Capítulo 63: Corazones en Ruinas

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Encendí la televisión como parte de la rutina, esperando algo de ruido de fondo que me ayudara a concentrarme en ordenar los papeles en la mesa. Pero justo entonces, mi teléfono comenzó a vibrar sin parar sobre la superficie, haciendo que el sonido resonara con fuerza en la pequeña sala. Al principio, pensé que era una casualidad, mensajes sin importancia o alguna cadena de saludos, hasta que vi la cantidad de llamadas perdidas acumulándose en la pantalla. Entre todas, destacaba una del presidente del hospital. La sensación de inquietud comenzó a abrirse paso, como un hielo fino que se quiebra bajo los pies.

Atendí la llamada y, antes de que pudiera decir algo, escuché su voz urgente y sofocada por interferencias. —Hannah... necesitamos que... —La señal se cortó un segundo, dejando un zumbido metálico en su lugar—. ...situación peligrosa... hospital... han atacado...

La interferencia era tan densa que sus palabras parecían desintegrarse antes de llegar a mí, pero lo poco que oía no necesitaba mucha explicación. Me aferré al teléfono, apretando el borde con fuerza, mientras trataba de adivinar el significado completo de lo que decía.

—Espere, señor, no entiendo... ¿Qué está pasando exactamente? —dije, intentando mantener la voz firme mientras el corazón se me aceleraba.

Hubo otro segundo de silencio, un ruido estático y palabras que se entrecortaban. En la distancia se escuchaban voces, un caos de fondo que me recordó al bullicio de una sala de emergencias en plena noche. —Están... están reteniendo al equipo médico, los doctores... Jaime está en... azotea, de rehén... ¡es peligroso! —logré distinguir entre el ruido, justo antes de que la llamada se cortara con un chasquido.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Mi mente intentaba procesar todo a la vez, pero mis manos reaccionaron antes que yo, tomando el control remoto para subir el volumen de la televisión. Y ahí estaba, como un golpe directo a la boca del estómago: la imagen del hospital Pillbox Hill, envuelto en humo, con las sirenas de los vehículos de emergencia y luces rojas y azules intermitentes reflejándose en cada ventana del edificio.

La pantalla mostraba una toma aérea del lugar. Las puertas principales, destrozadas y ennegrecidas, revelaban los restos de una explosión reciente. Vidrios y escombros cubrían la entrada y la zona de emergencias. Los reporteros intentaban acercarse, hablando en voz baja y con gestos tensos, como si el solo hecho de levantar la voz pudiera empeorar la situación. A lo lejos, algunos médicos y enfermeras asomaban la cabeza por las ventanas, agitando las manos para llamar la atención de la policía que rodeaba el edificio.

La voz del periodista en el noticiero era monótona y grave, pero al mismo tiempo, claramente alarmada: —A última hora hemos recibido reportes de un ataque al hospital Pillbox Hill, en el que varios médicos y personal del hospital han sido tomados como rehenes. La policía ha establecido un perímetro y el equipo táctico está en el lugar, pero los atacantes han colocado explosivos en varios puntos del edificio, y las puertas principales han sido completamente bloqueadas. Según informes preliminares, entre los rehenes se encuentra el director general del hospital, quien actualmente se encuentra en la azotea bajo amenaza directa de los captores.

El periodista hizo una pausa, y la cámara giró hacia la multitud que se agolpaba detrás de las cintas de seguridad. Los rostros reflejaban una mezcla de miedo y desesperación, familiares que intentaban empujar el perímetro policial sin éxito, algunas madres abrazaban a sus hijos, y otras simplemente lloraban o alzaban las manos al cielo en señal de súplica.

El ángulo de la cámara cambió, enfocando la azotea del hospital. Allí, en un extremo, un grupo de dos hombres encapuchados y armados rodeaba a varios rehenes. Las batas blancas contrastaban con el escenario oscuro y la tensión palpable que emanaba de cada movimiento. En el centro del grupo, con las manos levantadas y una expresión de pánico en el rostro, estaba Jaime. Uno de los captores sostenía una pistola cerca de su cabeza, mientras otro discutía con un negociador, quien alzaba las manos desde un helicóptero cercano, intentando mantener la calma mientras intentaba dialogar.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora