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La mañana se alzaba con un frío crispante, como si la naturaleza también lamentara mi partida. A través de la ventana, los primeros rayos del sol se deslizaban por el horizonte, iluminando la habitación con un suave brillo dorado. Me vestí con una bufanda gruesa y un abrigo negro que me había traído Daniella, el cual me abrazaba como un refugio en medio de la tormenta emocional que se desataba en mi interior. Era una mañana de despedida, y, a pesar de que el viaje a Vermont prometía ser una nueva oportunidad, mi corazón seguía anclado en el pasado, donde Ryan todavía existía.
Al salir, cerré la puerta tras de mí con un susurro, llevándome solo una parte de mis recuerdos. El vacío que dejaba atrás era ineludible, pero sabía que era hora de dejar que la vida continuara, aunque no sin antes cargar conmigo el amor que siempre habría de permanecer en mi corazón.
Antes de partir, decidí que debía visitar su tumba una vez más. El cementerio estaba quieto, envuelto en un silencio casi sagrado. Cada paso que daba sobre la grava crujiente resonaba en mi mente como un eco de mi desconsuelo. Llevaba conmigo un pequeño ramo de flores silvestres, las mismas que solíamos recoger juntos en los senderos de la isla, y las dejé sobre su lápida, sintiendo que era un último gesto de amor.
—Te prometo que volveré pronto —susurré, mis lágrimas cayendo sobre el mármol frío. La promesa se sentía tan pesada, como una cadena que ataba mi corazón a ese lugar. Cerré los ojos, imaginando su risa y su mirada cálida. En mi mente, lo vi sonriendo, animándome a seguir adelante, pero la ausencia de su voz era ensordecedora.
El viaje al aeropuerto se sintió como un ritual. Los paisajes cambiaban rápidamente a través de la ventana del taxi, pero mi mente estaba atrapada en una espiral de recuerdos. La ciudad se desvanecía, reemplazada por extensos campos y colinas verdes que me resultaban extrañamente familiares. A medida que nos acercábamos, la nostalgia me envolvía, un abrazo tan reconfortante como doloroso.
Cuando llegué al aeropuerto, vi a mis padres esperándome con sonrisas nerviosas. Me sentí pequeña y vulnerable bajo sus miradas expectantes, como si en ellos buscara la fuerza que había perdido. Mi madre se acercó primero, sus brazos abiertos para envolverme en un abrazo apretado. —Hannah, cariño, estamos tan contentos de verte —dijo, su voz temblando ligeramente.
—Gracias, mamá. Yo también... —respondí, aunque no estaba del todo segura de mis sentimientos. Mi padre se unió al abrazo, su fuerza tranquilizadora me hizo sentir como si, por un momento, el peso de la tristeza que llevaba conmigo se aligerara.
En el camino hacia casa, la conversación fluía entre mis padres, llenando el espacio con preguntas sobre mi trabajo, cómo me había estado sintiendo, y lo que planeaba hacer en Vermont. Yo respondía con vaguedades, mi mente aún anclada a la tumba de Ryan, incapaz de dejar que la luz del presente me envolviera completamente.
Las carreteras serpenteaban a través de un paisaje familiar y a la vez distante. Recordé momentos pasados en esta misma ruta, la alegría que me había traído la idea de un hogar compartido. Ahora, era solo un recuerdo desgastado, un eco lejano de lo que una vez fui.
Al llegar a casa, la casa familiar me recibió con una calma que contrarrestaba la tormenta que habitaba en mi interior. Cada rincón estaba impregnado de memorias, y me pregunté si alguna vez podría volver a sentirme en paz aquí. Pero, al mirar a mis padres, entendí que esta era una nueva oportunidad para reconstruirme, para encontrar una forma de seguir adelante, aunque el eco de la pérdida siempre estuviera presente. —Estamos aquí para ti, Hannah —dijo mi padre, como si pudiera leer mis pensamientos.
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Con Amor, Hannah.
Teen FictionEn un mundo donde el amor y el desamor son dos caras de la misma moneda, Hannah se enfrenta a un corazón destrozado, marcado por recuerdos de pérdidas y promesas olvidadas. A través de cartas, ella desvela sus pensamientos más profundos y vulnerable...
