Capítulo 49

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11 de mayo

Bajo las escaleras sosteniendo mi vientre, siento náuseas y eso me enoja, porque me levanté dispuesta a comer algo. No obstante, una parte de mi cerebro necesita café desesperadamente, más que la misma comida. Mamá no está en casa, así que puedo tomarlo sin que ella se entere. Guarden mi secreto, gracias.

Hoy salió con Melanie y tía Edermy a comprar suministros para la cocina y cosas que hacen falta en la casa. Ah, y algunas otras cosas que necesito para el hospital. Mañana termina mi ciclo, así que me dirán qué tanto he avanzado... o qué tan jodida estoy. Odio las biopsias, los hospitales, los análisis y, sobre todo, odio el cáncer.

El resto de la familia vendrá hoy de visita, pero aún no llega nadie. Y papá y Will están en un día de hombres. Así que todos salieron muy temprano o no han llegado y yo me quedé sola en la enorme casa.

A excepción de Travis, que duerme como si trabajara 12 horas al día, en la cama que Ashton compró para él.

En la cocina me sirvo una humeante taza de café y tomo algunas galletas de avena sin gluten que mama compró para mí en el súper y me las meto en la boca, buscando ingredientes para preparar un sándwich. Por alguna razón, mi cuerpo está asimilando mejor la comida, así que he estado comiendo bien los últimos días. Will bromea con que escondan la comida de mí.

Regreso a la sala con mi sándwich, lista para continuar el libro que dejé pendiente anoche y me dejo caer en el primer sillón que veo. A veces paso tanto tiempo sin leer, que olvido que es mi pasatiempo favorito.

Suspiro y tomo de mi taza sin despegar la mirada de mi libro. 996 páginas y ya sólo me faltan 100. Vaya, lo que es no tener vida social.

Estoy inmersa en el libro, perdida en las palabras y en lo mucho que amo a las protagonistas, cuando un sonido estridente me hace saltar en mi lugar. Dejo caer mi libro asustada. Seguro es el gato. Lo recojo y sigo leyendo... ¡Nosotros no tenemos gato! Papá es alérgico a ellos.

Cierro el libro de golpe. Un segundo ruido invade la estancia y mis alarmas se activan. Estoy sola en la casa, Diosito, bueno, estaba.

Seguro Michell ya llegó, pero eso implicaría que utilizara la puerta principal, porque ella dijo que no tiene llaves de la entrada trasera. Se supone que yo debo abrirle.

Escucho otro ruido y levanto mi libro en lo alto de mi cabeza, para utilizarlo como arma si alguien sale de la cocina.

¿A qué le temes, Andy, si igual vas a morir? Gracias, ironía con la que nací y debo cargar por el resto de mi vida, muchas gracias. Ruedo los ojos ante mis pensamientos estúpidos y me digo a mí misma que no puedo ser una cobarde.

Y comienzo a acercarme, con pasos sigilosos, a la cocina. La casa es grande, antigua y, por ende, tenebrosa. Mis padres nunca debieron comprarla, me arrepiento de ello, aunque aún no naciera en ese entonces.

Hago la nota mental de no volver a quedarme sola en esta casa y sigo mi camino a la cocina. Me quito mis zapatillas antes de cruzar el pequeño arco que divide la cocina de la sala y las escondo detrás de mi espalda, para usarlas como arma de ser necesario.

Santa María, madre de Dios...

—¡T-Tengo un arma! —Quiero golpearme por sonar así de insegura—. Y... Y voy a llamar a la policía.

Entro rápidamente y lo que veo me sobresalta.

—¡Ah! —Grito y por instinto lanzo a ciegas y con todas mis fuerzas, el libro que sostenía en mis manos. No hay nada más fuerte y pesado que un libro original, con casi mil páginas y en tapa dura.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora