Capítulo 71: ¿Quién eres?

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Las imágenes pasaban en mis sueños como flashes desordenados, como si alguien estuviera acelerando el paso de una película enloquecida. Cada escena mostraba lo mismo: caos, sangre, muerte. Y en medio de todo eso, estaba ella. Esa niña, tan pequeña, tan frágil en apariencia, pero al mismo tiempo, inquebrantable. Estaba en el centro de todo, observando con una calma inquietante mientras todo a su alrededor se desmoronaba.

Lo peor de todo era su risa. Era una risa que me seguía incluso cuando despertaba. Un sonido tan extraño, tan etéreo, que parecía atravesar los muros de mi mente, burlándose de mí, susurrándome que jamás encontraría lo que estaba buscando. La sensación de no estar avanzando, de estar atrapada en un ciclo del que no podía escapar, se intensificaba con cada noche que pasaba.

Me despertaba sudando, con la sensación de que algo se estaba desmoronando en mi interior. Pero al abrir los ojos y ver la luz suave que se filtraba por las rendijas de la ventana, todo volvía a ser tan mundano, tan terriblemente real. El hospital, la rutina diaria, los rostros de mis colegas... pero todo eso ya no parecía suficiente. Había algo más, algo que no lograba entender.

En la oficina, trataba de mantenerme ocupada. Firmaba papeles, revisaba informes, me encargaba de las tareas administrativas, pero la niebla de confusión no se disipaba. Cada vez que me concentraba en algo, un destello de esa niña se colaba en mis pensamientos, como un destello morado que brillaba en medio de la oscuridad. A veces, me encontraba a mí misma mirando la pantalla del ordenador sin saber cuánto tiempo había pasado, perdida en pensamientos que no entendía. No era la primera vez que tenía sueños extraños, pero esta vez era diferente. Estos no eran sueños comunes, eran algo más. Sentía que esas imágenes, esas visiones, tenían algún tipo de mensaje. Algo que debía descifrar. Pero, por más que intentaba, no lograba encontrar la conexión.

Durante los días siguientes, comencé a observar más a las personas que me rodeaban. No podía evitarlo. Algo en la atmósfera había cambiado, y yo, de alguna manera, también lo había hecho. No me reconocía del todo, y eso me aterraba. Había un peso constante sobre mis hombros, una sensación de que todo lo que conocía estaba a punto de desmoronarse. El hospital, mi trabajo, la gente que estaba a mi alrededor... todo parecía formar parte de un rompecabezas cuyas piezas no encajaban.

Y luego estaba ella. Esa niña, esa joven. No podía dejar de pensar en ella. Cada vez que cerraba los ojos, su rostro aparecía en mi mente. Esa risa resonaba en mi cabeza, burlona y lejana, como un desafío. Quería encontrar respuestas, quería entender por qué estaba obsesionada con ella, pero cada vez que creía que estaba cerca de la verdad, algo me detenía.

La nieve volvió a caer en la isla, cubriendo las calles y edificios con una capa de blanco, suave y fría. Era un contraste extraño, porque mientras todo parecía estar quieto y en paz, mi mente no dejaba de agitarse. La quietud de la nieve me envolvía, pero no me tranquilizaba. Había algo en el aire que me hacía sentir más perdida que nunca.

Solía caminar del hospital al cementerio, mi paso lento y pesado sobre la nieve, la respiración transformada en pequeñas nubes blancas. Era una rutina que había adoptado desde su partida. No importaba cuántas veces lo hiciera, cada vez me sentía igual de vacía, como si estuviera buscando algo que no existía. La tumba de Ryan estaba cuidada, impecable, con flores frescas cada semana, y yo le hablaba en silencio mientras mi mirada se perdía entre los copos que caían sobre su lápida. Trataba de encontrar respuestas en su ausencia, esperando que su espíritu me guiara, que algo de él se quedara allí para orientarme.

—Ryan... —murmuraba, las palabras saliendo como un susurro casi inaudible. Nadie alrededor, solo yo y el viento que soplaba suavemente. La tumba, fría y silenciosa, parecía tan vacía como mi corazón.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora