POV Ashton
—¡Ash... -escucho las primeras sílabas de mi nombre in crescendo—. TON!
Y sé que estoy en problemas.
—Hola... Nora —la saludo con un movimiento de mis dedos por encima de mi cara, no quiero mirarla directamente a los ojos porque siento que con ese simple gesto va a absorber mi alma, ya que no puede prenderme fuego con sólo mirarme.
Sé, sin duda, que lo está intentando.
Trago saliva.
Observo los platos, rotos en el suelo.
El estante no está en el suelo, la orilla de la encimera amortiguó y detuvo la caída... No puedo decir lo mismo de la costosa vajilla.
Cuatro vajillas, supuestamente chinas, todo hecho añico.
—Lo puedo explicar... —Empiezo, bajando la mirada, creo que puedo sentir calor en mi cuerpo, ¿me estará prendiendo fuego sólo con el poder de su mente? Me inspecciono disimuladamente por debajo de las pestañas.
No, no hay fuego, afortunadamente.
—¡Largo!
Ahora sí la miro.
—¡¿Qué?! Rayos, Nora, no puedes hacer eso.
—Oh, sí, sí que puedo, tonto —siento las miradas de todos, comensales y empleados, sobre mí. Taladrando mi nuca. Nora está que arde del enojo, de hecho, creo estar viendo humo saliendo de su nariz y orejas, ¿por qué tuve que tropezar? ¿Por qué, Dios?
¿Por qué hoy cuando el día no podía ir peor?
No digo nada más. No puedo salvar mi dignidad y mi trabajo ni aunque lo quiera.
Asiento sin bajar la mirada.
Musito un "lo siento" en general y voy por mi bolso. Salgo del restaurante, que fue mi trabajo los últimos siete meses, sin mirar atrás.
Tal vez sea un buen momento para dejar mi orgullo y volver a usar mis tarjetas de regreso... No, eso sí que no. Encontraré otro empleo. Estoy bien.
He estado bien sin ello los últimos seis meses. He podido y, además, sigo enojado con mis padres. Lo único que han hecho es mentirme.
Llevo unas cuantas calles recorridas cuando el rugir de un trueno en el cielo, oscurecido por una capa de nubes grises, me sobresalta.
La lluvia comienza a caer inmediatamente sobre mi cabeza. Suspiro por lo bajo y me llevo las manos para revolverme el pelo, previamente empapado.
Niego y sigo caminando, este día no puede ser peor.
El cielo está enojado y la lluvia no cesa. Unos ojos color café demasiado claros y un cabello color sangre, se proyectan en mi mente. No ha dejado de llover desde esa noche en el tejado. Todos los días llueve. La lluvia me recuerda a ella.
Este día no puede ser peor.
Se siente como si fueran golpes del universo diciendo: «Estoy aburrido y no encontré a quien más joder»
No tengo mi auto, este ya tiene tres semanas en el taller porque, no sólo lo dejé mal estacionado, también un tipo ebrio chocó su camioneta contra él. Lloré tres días seguidos.
Al menos aún conservo los ahorros que hice con los regalos que tía Susanna me hizo en navidad... O los tenía. Eso pagó el taller. No tendré auto por dos semanas más, mínimo.
Mi única tarjeta disponible está perdida, al igual que toda mi billetera y mis papeles. Tengo hambre... Y ahora me despidieron. ¡Oh, y las llaves de mi departamento se fueron por el excusado! Cuando llegue, Garlo, el dueño del edificio, prometió darme unas nuevas.
Maldición, ¿qué más va a pasarme? ¿¡Que más?!
Saco mi teléfono de mi bolsillo trasero. Necesito apoyo moral. Hago una mueca al ver que está todo mojado y apagado. Seguro es por la poca batería... Por favor, Dios, que sea la batería.
No tiene caso intentar caminar más rápido, si ya estoy empapado de pies a cabeza, ya no sirve de nada correr. Un suspiro medio congelado emerge de mis labios y decido sentarme a mitad de la acera y esperar a que la lluvia cese. Pude haber buscado un techo para refugiarme, pero con la mala suerte que he tenido hoy, capaz y me cae encima.
Me llevo ambas manos a la cabeza y másajeo mis sienes, cuando un calor repentino se asienta en mi tobillo.
¿Qué rayos...?
Me levanto de un salto.
-
—¡Ah! ¡No, aléjate, aléjate, perro malo, perro malo! —Me retracto totalmente, sí puede ser peor.
Un pequeño perrito me mira desde abajo, está mirándome con ojos tristes, pero sin disculpa por haberse orinado en mi pie. Saca la lengua y bate su cola mojada. Es de color marrón chocolate claro y es muy peludo, aun cuando está todo empapado.
Gruño, frustrado.
—Tú no me vas a menospreciar ni nada, ¿verdad?
Le hablo al pequeño perrito, que me observa con la lengua afuera. Debería estar soltando improperios, pero no tengo ánimos de nada ahora.
Resignado, dejo caer mi bolso y tomo asiento de nuevo, bajo la torrencial lluvia.
—¿Qué? ¿Te perdiste?
El perrito ladea la cabeza y emite un ladrido agudo, un poco tembloroso. Ha juzgar como tiembla, ha de tener frío. Vuelve a sacar la lengua y sigue observándome.
—No tengo comida, lo siento —digo, esperando a que se marche.
No obstante, sólo se acerca más y se recuesta a mi lado. Lo alejo con una mano y el simplemente regresa. Jugamos a lo mismo siete veces hasta que finalmente lo dejo estar.
Al cabo de un rato me levanto, dispuesto a irme, sintiéndome derrotado.
Ladridos agudos resuenan detrás de mí, pero paso de ellos. Así hasta que me veo obligado a voltear, al sentirlo cada paso detrás de mí, ladrando cada vez más fuerte.
—No, vete. Tengo que ir a casa.
Pero él sólo se limita a sentarse, batir su cola y mirarme. Sus ojos negros con un contenido oculto.
—Vete. Busca a tu dueña o a tu mamá.
Doy media vuelta y comienzo a alejarme una vez más, ganando que se reinicie la orquesta de ladridos.
—¡No, vete, no te llevaré conmigo! —Casi grito y doy vuelta para alejarme, escuchando sus ladridos detrás de mí.
Lo ignoro.
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Antes del Cielo
Non-FictionAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
