Capítulo 12

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Sábado.

Estoy en el supermercado, en pijama de gatito y pantuflas, con los ojos irritados, resultado de haber llorado más agua de la que mi cuerpo puede almacenar. Me pesa el cuerpo entero y por más que intento dejar de estar entumecida, entre el shock y la miseria, simplemente no lo consigo.

Las palabras de Callahan resuenan dentro de mi cabeza, como un gong que es golpeado una y otra vez. Ensordeciendo mis sentidos. Y el nudo en mi estómago, desde mucho antes de recibir la noticia, no ha disminuido ni un poco. Al contrario, el peso solo ha conseguido acentuarse todavía más.

—Leucemia linfocítica.

Ese fue el diagnóstico final, ¿en serio fue el definitivo? ¿Y si el doctor realmente se equivocó?

—Lo siento, señorita —dijo, cuando notó que no estaba prestándole atención. Lo di todo por perdido desde que las palabras abandonaron su boca.

Pero, aun así, decidí negarme. De todas las fases, la negación es la más difícil.

La mirada de Callahan sólo hizo que mi pecho doliera aún más.

No enciendo mi celular desde ayer, pese a que tiene toda la batería, porque no me atrevo a mirarlo. Sé que mamá llamará y no estoy segura de sí podré contener el llanto si escucho su voz hablándome al otro lado de la línea.

También estuve varios días sin salir de la cama, solo para ir al baño y de vez en cuando a comer.

Agradezco que tío Garlo esté peleado con tía Lisa, porque son días que se pasa con ella tratando de contentarla, que no lo tengo rondando mi casa, preguntándome cómo me fue con el doctor o tratando inútilmente de cuidar de mí. Sí, lo sé, debería ser al revés.

Y también sé que mi familia debería estar al tanto, pero no sé cómo dar una noticia como está y mucho menos a mis padres, aunque la recomendación del doctor haya sido:

—Le realizaremos quimioterapia. Dos ciclos por semana, por de seis semanas.

¿Con qué se come eso?

—"Mantenga a sus familiares cerca. Eso es indispensable"

No se cómo decirlo sin desmoronarme.

Me muerdo el labio con fuerza y ojeo una vez más el estante repleto de chocolates y snacks, sin tocar nada, sin decidir qué llevar. Las pegatinas en las etiquetas se vuelven borrosas cuando las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos.

Duele.

Dios, como duele.

Me inclino, tratando de respirar y hacer un esfuerzo sobre humano para no ponerme a sollozar en medio del pasillo, pero se que no lo estoy intentando lo suficiente.

Son las diez de la noche y debo parecer una lunática.

Tengo cáncer...

Lágrimas silenciosas bajan por mis mejillas.

Voy a morir, lenta y dolorosamente.

Lleno una cesta con chocolates y doritos al azar, que sé que no voy a comer y avanzo con paso cansino por el pasillo.

Y es que no sé qué me preocupa más.

decirles a mis padres, dejar que me metan drogas en las venas... O la idea de morir tan joven.

Sí, sé que se puede vivir años con cáncer, pero eso no es vivir. No lo es ni de cerca.

Y puede que suene tonto, pero no sé cómo sentirme, paso del shock a la aceptación y luego a la negación demasiado rápido.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora