Capítulo 49: Amor entre Ruinas

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Era un día tranquilo, como esos que parecen fluir en una suave monotonía, donde cada hora se siente casi repetitiva. Pero la isla, en su peculiar magia, siempre parecía ofrecer experiencias únicas, como si la tierra pudiera leer mis pensamientos y susurrar lo que necesitaba, trayéndolo a la vida de formas inusuales y, a veces, extrañas. Ese día, sabía que mi turno en el hospital sería de tarde a medianoche, una rutina que ya había comenzado a parecerse más a un ritual que a una tarea.

Al principio, todo se desenvolvió como cualquier otro turno: los murmullos de los pacientes en la sala de espera, el sonido de las máquinas, y el ajetreo de los enfermeros. Pero de repente, una voz resonó en el aire, capturando mi atención. Era familiar, aunque no podía identificarla de inmediato. Intrigada, seguí la melodía de su sonido hasta llegar a la sala de espera.

Y allí lo vi. Un hombre de piel clara, con ojos oscuros que parecían reflejar un mundo entero en su interior. Su cabello corto estaba perfectamente peinado, y una cicatriz en su rostro le daba un aire de misterio, como si guardara secretos que solo él conocía. No llevaba ropa de lujo; más bien, su atuendo parecía contar historias de una vida diferente, más dura. Nuestros ojos se encontraron por un breve momento, y algo en su mirada me pareció reconfortante y extraño al mismo tiempo. Era como si ya lo conociera de alguna manera, como si nuestros caminos se hubieran cruzado en otra vida.

No pasaron más de dos horas cuando Andrea, con su usual tono de confidencia, mencionó que un sujeto similar había estado preguntando por mí, aunque su tono era de disimulo. Aquella chispa de esperanza que había encendido mi corazón se desvaneció casi instantáneamente, como la luz del día al caer la noche. La noche continuaba su curso, monótona y gris, y decidí caminar por la entrada principal del hospital, buscando distraerme.

Fue entonces que lo vi nuevamente, pero esta vez no estaba en la sala de espera. Estaba en su motocicleta, su figura oscura recortada contra el cielo estrellado. Era una visión extraña, casi surrealista, como si hubiese cruzado el cielo y aterrizado en el asfalto justo frente a mí. Pero cuando no se movió, la preocupación comenzó a apoderarse de mí. Corrí hacia él, mi corazón latiendo con fuerza.

Al acercarme, noté que tenía heridas menores, pero su expresión transmitía nerviosismo y vergüenza. La herida más grave parecía ser una luxación en su hombro, y aunque él intentaba restarle importancia al asunto, su cuerpo delataba la verdad. Mi personalidad, un poco seria y terca, hizo que finalmente accediera a dejarme atenderlo. Mientras limpiaba y vendaba sus heridas, no pudo evitar intentar hacerse el fuerte, lanzando uno que otro cumplido que, aunque me hicieron sonreír, no podían ocultar la incomodidad que ambos sentíamos.

—No necesitas hacerte el valiente —le dije, mientras le aplicaba un poco de hielo en la zona afectada—. Te ves como si necesitaras más que eso.

—No soy de los que se quejan fácilmente —respondió Ryan, con una sonrisa torcida, mientras intentaba acomodarse en la silla—. Pero supongo que un poco de ayuda no le hace mal a nadie.

Las palabras flotaban entre nosotros, creando un espacio que se llenaba de tensión y una curiosidad inexplicable. Era un momento extraño, íntimo, en el que, a pesar de la situación, sentía una conexión que no podía explicar. Una parte de mí sentía que había compartido algo más que simples palabras con él en el pasado, que nuestros caminos se habían entrelazado en algún lugar y tiempo que no podía recordar.

Sin embargo, en el fondo, una voz en mi mente advertía sobre los peligros de dejarme llevar por lo desconocido. Aquella sensación de familiaridad era perturbadora, casi inquietante, como si Ryan llevara un pedazo de mi historia consigo.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora