Capítulo 52

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Punto de vista de Andy

Me paso la mano por la cara. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mil veces más!

Siento una lágrima caer y me hago un ovillo en la camilla. Cuando desperté en una habitación blanca, junto a una mujer vestida de blanco, lo primero que pensé fue: morí. Morí y no me despedí de nadie. Pero luego la mujer se acercó para hacerme preguntas y solo ahí pude relajarme un poco. Y el doctor Callahan me saludó con un "bienvenida de vuelta" que me confirmó que mi membresía en la tierra seguía activa.

Me limpio las lágrimas y decido levantarme. Siento que mi cabeza va a explotar y me duele también el cuello. Recuerdo haber visto el pan esparcido a mis pies, la sangre en mi nariz y ver a Ash correr hacia mí, gritando mi nombre antes de que todo se volviera oscuridad. Así que debí pegarme al caer.

Sé que todos están afuera, esperando por mí. Preocupados y desesperados por no saber nada de mí. Qué susto debió llevarse mamá.

—¿No piensas parar nunca? —Le hablo al suero colgado a mi lado y conectado a mi brazo. Hundo mi cabeza en mis rodillas cansada y vuelvo a llorar.

. . .

Observo la ciudad a través de la ventana. Está anocheciendo y el frío del hospital me hiela los huesos. Miro sin mirar, perdida en mi cabeza, volviendo una y otra vez a la conversación con el doctor Callahan.

—Tus niveles de glucosa son bajos, Andy. Lamento informar que lo mismo con tus plaquetas. Debemos controlar eso. Con el tratamiento es algo bastante común, pero no podemos permitirlo —el doctor Callahan se acercó y comenzó a tocar mi cuello—. ¿Te sangra mucho la nariz últimamente? —Asentí.

—Al toser también y las encías —agregué.

—Es porque tus plaquetas son bajas y a tu cuerpo le resulta difícil detener una hemorragia.

—También tengo la boca está irritada.

—La quimio terapia daña las células de la boca y la garganta —se alejó de mí—. Causa úlceras. Abre. —Pidió y obedecí—. Sólo estás un poco irritada, aún nada grave.

—Aún —repetí, como si me ofendiera.

—Ayer no tuviste sesión de quimio —negué—. Te administraremos fármacos. Cambiaremos la sesión de mañana a hoy. ¿Tienes ganas de vomitar?

Asentí.

. . .

Es cielo es naranja y las nubes brillan con la débil luz que aún queda del sol. Acaricio la bolsa que cuelga a la altura de mi cabeza, cuyo líquido cae gota a gota, recorriendo la delgada manguera hasta entrar en mis venas.

Duele.

Pero ya aprendí a no quejarme.

Pero, en ocasiones, cuando estoy sola con la realidad y no puedo fingir que no tengo una enfermedad que está acabando con mi vida, me permito dejar caer las lágrimas libremente. Lloro como si quisiera secarme. Estoy más lejos de la meta, que cuando empecé.

Por esa razón me escabullía e iba sola a mis sesiones. No quería a nadie sufriendo a mi lado. Odio hacer daño, aunque es involuntario, me he convertido en una bomba de tiempo.

Mis pasos son sordos contra el suelo. Voy descalza y no llevo la ropa que escogí esta mañana, sino una bata de hospital. Y la odio profundamente.

Entro al baño y cierro la puerta con pestillo, pese a estar sola. Y sabiendo también que el doctor dijo que no permitiría la entrada a familiares, hasta que la bolsa estuviera vacía.

Me sitúo frente al espejo.

La chica delante de mí me observa con extrañeza. Tiene ojeras y su piel es pálida y amarillenta. Sus ojos no brillan, sus labios están rotos. Está delgada, mucho más de lo que estuvo al iniciar el año.

También luce cansada.

Luzco cansada. La chica en el espejo soy yo.

Casi cinco meses ya. Y la chica frente al espejo no es ni la sombra de lo que antes fue. No recuerdo cuando fue la última vez que me miré al espejo. Creo que lo evitaba a propósito, no me gusta apreciarme morir lentamente. Me sonrío a mí misma, pero el gesto es más una mueca llena de dolor.

Odio esto. Por eso evito mirarme al espejo.

Y aunque aún conservo gran parte de mi cabello, hace mucho que empezó a caerse. Mi vista se torna borrosa y sin poder evitarlo empiezo a llorar. Sollozo desconsoladamente hasta que mi llanto resuena en las paredes del pequeño baño y me llevo una mano a los labios, en un intento de ahogar los gritos desesperados que brotan de lo más profundo de mí. Lloro ahora, porque sé que cuando salga de esta habitación y este frente a mi familia, no lo haré. Lloro porque sé que, en este momento, es lo que necesito.

No palabras de aliento o esperanzas inventadas.

Esta soy yo, tomando mi gran sorbo de realidad.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora