Capítulo 11

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23 de enero

—Por favor, boca abajo. —Obedezco las instrucciones en automático casi sin respirar, porque en mi cabeza aún no cabe lo que está pasando y me acomodo sobre la camilla.

No hay ruidos adicionales, no hay voces, ni calmantes que cobijen mi corazón entumecido. Respiro hondo y, pese a que aún no comienzan con la biopsia, quiero echarme a llorar.

Desperté a mitad de la noche, sudorosa y con la piel fría, tenía escalofríos y mi cabeza dolía. Mi cuerpo lloraba a mares. Tenía fiebre y conciliar el sueño nunca se había sentido tan lejano en toda mi vida. Estoy más allá del cansancio y la sensibilidad sensorial y ahora estoy en una clínica, donde me van a sacar tejido de los huesos, para analizarlo. ¿Coincidencia? No lo creo.

Y esta mañana, para alimentar más mi desdicha y también culpa, mamá se cansó de llamar para hacerme invitaciones con el resto de las tías. Me excusé diciendo que no podía, que tenía que estudiar y que luego estaría ocupada. Le mentí, mientras miraba la entrada de la clínica. No fui capaz de decirle dónde estaba, ni para qué.

Moría de ganas de pedirle que viniera a mí, que la necesitaba, que tenía miedo, que quería llorar. Pero solo me tragué mi incertidumbre y decidí colgar.

Me convencí a mí misma de que todo estaba bien, pero, si todo estaba bien ¿qué hacía yo en la clínica de nuevo?

—Te daremos algo para que te mantengas relajada —explica la especialista. Asiento con temor, lamiéndome los labios—. No es necesario ponerte anestesia general, pero, si lo prefieres, no hay problema.

—No, así está bien —digo, porque no tengo idea de lo que está diciendo.

—Te pondremos anestesia en la parte donde haremos la incisión, no te preocupes, será minúscula. Aunque, sí sentirás un leve dolor cuando la aguja atraviese tu hueso, ya que es lo único que no podremos anestesiar, ¿comprendes?

Mantengo los ojos en un punto fijo, reposando el peso de mi cara sobre mi mejilla derecha, me abstengo de cerrar los ojos y asiento a la mujer con valentía.

—Todo estará bien —dice y no me da tiempo de responder, porque se marcha de mi lado apenas pronuncia las palabras.

—Todo listo —murmura una voz masculina y escucho una puerta cerrarse.

—Bueno, comencemos —cierro los ojos e intento no pensar demasiado, debo estar tranquila o saldré corriendo de aquí. Siento una punzada aguda en la parte baja de mi espalda y minutos después, ya no siento nada. Trago saliva y muevo los hombros.

Tranquila, tranquila.

Por alguna razón, ya no siento la ansiedad recorrer mis huesos como si fuera fuego ardiente. Mi respiración se torna acompasada y la camilla dónde estoy acostada, se siente cómoda.

No soy consciente de que ya han comenzado con la extracción de médula ósea, hasta que un dolor se asienta dentro de mi piel. No, va mucho más allá.

Cierro los ojos.

"Sentirás un leve dolor cuando la aguja atraviese tu hueso, ya que es lo único que no podremos anestesiar". Las palabras de la doctora se asientan en la parte baja de mi cerebro y cierro los ojos con fuerzas.

Intento mantenerme los más quieta posible, el dolor es ciego y casi puedo sentirlo en mis dientes de tanto apretarlos. Duele.

. . .

Un día después:

Reviso el vendaje y lo presiono un poco con mis dedos, no duele, pero se siente adolorida la parte donde introdujeron la aguja. Me encuentro en la sala de espera de la clínica. Me darán hoy los resultados de la biopsia y el doctor me dará el diagnóstico final.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora