DAVE
Mayo 30
Justis lanzaba patadas pequeñitas al aire con sus pequeñas manitas, sacudiéndose como si se esforzara en encontrarle textura al aire.
A veces me miraba con sus enormes ojos azules idénticos a los de su madre, parecía decir "hey, cabrón, soy real, estoy aquí". O a veces, él se movía de tal forma que parecía notar cierta belleza en el movimiento de sus dedos.
Todo en él era...
Extraordinario.
No me quería apartar. Pero a la vez, quería huir.
Justis era tan maravilloso que me aterraba a sobremanera. Parecía tan frágil y a veces me asustaba cargarlo. Temía a que pudiera leer mi mente o que tuviera una clase de superpoder, de la clase en la que viera mi pasado y todos mis pecados y errores.
Dolía mirarlo; a la vez, estaba tan fascinado.
Era perfecto. Lo mejor que había hecho en la vida, más importante que cualquier otra casa que pudiera tener.
Anne y yo estábamos en buenos términos.
Hace una semana hemos firmado el divorcio.
Vivimos juntos por Justis, convivimos por Justis; pero no dormimos juntos.
La casa es suya, la he puesto a su nombre. Era lo menos que merecía. Desde luego, yo había sido el culpable de absolutamente todo.
Estaba bien.
Pero no estaba seguro de que pudiera vivir con eso.
A veces tenía un pensamiento, uno muy vago y casi absurdo, pero tal vez Justis no necesitaba de un padre como yo.
Lo adoraba. Estaba dispuesto a darle absolutamente todo, mi fortuna era de él, todo.
Pero no podía concebir la idea de que alguien tan maravilloso como él coexistiera con alguien como yo.
No. Él crecería, se enteraría de todas las cosas que había hecho, cada una de ellas. De tan solo pensarlo, la vergüenza me consume. No puedo con la idea de que me odie.
Cuando sea adulto, verá al hombre que soy de verdad; entenderá que su padre es un perdedor. Y esa idea me mata poco a poco.
Por eso lo miro; porque, por ahora, él no entiende nada. Él no sabe de dolor. No sabe de vergüenza. No sabe nada de mí.
—Dave —la voz de Anne nos interrumpió.
Sin duda, era hermosa. Una mujer fantástica, increíblemente maravillosa. Me sonrió al vernos a Justis y a mi en el piso.
—Veré si tiene hambre. Después de que coma, puedes darle palmaditas en la espalda y arrullarlo —dijo, con esa sonrisa que me daba cuando solía respetarme.
—Está bien —dije, tomando a Justis en brazos y levantándonos del tapete azul.
Le entregué a nuestro hijo y ella lo sostuvo con amor.
Era perfecto. La escena era perfecta.
Yo solo estaba fuera de lugar.
Anne se sentó en el sillón y Justis, como si ya supiera bien lo que significaba, fue directamente hacia su pecho. Le extendí la cobija que usaba cuando lo alimentaba y ella me lo agradeció.
—Este fin de semana voy a salir. Le he dicho a mamá y dice que puede venir a cuidarlo. Tal vez tú también quieras despejarte un poco; tampoco has dormido mucho.
—No, prefiero estar aquí un poco más —respondí inmediato—, con Justis. En un par de semanas volveré al estudio y no quiero perder el tiempo.
Ella sonrió con los labios presionados y asintió.
No más.
Así era nuestra relación. Nos comunicábamos lo necesario. Ella me soportaba lo suficiente; yo le daba todo lo que ella pudiera necesitar. Y aun así, a pesar de que funcionaba, no parecía lo correcto. Porque sentía un hueco expandiéndose en mi pecho y una presión ridícula en el torso.
Los días pasaron lentos, demasiado.
Porque eran insoportables si no estaba pegado a Justis.
Si tosía, si se sonrojaba, si lloraba... cualquier cosa que rompiera el esquema de lo normal me alertaba. Recordaba que cuando nació, lo primero que dijo Anne al escucharlo llorar por primera vez en su vida, fue: "¿Está bien? ¿Tiene todos sus dedos?".
Fue como un golpe bajo, uno muy duro, peor que una pelea callejera.
Por eso era así con Justis: porque temía que algo le pasara, que las consecuencias de mis malos hábitos recayeran en él.
Yo veía a nadie más que no fuera a Justis o a Anne, porque era necesario verla.
Absolutamente a nadie.
Escribía, sí, y también componía. Pero a veces sentía esa pequeña chispa que me pedía una línea, un poco de speedball o heroína.
El Valium ayudaba un poco. Me hacía dormir lo necesario para no perder de vista a mi hijo o para cumplir con mis responsabilidades.
Ma Bel llamaba seguido. No siempre contestaba. Le enviaba postales, fotografías de Justis, notas con promesas falsas de visitarla pronto. No estaba seguro en realidad.
Pregunté por ella, por Madeline.
Ma Bel siempre habla poco de ella.
"Está bien, Ella y Jeff están bien, No sé cuándo la veré, pero sé que está bien".
Nada más. Lo necesario.
Y estaba perfectamente bien para mí.
Yo no era capaz de ser un tipo ideal para ninguna mujer, y no pretendía serlo.
Madeline merecía a un buen hombre; ya lo tenía. Anne no merecía a un hombre como yo; merecía mucho más.
Era sencillo.
Solo debía soportarlo.
Y el valium sí que se estaba haciendo un buen amigo mío.
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𝕻𝖗𝖔𝖒𝖎𝖘𝖊𝖘 ☆𝕯𝖆𝖛𝖊 𝕸𝖚𝖘𝖙𝖆𝖎𝖓𝖊 / 𝕴𝖟𝖟𝖞 𝕾𝖙𝖗𝖆𝖉𝖑𝖎𝖓 ☆
Fanfiction¶|P - Los ochenta. Los Ángeles. El escenario perfecto para el heavy metal, los excesos y los recuerdos de medianoche hechos para dejar atrás. Madeline creyó que amar a Dave sería suficiente para persistir, pero Dave le enseñó que las promesas podían...
