Me duele la garganta y hace apenas media hora que dejé de llorar. Lloré hasta el cansancio podría decir. Me arden los ojos y también la garganta. Ya estoy de vuelta en mi habitación y no recuerdo del todo bien cómo llegué aquí. Pero intuyo que Ashton me trajo de vuelta.
Permanezco recostada en mi cama de medio lado, observando las cestas con forma de calabaza tiradas en el rincón. Sosteniendo mi pecho como si se me fuera a caer, porque siento que mi corazón podría derramarse de él si no lo sujeto.
Mi cesta y la de Chris reposan juntas en el suelo. Pero una está de pie y la otra se ha derramado. Niego con un puchero y sé que es inevitable que vuelva a llorar. Sigue doliendo y no sé cómo calmar mi tristeza. Sé que voy a extrañarlo.
Alejo la sábana de mí y con cuidado trato de colocarme de pie para ir directo a las calabazas, pero en el segundo paso mis rodillas flaquean y caigo sentada sobre el suelo. Pero no me hago daño y si el golpe duele, la verdad es que no lo noto. Pero ya no quiero caminar, así que a gatas termino de acercarme a los dulces.
Acaricio el contorno de la sonrisa de la suya, la cual tiene un trozo de papel que sobresale de entre los dulces. Frunzo el ceño. Pero no quiero ser así de irrespetuosa y revisar. No obstante, cuando doy vuelta a la calabaza de Chris, observo que, al reverso de la hoja, está escrito mi nombre.
Vacío el contenido en el suelo y todo se desperdiga, como una lluvia de caramelos. Y no hay solo una hoja con mi nombre, hay varias. Y una con el nombre del doctor Callahan.
—Oh, no —limpio una lágrima que resbala por mi mejilla—. No te atrevas, por favor.
No voy a soportar sí que lo que hay dentro de ese sobre es una carta de despedida. Pero mi curiosidad puede más.
La primera hoja es un dibujo de mí.
Estoy con la cabeza gacha leyendo un libro, con mi espalda pegada contra la pared de su habitación. Sé que es su habitación la del dibujo, porque no olvidó el detalle del póster de capitán América en su pared.
Estoy llevando mi bata de hospital y en el dibujo lo que más resalta en mi cabello.
Hay cabello en mi cabeza y quiero llorar otra vez, porque, a juzgar por la fecha del dibujo, ya yo estaba internada en el hospital. Ya no había ni uno solo en mí.
Detrás de la hoja observo la fecha y en la esquina inferior derecha hay una nota con letra cursiva y algo desordenada.
"Andy de acero. Segunda semana del trasplante".
Lloro un poco más y al mismo tiempo sonrío enternecida, al verme plasmada en un dibujo hecho por él. Sé que él dibujaba, llegó a mencionarlo, pero no imaginé que fuera así de bueno.
Que ya no pueda serlo más, hace que mi corazón duela.
En mi regalo de cumpleaños iba un Block de dibujo y material de trabajo. Colores, lápices y también stickers, que ya no podré darle. Y la pesadilla, donde él se aleja de mí, tomado de la mano de un ser extraño y sin rostro, se hace realidad y vuelvo a llorar.
. . .
El segundo dibujo es un cielo estrellado. Es colorido y puedo divisar manos extendidas, señalando las estrellas. Son nuestras manos. Doblo los dibujos cuidadosamente y los abrazo contra mi pecho.
Y finalmente voy con el sobre.
Está sellado con cinta adhesiva y tiene una nota que cita "para Andy" en el reverso. Tomo una inspiración profunda y la abro.
Para: Mi adorada Andy.
De: Chris.
"Hola, mi buena amiga Andy, cómo sabrás, no sé cuánto tiempo haya para mí ahora, así que quise dejar para ti algunas palabras para después de mi muerte... Aunque, aún estoy vivo mientras escribo esto, sino ¿cómo lo hago? No estoy seguro de cuando puedas leer esta carta, porque, aunque duele respirar mientras la escribo, no puedo determinar cuando me iré, así que tampoco cuando dártela. Pero llegará a ti, eventualmente
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Antes del Cielo
Non-FictionAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
