Capítulo 18 : Entre Susurros y La Luna

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Han pasado varios meses desde aquella caótica situación que nos sacudió no solo a nosotros, sino a toda la isla. La experiencia que viví aquel día no era algo inusual; la violencia y el caos eran parte del tejido de nuestra comunidad. A menudo, me encontraba reflexionando sobre lo que había aprendido en esos momentos.

La isla estaba marcada por la presencia de varios grupos armados que se identifican fácilmente por colores y territorios, creando una compleja red de rivalidades y alianzas. Por ejemplo, los Amarillos eran un grupo que dominaba la zona industrial. Eran conocidos por su agresividad y la forma en que controlaban el tráfico de drogas en el área. La mayoría de ellos eran jóvenes mexicanos, en su mayoría desesperados y deseosos de demostrar su valía, incluso a costa de su propia seguridad. Era desgarrador pensar en ellos como víctimas de un sistema que parecía haberlos olvidado.

Los Verdes, que operaban en los barrios bajos, mantenían una relación tensa con los Morados, quienes, aunque más discretos, estaban siempre al acecho. La rivalidad entre ellos era evidente en cada esquina, con la calle que separaba sus territorios siendo testigo de constantes enfrentamientos.

Más al norte, existían otros grupos menos visibles, como los Naranjos, que preferían mantenerse alejados de las confrontaciones directas. Sus interacciones eran limitadas y se rumoreaba que tenían conexiones más profundas, aunque nunca se dejaban ver lo suficiente como para ser considerados una amenaza inmediata.

Mientras el eco de las balas y los gritos de los enfrentamientos se convirtieron en parte del telón de fondo de nuestra rutina, también se forjó una extraña normalidad en nuestras vidas. En medio de todo eso, Jaime y yo nos enfocamos en nuestro trabajo, en ayudar a quienes más lo necesitaban. La ciudad murmuraba sobre un romance entre nosotros, pero ambos sabíamos que era solo una conexión diferente, un vínculo forjado en la adversidad.

Cada día que pasaba, me sentía más consciente de la delgada línea que separaba nuestra vida diaria de la violencia que acechaba en las sombras. Mientras atendíamos a los heridos, un pequeño recordatorio de esa realidad siempre estaba presente. En ocasiones, incluso los Amarillos llegaban a nuestra clínica, con heridas que contaban historias de su propia lucha. Sin embargo, a pesar de la brutalidad que nos rodeaba, lo que sentía por Jaime era algo genuino, un apoyo que trascendía las palabras y la violencia que definía nuestro entorno.

La actitud de Jaime con respecto a estos grupos era notablemente diferente, especialmente cuando se trataba de los Amarillos. A menudo, cuando teníamos que atender a alguno de ellos, su comportamiento cambiaba drásticamente. Se volvía más reservado, como si la sombra de un miedo palpable lo invadiera.

Aquel día, mientras estábamos en la clínica, un joven con un tatuaje de la banda en su brazo entró con una herida en la pierna. Al instante, vi cómo la tensión se apoderaba de Jaime, sus manos temblando ligeramente mientras preparaba el equipo. Era evidente que el ambiente lo afectaba, y yo sabía que debía hacer algo.

—Hey, estás bien —le susurré, manteniendo mi voz suave y tranquilizadora. Me acerqué un poco más, tocando su brazo con suavidad—. Recuerda que estamos aquí para ayudar.

Él respiró hondo, asintiendo aunque sus ojos no dejaban de mirar al joven herido. Su voz salió baja, casi un murmullo: —No puedo evitarlo. Cuando los veo, solo pienso en lo que podrían hacer...

—No tienen por qué hacerte daño —le dije, tratando de infundir algo de confianza—. Solo son personas asustadas, igual que nosotros.

Con el tiempo, nuestra cercanía se hizo más evidente, y los rumores comenzaron a crecer entre nuestros compañeros de trabajo. La gente empezaba a hablar de nosotros como si tuviéramos un romance secreto. Jaime se percató de ello una tarde cuando, después de un turno especialmente largo, decidimos tomarnos un respiro en la azotea de la clínica.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora