CAPÍTULO 69 PRUEBA DE VIDA

794 60 17
                                        

Ya había perdido la cuenta de los días que llevaba en aquel lugar. Al principio le reconfortaba escuchar el canto de los pájaros, ya que era lo más parecido a una melodía. Incluso intentaba comunicarse con ellos con distintos tipos de silbidos, pero el diálogo no era muy fluido. Su nuevo hogar era una especie de patio destartalado, con un techo inexistente, varias escaleras por el suelo, ladrillos en algunas partes, hojas secas, maleza que se abría paso en cualquier resquicio, una pequeña parra al otro lado y una manguera roída que goteaba y a la que no podía llegar. Se lo impedía una cadena que le rodeaba el tobillo, a modo de amuleto de castigo.

Solo se escuchaba a sí mismo. El sonido de las esposas en sus muñecas cuyas marcas ya era un tatuaje, el arrastrar de sus pies, sus suspiros y la inseparable compañía de los elementos. Desde que despertó, había gritado hasta la extenuación llamando a Alba, pero ella no aparecía. Incluso la soñaba, y ella le acompañaba, como un ángel para decirle que no estaba solo, que juntos lo lograrían. Entre aquellas tres paredes había unos seis metros. Dado que en una de ellas había una puerta de hierro, pudo saber que se había llevado a cabo una reforma. Posiblemente reciente, lo que le hizo pensar que aquel lugar estaba preparado para él. Practicaba su velocidad todos los días con la intención de escapar cuando vinieran a darle la comida. Como si el simple empeño, como en las películas de Van Damme pudieran liberarle, pero su ansiada proeza nunca se daba.

¿Por qué estaba allí? Se había hecho tantas veces esa pregunta a lo largo de su cautiverio. Si se tratase de una cuestión de dinero, Alba pagaría su rescate, no tenía dudas acerca de eso. ¿Y si Alba estaba muerta? ¿Santi no le buscaría? ¿No había nadie que se preguntara dónde estaba? ¿Ciertamente era tan insignificante como un mosquito al que aplastas en medio de la noche y sigues durmiendo como si nada? Él no era una persona especial, no suponía un peligro para el mundo. No sería el próximo presidente ni sus canciones le harían rico. Le hacían vivir como un animal enjaulado por otro motivo, más personal, profundo y mezquino.

Oyó a lo lejos el chirrido de siempre, el que sonaba cada dos días. Una puerta vieja, posiblemente descuadrada, de chapa o hierro. Sonaba parecido a las de las cocheras de su pueblo. Más de una vez había ayudado a sus abuelos a pintarla, sí. Debía ser la hora. Se tumbó en el suelo, mirando al cielo nublado que no dejaba de empaparle con su melancolía, casi en un gesto de alivio cómplice. Un, dos, tres...unos pasos arrastrándose y diecisiete, como cada día. Claro que hoy pensaba utilizar una estrategia diferente, sería un poco más creativo. La puerta del patio se abrió y una bandeja de comida se arrastró suavemente por el suelo. Silencio de nuevo.

-¡Eh tú!- le gritó-. La comida.

Esa voz. Le resultaba familiar, la había escuchado en alguna parte. Su acento no era tan neutro como quería aparentar, por eso sabía que le conocía, aunque siempre tuviese un pañuelo en la cara, que solo le permitían ver sus ojos. En ellos, no había el más mínimo resquicio de culpa, solo frialdad y eso le producía verdadero pavor. ¿Quién podía desearle una suerte semejante?

-¡No me has oído! - le gritó de nuevo, subiendo el escalón y dando un paso adelante-. Merde!

Ignoró sus llamadas a sabiendas, mientras escuchaba como avanzaba en su dirección. Era su oportunidad y no iba a desaprovecharla. Como el suelo estaba mojado, sus pasos eran más ruidosos. Álvaro se fijó en las botas. Era modelo y conocía las marcas. Unas Darrow, de Ralph Lauren, inspiradas en el calzado clásico alpino. Piel de becerro que nunca se puede mojar. Un amante de la moda, lo sabría. Alguien con gusto no las usaría en un día lluvioso ni para estar en un lugar así. Estaba claro que su captor, era pura apariencia.

-Eh!- Sintió como le tocaba con el pie-. Vamos, levanta. No tengo todo el día.

Álvaro lo tenía justo donde quería. Se giró e hizo que la cadena se enrollara en los pies de su acompañante, que terminó impactando su espalda contra el suelo mojado. Enseguida, Álvaro se abalanzó sobre él y le golpeó la cara con el puño, tirando del pañuelo que le cubría para averiguar su identidad.

Una droga de diseñoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora