vamos, la vez pasada te negaste a meterte en las aguas termales —dice la abuela, levantando uno de los pepinillos que lleva en los ojos, para mirarme seriedad.
La miro con súplica y ella solo levanta una ceja. Finalmente me rindo y meto los pies en la bañera.
Qué horror.
Ewww.
Los peces se acercan.
Ewww.
Tocan mis pies.
¡AAAAAAAH!
Los sacó rápidamente y casi hago que se derrame el agua de la bañera.
—¡No puedo! —Chillo.
—¡Ah, vamos! —Gruñen todas al mismo tiempo, pero las ignoro y me coloco mis pantuflas de regreso.
—Te toca cuidar a Marcelo una semana por no meter los pies —me regaña la abuela.
Marcelo es su hámster, o más bien una rata que le regalaron hace años. Bueno, sí es un hámster, pero es esquelético y un poco pelado de algunos lugares, gruñe cuando nos ve y da miedo. Toda la familia odia cuidarlo. Se ha convertido en el castigo predilecto, aunque la abuela diga que no es así.
Finjo llorar, aunque en el fondo sí quiera hacerlo.
Salimos del spa a eso de las tres de la tarde y mamá quiere ir por hamburguesas, pero yo estoy cansada y tengo una cita conmigo misma en el tejado por la noche, así que declino la oferta.
Y la abuela decide que cuidaré a Marcelo dos semanas seguidas.
. . .
Hay quienes dicen que la madurez llega con la edad. Justo ahora, lo dudo, pero ¿me importa? No, realmente no.
Llevo quince minutos jugando a no pisar las líneas del suelo, recibiendo miradas de personas ajenas a mi felicidad momentánea y que seguro pensaran que estoy loca, bajo la lluvia que moja las calles.
Cuando salí de la universidad el autobús ya estaba en marcha. Se fue sin mí, así que tuve que caminar.
Estoy cansada, pero supongo que me hizo bien la caminata. Estoy relativamente cerca de casa y por suerte hoy no tuve que llevar libros, no tengo nada que pueda mojarse y lo agradezco. Ni siquiera mi celular decrepito.
Amo la lluvia, amo verla caer, el olor luego de la tormenta, los arcoíris, que el sol vuelva a salir, incluso el retumbar de los truenos en mi pecho.
Para mí la lluvia es, sencillamente, majestuosa. Y hoy el día es gris y las nubes se abrazan. Le sonrío al cielo.
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Antes del Cielo
No FicciónAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
