Capítulo 47: El Diamante

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El hospital seguía latiendo al ritmo frenético de emergencias y turnos interminables. En los últimos meses, la llegada de los nuevos internos había añadido una capa extra de tensión. Los pasillos, antes transitados únicamente por residentes experimentados y enfermeras con nervios de acero, ahora estaban llenos de rostros jóvenes y asustados. Podías oler el miedo, aunque intentaban ocultarlo bajo sonrisas nerviosas o charlas vacías. Sabían que habían dejado atrás los libros y que ahora enfrentaban la crudeza de la vida y la muerte, una realidad que se imponía sin clemencia.

Entre los recién llegados, Lucas Moreno destacaba, pero no por sus habilidades, sino por la rigidez con la que se enfrentaba a cada situación. Era meticuloso, controlando cada detalle con una obsesión que empezaba a pasarle factura. Su bata blanca, siempre impecable, se volvía una extensión de su perfección, pero debajo de esa fachada se podía notar la tensión en sus hombros y en la manera en que sus ojos se movían, siempre en alerta, siempre esperando el desastre inminente que aún no había ocurrido. El peso de las expectativas —y tal vez de algo más profundo— lo agobiaba.

Elena Guzmán, por otro lado, era todo lo contrario. En sus manos parecía tener una sensibilidad innata para tratar a los pacientes. Era la primera en ofrecer una palabra de consuelo, una sonrisa que tranquilizaba incluso a los más nerviosos. Pero había algo en sus ojos, un cansancio acumulado que no se correspondía con las pocas semanas que llevaba en el hospital. Parecía que cada caso le robaba una pequeña parte de su alma. El dolor de los pacientes no era solo algo que debía tratar, sino algo que absorbía profundamente, como si cada herida que veía la afectara personalmente.

Pedro Martínez, con su energía inagotable, era una bocanada de aire fresco en medio del caos. Se ofrecía para todo, estaba en todas partes, y su optimismo desbordante contrastaba con la dureza de los veteranos del hospital. Pero la realidad aún no había hecho hueco en él. Su entusiasmo, aunque admirable, lo llevaba a veces a tomar riesgos innecesarios, a meterse en situaciones para las que no estaba preparado. Y eso preocupaba a más de uno.

No sólo los internos aportaban nuevos rostros al hospital. Desde hacía unos meses, era común ver a cadetes de la policía rondando por los pasillos, uniformados, con sus botas relucientes y sus miradas curiosas. Estaban allí para aprender, para familiarizarse con la dinámica del hospital y su papel en la comunidad médica. Pero algunos parecían más interesados en el morbo de las emergencias que en la formación real.

Uno de esos cadetes era Vargas. Alto, fornido, y con una actitud de superioridad que no caía bien a nadie. Se pavoneaba por los pasillos como si ya fuera un oficial experimentado, a pesar de que apenas había salido de la academia. A menudo lo encontrabas observando desde la esquina de un quirófano, como si esperara presenciar algo extraordinario. Pero lo que realmente lo motivaba era una necesidad constante de validación, de demostrar que él, más que nadie, estaba listo para enfrentar la crudeza del trabajo policial.

Torres, en cambio, era todo lo opuesto. Discreto, siempre en las sombras, observando, analizando cada situación. Parecía absorber cada detalle de su entorno, pero rara vez hablaba. No buscaba destacar ni llamar la atención, pero cuando lo hacía, sus observaciones eran tan agudas que muchos se quedaban en silencio para escucharlo. Había una calma en él que era difícil de ignorar, como si ya hubiera visto más de lo que se esperaba de alguien de su edad.

Sin embargo, fue una mañana particular cuando llegó alguien que capturó la atención de todos. Era un día agitado, con un flujo constante de pacientes, cuando la puerta principal del hospital se abrió y entró una figura que, aunque nueva, parecía traer consigo una presencia imposible de ignorar.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora