Capítulo 11 : Cambios

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Pasaron algunas semanas desde aquel enfrentamiento en la oficina del Dr. Anderson, y aunque el pánico ya no era constante, las secuelas seguían en mí, latentes como una cicatriz que no terminaba de sanar. El mundo que conocía dentro de la facultad, con todas sus jerarquías y reglas tácitas, había cambiado. El aula, que antes me resultaba un lugar familiar, ahora se sentía hostil, como si cada rincón estuviera cargado de un juicio silencioso. Cada vez que veía al profesor en clase, sentía el estómago retorcerse. Lo evitaba, me escondía detrás de mi cabello o miraba con más insistencia mis apuntes, intentando desaparecer entre las filas de estudiantes.

Pero había algo peor que esa incomodidad, algo más profundo que la simple aversión: las miradas de mis compañeros. Las risas veladas que parecían aumentar cuando yo entraba al salón. No tardé mucho en darme cuenta de que algo había cambiado entre ellos también. Los rumores habían comenzado a esparcirse, y aunque no podía confirmarlo, sentía que algunos ya me habían juzgado. Había quienes, claramente, se alinearon con él. No me lo decían de frente, pero sus miradas despectivas y los cuchicheos a mis espaldas eran lo suficientemente elocuentes.

—Debe haber hecho algo —escuché una vez que alguien susurraba en el pasillo cuando pasé cerca. Apreté los dientes, tratando de ignorarlo, pero era difícil no sentir la rabia acumulándose en mi pecho.

Cada clase con el Dr. Anderson se convirtió en una prueba de resistencia emocional. No era el mismo profesor que había conocido al principio, el que me halagaba constantemente, el que me hacía sentir que destacaba. Ahora, sus comentarios eran secos, cortantes, y a veces me ignoraba por completo.

Cuando levantaba la mano, parecía no verme, como si hubiera dejado de existir en su mundo. Y, aún peor, mis compañeros se daban cuenta. Las oportunidades se desvanecían frente a mí; trabajos importantes, investigaciones prometedoras, y, finalmente, la beca para el internado. Una oportunidad que había anhelado tanto, perdida... y sabía perfectamente por qué.

Una tarde, después de enterarme de que no había sido seleccionada, el resentimiento que había estado intentando mantener bajo control se desbordó. Estaba en la habitación con Josselyn, quien me miraba con preocupación mientras yo caminaba de un lado a otro, tratando de encontrar una explicación.

—Sabes por qué no me escogieron, ¿verdad? —le dije con un tono que oscilaba entre la frustración y la amargura.

Josselyn dejó de leer y me miró directamente. —Hannah... esto es completamente injusto.

—Injusto no lo describe bien, Jossie. ¡Es una maldita pesadilla! —exclamé, sintiendo cómo la ira me quemaba por dentro. —He trabajado tan duro para llegar aquí. Estaba entre las mejores... y ahora todo se ha derrumbado por culpa de él.

Me desplomé en la cama, apoyando mi cabeza en mis manos, sin poder contener las lágrimas. Josselyn se acercó y se sentó a mi lado. —Tienes todo el derecho a estar furiosa, Hannah, pero no puedes rendirte. Esto no termina aquí.

Levanté la mirada, mis ojos hinchados por el llanto. —¿Qué quieres que haga? Todo el mundo parece estar de su lado. ¿Cómo puedo luchar contra alguien con tanto poder?

—No lo harás sola —,dijo, firme. —Nosotras lo enfrentaremos juntas. Yo te ayudaré, y sé que no somos las únicas que hemos pasado por algo así. Hay otras chicas que tienen historias... solo necesitamos que confíen en nosotras y se atrevan a hablar.

Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. La sensación de impotencia seguía ahí, pero con Jossie a mi lado, sentí que tenía una oportunidad, una pequeña luz en medio de la oscuridad. Sabía que la única forma de acabar con esto era hacerlo público, y ya no podía ignorar la realidad. El Dr. Anderson no solo me había afectado a mí; otras chicas también habían sufrido bajo su sombra, y juntas podríamos desenmascararlo.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora