Capítulo 59: Lágrimas de Luna

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El día del funeral se presentó gris y plomizo, como si el cielo mismo llorara la pérdida de Ryan. La brisa era fría y cortante, y cada susurro del viento parecía llevar consigo el eco de su ausencia. Cuando llegué al cementerio, el sonido de la tierra crujiente bajo mis pies resonaba en mis oídos, como un recordatorio constante de la realidad que enfrentaba.

La ceremonia se celebró al aire libre, rodeada de árboles que se mecían suavemente, como si fueran testigos silenciosos de la tragedia que se desplegaba. El ataúd de Ryan, blanco como la nieve, contrastaba brutalmente con el ambiente sombrío. Las flores que adornaban el ataúd eran de colores suaves, pero en mi mente se tornaban grises, opacadas por la tristeza que inundaba mi corazón.

A medida que miraba a mi alrededor, la verdad me golpeó con fuerza: apenas un puñado de personas estaban presentes. La ausencia de amigos, de aquellos que habían compartido risas y momentos con Ryan, me llenó de una tristeza aún más profunda. En ese momento, supe que el dolor que yo llevaba en el corazón no era solo mío; era una sombra que se cernía sobre su vida, y ahora su muerte también estaba marcada por la soledad.

Familiares y amigos se congregaron a mi alrededor, pero en ese momento, me sentía completamente sola. Podía ver sus rostros, algunos con lágrimas que caían silenciosamente, otros con miradas vacías, como si estuvieran atrapados en una niebla de desesperanza. La voz del sacerdote resonaba a través de las palabras elegidas con cuidado, pero su mensaje se perdía en la bruma de mis pensamientos. Solo podía pensar en lo que había perdido.

Me senté en la primera fila, el corazón latiendo con fuerza, mientras el ataúd se cerraba lentamente. Sentí que una parte de mí se enterraba con él. Miré hacia el horizonte, buscando alguna señal, algún destello que me dijera que todo esto era solo un mal sueño del que pronto despertaría. Pero no había nada.

Jaime se sentó a mi lado, su mano en mi rodilla, un gesto de consuelo que apenas podía apreciar. Sabía que estaba allí para mí, pero incluso su presencia no podía ahogar el grito ensordecedor que resonaba en mi interior. ¿Cómo era posible que el amor de mi vida estuviera encerrado en un ataúd, rodeado de flores marchitas y miradas compasivas que no podían comprender mi dolor?

Cuando llegó el momento de despedirnos, me levanté con dificultad, como si una pesada carga me aplastara. Caminé hacia el ataúd, mis pasos lentos y titubeantes, como si cada movimiento me acercara a la realidad que tanto temía. Me incliné, acariciando la superficie del ataúd, deseando poder tocarlo, sentir su calor una vez más. Pero solo había un frío inquebrantable.

—Te amo —susurré, la voz quebrada, y las lágrimas comenzaron a caer sin control. Fue un llanto desgarrador, un lamento que brotó de lo más profundo de mi ser. Era un grito de desesperación, de amor, de anhelo.

La tierra comenzó a caer sobre el ataúd, y con cada golpe sordo, el vacío en mi pecho se hacía más profundo. Sentí que el mundo giraba a mi alrededor, que todo se desvanecía, y lo único que quedaba era su nombre, resonando en mi mente, mientras el eco de su risa se perdía en el viento.

Cuando todo terminó, y el silencio volvió a reinar, me quedé allí, sintiéndome atrapada entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. En ese instante, supe que la vida seguiría adelante, pero para mí, todo había cambiado. La parte de mí que había conocido la felicidad se había ido con él, y lo único que quedaba era un eco, un susurro de lo que una vez fue.

A medida que me alejaba del cementerio, noté que la multitud que solía acompañar a los que partían en este mundo era escasa, casi inexistente. La soledad de Ryan se reflejaba en la mía. Me sentí vacía, como si en su partida también se hubiera llevado la esencia de los momentos compartidos. Nadie más pareció sentir la magnitud de su ausencia. Fue un final solitario, un adiós que resonaría en mi memoria por siempre.

Con Amor, Hannah.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora