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El grito ahogado que brotó de mi garganta se convirtió en un murmullo impotente mientras caía de rodillas junto a la camilla. La visión de Jaime, pálido y herido, se quedó grabada en mi mente como un eco aterrador. Los paramédicos se movían con rapidez, pero todo parecía suceder en cámara lenta.
—Jaime... —susurré, tomando su mano, que estaba fría y temblorosa—. Estoy aquí, estoy contigo.
Él parpadeó lentamente, y por un momento, la confusión en sus ojos se transformó en reconocimiento. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios, pero no duró mucho. La herida en su espalda era profunda y oscura, y una sensación de terror comenzó a inundarme. —Hannah, no... —dijo con voz entrecortada—. No debiste venir. Es muy... peligroso.
—No me importa, Jaime. Tenía que estar aquí contigo. —Mis palabras se entrelazaban con el miedo, pero en ese instante, vi el cambio en su rostro. La sonrisa se desvaneció, y la preocupación se apoderó de su expresión. Sus ojos se entrecerraron, y su respiración se hizo más errática.
—No, no, no... —dijo, y su voz temblaba, como si luchara contra algo más que su herida—. Hannah, hay algo que... que no te he dicho.
El nudo en mi estómago se apretó aún más. ¿Qué podía ser tan grave que me lo ocultara? El sonido de las sirenas y los gritos de la multitud se desvanecieron a su alrededor, y el mundo parecía congelarse en ese instante, dejando solo el eco de su voz. —¿Qué es, Jaime? —pregunté, apretando su mano con más fuerza.
—No tengo tiempo... —susurró, su voz apenas un hilo—. Ellos... Marcus y Claudio, querían que te dijera algo. Esto... esto no fue solo un ataque al hospital. Era un mensaje... para todos nosotros.
El terror que sentí fue indescriptible. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras su respiración se volvía más difícil. La confusión y el miedo se arremolinaban en mi pecho. —Jaime, no hables así. Tienes que quedarte conmigo. Vamos a salir de aquí, solo enfócate en respirar —intenté tranquilizarlo, pero las palabras salieron vacías, incapaces de calmar la tormenta que se acercaba.
—Hannah... —dijo, su voz ahora casi un susurro—. Te amo. Siempre lo he hecho.
La intensidad de su mirada me atravesó, y sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Una parte de mí quería creer que todo iba a estar bien, que esto era solo un mal sueño. Pero la realidad se impuso con una fuerza aplastante.
En ese momento, un grito proveniente de uno de los paramédicos interrumpió la escena. —¡Necesitamos más ayuda aquí! Su presión arterial está cayendo. ¡Rápido!
Jaime apretó mi mano con más fuerza, y el terror en sus ojos se intensificó. —Hannah... —dijo, sus palabras llenas de una desesperación que nunca había visto en él—. No quiero... no quiero que te pase nada. Prométeme que no vas a quedarte aquí, debes huir de la isla.
Mis lágrimas fluyeron libremente ahora, y su mano comenzó a deslizarse de la mía. La visión de su rostro palideciendo fue un golpe devastador. —¡Jaime, no! ¡No te vayas! —grité, sintiendo el vacío que comenzaba a abrirse en mi pecho.
Su respiración se volvió irregular, y el monitor detrás de él comenzó a emitir un pitido agudo, un sonido que sabía significaba que algo estaba muy, muy mal. —Hannah... —susurró, su voz casi inaudible—. Siempre estarás... en mi corazón.
Y entonces, su mano se deslizó por completo de la mía, su cuerpo se hundió contra la camilla, y la luz en sus ojos se apagó. El pitido del monitor se intensificó, un eco de desesperación que retumbó en mis oídos. —¡Jaime! —grité, sintiendo que todo a mi alrededor se desmoronaba. Los paramédicos comenzaron a trabajar frenéticamente, pero la imagen de su sonrisa se desvanecía lentamente en mi mente. La realidad se convirtió en una pesadilla, y la angustia se apoderó de mi ser.
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Con Amor, Hannah.
Teen FictionEn un mundo donde el amor y el desamor son dos caras de la misma moneda, Hannah se enfrenta a un corazón destrozado, marcado por recuerdos de pérdidas y promesas olvidadas. A través de cartas, ella desvela sus pensamientos más profundos y vulnerable...
