Capítulo 30

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16 de marzo

Mi madre presiona mis dedos y una sonrisa cálida surca su rostro, ella quiere parecer fuerte, cuando en realidad sé que quiere llorar. Como lo siento, mamá.

Esta es la cuarta vez que vengo con mamá a que me administren quimio.

Ya llevo dos semanas en casa.

La primera vez, ella insistió en hablar con el doctor, quería informarse lo mejor posible sobre la situación y cuando acabó la consulta, en ella sólo había una mirada llena de tristeza. Dolor en todo su esplendor, tras una sonrisa que pretendía ser tranquilizante.

La segunda vez nos acompañó papá, ambos estuvieron a mi lado y por alguna razón, esa sesión no se sintió como la primera; aniquilante. Pero, aunque la realidad sigue siendo la misma, ahora mis papás me acompañan.

Pero puedo, yo puedo ¿no?

En cada una de mis sesiones, siempre está en la sala el mismo niño que vi desde la primera vez.

El de los ojos tristes y azules. Él lleva más años en su lucha que yo. Es tan pequeño y se ve tan frágil...

Es triste y me lleva a pensar, que eso es lo que me espera. Luchar y luchar y nunca saber si lo lograré. Tener que vivir en un hospital, cuando no quiero eso y si sano, me sentiré mal por haber sanado y que él siga igual, siendo sólo un niño.

Espero que podamos salir de esta ambos.

Lo observo por un largo rato, no miro a mi madre, ni me concentro en mi propio dolor. Sólo lo observo a él. El pequeño siempre luce imperturbable, tibio. No mira a nadie, salvo al suelo.

Y nunca lo he visto llorar... O al menos, no hasta ahora. La primera lágrima resbala por su mejilla pálida y hundida. Él es del color de las nubes.

Veo una lágrima. Luego dos.

Hasta que comienzan a caer a borbotones, de un rocío a un torrente. Una oleada de tristeza invade mi cuerpo y quiero abrazarlo. Y me duele por él.

No hace ningún ruido, se limpia la cara y se queda mirando fijamente al suelo. Ahora que lo pienso, no lo he visto con alguien que no sean las enfermeras.

Y mi corazón se rompe un poco más.

—No todo es tan malo —su carita busca en todas direcciones hasta dar con mi voz—. Luego de esto nos dan gelatina —sus ojitos finalmente caen sobre mí y le sonrío a su mirada triste.

Sonrío, cuando lo que quiero es echarme a llorar con él.

Mamá se fue hace un rato, dijo que necesitaba ir al baño. Fue a lavarse el rostro, así que puedo hablar con toda libertad con el niño, aunque él no ha dicho una sola palabra. Sólo se limita a mirarme expectante.

—A mí ayer me dieron de color morado. Creo que era de moras o algo así —me remuevo en mi asiento y me lamo los labios, resistiendo la molestia de la aguja en mi piel.

—La mía era color rojo —sorbe por la nariz y se limpia con el dorso de la mano.

Luce tan pequeño y dulce que me duele imaginarlo sufriendo tanto.

—¿Cómo te llamas? —Pregunto.

—¿También te duele? —Su pregunta me saca de balance, pero me las arreglo para sonreír.

—Estoy bien —muestro calma. Aquí es donde debo ser la adulta y no ponerme a lloriquear.

—Te vi llorar la primera vez que viniste. Había una chica rubia contigo —sonrío al proyectar la imagen de Paola a mi lado, sosteniendo mi mano. Asiento.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora