Capítulo 60

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Nos despedimos de Sophie y Marco; su esposo, varias horas después. La verdad, son personas increíblemente amables y que espero volver a ver. Incluso nos dieron la cena antes de salir de su casa y verduras y frutas, cultivadas por la misma Sophie, para llevar a casa.

—Hace un tiempo terrible —señala Ashton, mirando el cielo con una mano en la frente—. Lloverá, debemos volver a casa antes de que llueva o los caminos serán intransitables.

Asiento y subo al auto.

Me siento exhausta y sólo quiero llegar a casa y dormir abrazada a mi cómoda almohada humana; Ashton. Con un movimiento de la mano vuelvo a despedirme de Sophie y el auto se pone en marcha.

—¿Qué hora es? —pregunto poniéndome cómoda en el asiento.

—Las siete. Anochecerá pronto. Sólo espero que no llueva.

—Igual podemos caminar, conoces el camino —sus ojos azules me miran con burla y sólo me encojo de hombros.

—No te expondré a la lluvia —dice tranquilamente, haciendo girar el volante con toda soltura, para sacarnos del lugar.

—No soy de azúcar —bufo. Estoy hundida en el asiento y más risueña que nunca—. Es sólo agua.

—Podrías pescar un resfriado —me mira con obviedad y le saco la lengua—. Dios, eres peor que un niño tratando de convencer a sus padres de que lo dejen jugar con lodo.

—Está en la lista. Bañarme en la lluvia —señalo.

—Te has bañado en la lluvia antes. Ahora que lo pienso, la vez que te desmayaste la lluvia no sorprendió en el tejado y cuando te besé allí, también llovía.

—Eso no cuenta, si no lo planeé —Me enfurruño. Ashton no dice nada más. No está a discusión, supongo. No habrá lluvia y chapoteos para mí hoy.

El silencio se apodera del auto, él parece estar sumido en sus pensamientos y yo me siento adormilada. Como si poco a poco me alejara. Quiero dormir.

Intento sacar un poco más de conversación pasado un rato, para no dormirme, diciendo que la lluvia no es tan mala, pero él sigue negándose a que me caiga un poco de agua en la cabeza. Odio que sienta que es responsable de mí, aunque también lo aprecie. Así que decido no decir nada más y solo me cruzo de brazos en mi asiento. Sí, parezco un niño pequeño al que no dejan jugar con lodo.

Observo el cielo por la ventana, que ha oscurecido varios tonos. A lo lejos se ve uno que otro relámpago, así que los truenos no tardarán el comenzar su canción de cuna. Aún faltan unos pocos kilómetros para llegar a la casa y de soslayo percibo la mueca preocupada de Ashton. Y aunque su vista permanece clavada al frente, me deleito con su perfil.

Es precioso. Muerdo mi labio y trato de concentrarme en el camino, pero mi atención siempre retorna a él. A sus manos presionando el volante o sus brazos descubiertos. Y todo es para mí.

Una oleada de calor llena mi cuerpo y aparto la mirada. Me lamo los labios, comenzando a ser consciente de lugares sensibles de mi cuerpo y siento cómo mis mejillas se van enrojeciendo. Santo Dios, no debo ir a esos lugares. No ahora, al menos.

Calma, Andy, piensa en la biblia. Pero no puedo, ¿qué me pasa? No puedo tener esa clase de pensamientos lujuriosos hacia Ashton, si él solo está respirando a mi lado. ¡Es una falta de respeto! Pero es inevitable. Una cosa es comérmelo con la mirada, porque soy plenamente consciente de que tiendo a hacer eso muchas veces al día porque, repito, todo eso es mío, pero otra muy diferente es tener pensamientos así cuando ni siquiera hay un receptor activo.

Pero la odisea sigue y sigue.

Recuerdos de cómo nos besamos ayer en la habitación, con él en medio de mis piernas, luchando por obtener el control, me asaltan y decido que tengo que dejar de mirarlo.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora