Capítulo 3

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Si decidiera dar dos pasos descuidados hacia adelante, con algo de brisa y un poco de mala suerte, mi cuerpo caería directo al vacío.

El barandal que me separa de caer a una muerte segura (o en el caso de una persona desafortunada, a sólo romperme en mil pedazos, pero con un corazón que siga latiente) tiene unos escasos treinta centímetros de alto.

Ni siquiera me termina de llegar a las caderas.

Así que este es el “increíble y nuevo” medio de protección que mandó a instalar tío Garlo.

—Y bien, sobrina, ¿qué opinas? —Lo miro con cara de “no me jodas”.

—Es patético —es todo lo que digo.
Tío Garlo resopla y pone los ojos en blanco.

—No está terminado. Cuando lo esté te llegara por lo menos a las caderas.

—Vaya, tío —sonrío con falsedad y él lo nota. Me agarró en un mal momento para pedir mi opinión. Me duele la cabeza a mares y siento náuseas de tanto en tanto, no estoy para soportar a nadie.

Además de que aún no se me olvida lo que pasó con Ashton.

—Eso lo hace un metro menos patético. Si diera dos pasos, caería al vacío.

—Entonces no los des —añade con sarcasmo, le saco la lengua y él me imita, para luego darme la espalda y comenzar a alejarse.

Observo una vez más el vacío y me estremezco. Me gusta venir al tejado, es relajante por la noche cuando sólo te acompaña la brisa y el brillo de la luna.

Pero, hace dos semanas, mucho antes de que Ashton llegara al edificio, una mujer se lanzó del tejado, con la obvia intención de quitarse la vida, pero por desgracia para ella, no murió.

Y sólo se rompió muchos huesos. Lleva dos semanas en coma y no ven esperanzas de que despierte.

—Te dije que era mejor un enrejado —aporto, caminando detrás de él.

—Es muy caro —abre la puerta del tejado y me deja ir primero, a pesar de su actitud relajada, sé que se siente mortificado—. ¿No es suficiente con una baranda?

—¿No quieres más accidentes o sí?
Él finge un estremecimiento o bueno, no del todo y entra.

—¿Cómo sigue la mujer del departamento dieciocho? —Pregunta, tentativo, él realmente no quiere saber.

—Sigue en coma —respondo y damos por terminada la conversación.
Garlo me deja frente a mi departamento, vivo en él hace año y medio y lo obtuve chantajeándolo con decirle a tía Lisa dónde guarda botellas de vino de reserva.

Quizá por eso me va tan mal en la vida y chicos desconocidos entran a mi casa, justo cuando estoy bailando desnuda.

Dios, nunca voy a superar eso.

En fin, por lo menos no pago alquiler. Tío Garlo se despide con un abrazo y se encamina a paso cansino al elevador, sé que sigue pensando en esa mujer que intentó matarse, aunque, dadas las circunstancias, es como si lo hubiera logrado.

Tío Garlo no es una persona precisamente tacaña, pero él no se quiere involucrar en las decisiones de las personas.

“Si quieres morir, adelante. Pero lejos de mi edificio” eso fue lo que dijo.

Mi vista se clava en una bolsa, que espera pacientemente, frente a mi puerta. Es de color morado escandaloso y hay una nota con la firma de mis tías en ella. Volteo los ojos y la recojo para mirar su contenido.

Justo como lo sospeché. Ropa interior.
La escaneo con burla, ¿en serio, tías? En la bolsa hay ropa de encaje, trajes de baño, sostenes de diversos colores, ligueros y cabe recalcar que es una bolsa grande.

Antes del CieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora