Eso que tú me das

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Hablar de uno mismo da miedo. Es como estar desnudo, como caminar descalzo por mitad del campo. La sensación no puede ser mas libre ni placentera, aunque también cualquier contacto, por mínimo que parezca, puede hacernos mucho daño. Nunca se había desnudado del todo, solo se había exhibido un poco. Le había mostrado al mundo esa parte que a todos los maravillaba y había dejado dentro, bajo llave, todo lo demás, su verdadera esencia. Ese había sido el problema. A veces guardamos algo con tanto recelo, lo escondemos con tanta vehemencia, que finalmente terminamos por perderlo.

Ya no era como esos náufragos a la deriva, intentando sobrevivir a las acometidas de las olas. Había conseguido llegar a la orilla, las olas ya no le daban guerra, pero la sal seguía escociendo en sus heridas. Había dado el primer paso y se había decidido, casi con los ojos cerrados, a tomar consciencia de si misma. Se había atrevido a mirarse de frente, a todo lo que era. A sus alegrías, a sus miedos, a sus experiencias y a sus anhelos. Estaba ahí, ante esa imagen que llevaba tanto tiempo negando, muerta de miedo, aterrada por si era demasiado tarde y ya no podía reencontrarse consigo misma.

Al principio odiaba los silencios introspectivos de Iván. Sabía que le daba ese espacio para que se escuchase a si misma, pero en su mundo esas oportunidades no existían. Los silencios no estaban, todo quedaba enmascarado por las buenas palabras. También la sacaba de quicio esa manera suya de mover los hombros para quitarle importancia a sus reflexiones mas profundas y esa sonrisa de medio lado que siempre le devolvía, aunque le contase la historia más aterradora del mundo. Era exasperante hasta límites insospechados, pero le daba confianza. No sabía como lo hacía, ya que le daba la sensación de estar haciendo el ridículo, como si hablara sola por la calle y todo el mundo la mirase confundiéndola con una lunática.

-Increíble- Alba soltó una carcajada-. ¿Le he dejado sin palabras? - inquirió con una media sonrisa-. Jamás pensé que eso fuera posible.

-Es civilizado dejar pausas en una conversación- Iván enarcó una ceja-. ¿Por qué llamó tres veces a mi secretaria para cambiar nuestra cita? - preguntó con curiosidad-.

-Soy una mujer muy ocupada- le recordó-.

-Reconozco que cada vez que agendo su nombre se me escapa una sonrisa- Iván se mordió el labio-.

-Así que es eso- Alba sonrió-. Me ha echado de menos. Va a resultar que no soy una paciente tan terrible.

-Yo nunca he dicho que lo fuera- Iván le sonrió levemente-.

-Puedo reconocer que soy un dolor de cabeza- Alba hizo una mueca-, no me ofendería que lo hiciera. Es lo que la gran mayoría opina de mí.

-La opinión de los demás no define quienes somos- confesó Iván-. Ni siquiera tiene importancia. No es más que un pensamiento que toma forma y al cabo del día, tenemos miles de ellos. Si tuviéramos que prestarles atención a todos, nos volveríamos locos. Creo que es demasiado descabellado darle importancia a la fugacidad de las palabras.

-¿Entonces no debería darle importancia a sus palabras?- inquirió Alba-. Eso no habla muy bien de usted.

-Esperaba que lo hiciera- Iván sonrió-. Siempre les da la vuelta a mis palabras para no darme la razón. ¿Por qué no me dice la verdad?- suavizó el tono-. ¿Acaso tiene miedo?

-¿Yo?- Alba chasqueó la lengua-. Por favor. ¿Por quien me ha tomado?- se cruzó de brazos-. Simplemente intento ser una paciente responsable. Fue usted el que tuvo la idea de estas citas periódicas en las que no se si me escucha o simplemente disfruta riéndose de mi.

-¿Por qué le importa tanto lo que la gente opine de usted?- Inquirió Iván-.

-¿Por qué siempre me responde con otra pregunta?- Gruñó Alba-.

Una droga de diseñoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora