Capítulo 70

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Cuando el alma tiembla


Silvia

Habían pasado tres semanas que yo veía medio sospechoso a Jorge, siempre decía que la escuela y que el hospital lo traían loco.

Pero siento que eso no lo trae loco, es otra cosa y no me quiere decir.

He recuperado más movilidad en mis piernas, ya puedo pararme por sí sola y cuidar a mis bebés.

No me quejo, tengo el apoyo de Jorge el amor de mi vida y el de mi familia, que es todo lo que me basta.
Mis hijos crecen sanos, y todo parecía estar volviendo a la realidad.

Una noche, mientras estábamos en casa ya solos como la familia que somos, digo solos porque mi mamá, hermano, alma y su bebé ya se habían regresado a Irapuato.
Ricardo también tuvo que irse a Miami, su mamá de Jorge de vez en cuando venía, pero quiso darnos este espacio para ser una familia.

Yo estaba acostando a mis hijos en sus camas, yo traía a León en brazos porque lo dejaba ya dormido y se despertaba, pues para que no despertara a Angelica lo cargaba.

Estaba meciéndolo en la mesedora. Cuando de pronto sentí una punzada intensa en el pecho. Fue tan fuerte que fui y dejé al bebé en la cuna, justo al dejarlo me doblé del dolor.

—¡Jorge!—. Grité con la poca fuerza que me quedaba.

De pronto vi todo negro y caí.

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Jorge

No le puedo pedir más a la vida más que tener a mi así bien conmigo, y más tener ya a mi mujer conmigo.

He estado preparándole una sorpresa a Silvia, pero creo que a ella se le hace demasiado extraño que yo salga tanto, no me lo ha dicho pero yo lo sé, porque no sabe ni disimular tantito.

Mi madre nos ha dado espacio, yo quisiera que esté aquí todos los días, pero sé que tiene cosas por hacer en la empresa de su esposo.

Vaya que a Silvia le favoreció el embarazo, si antes tenía unos melones ricos, ahora los tiene el doble de ricos.

Ya...ya no quiero sonar depravado, pero si me estoy conteniendo a hacer cositas mientras ella está en cuarentena.

Dije que le iba a prestar sus cosas a mis hijos, pero aveces me dan celos, porque todo el día están hay pegados como chicles con ella.

Una vez me animé a probar su leche y no quiero decir el modo en que la extraje... pero no me gustó, sabía algo salada, pero por amor uno hace cualquier cosa.

Estoy preparando la cena, porque a Silvia se le antojó espagueti con albóndigas y quien soy yo para negarme a los antojos de mi mujer.
Hasta Jorgito me está ayudando a hacer la cena, Silvia está con mis hijos.

Estaba picando el perejil cuando escuché que Silvia gritó mi nombre.

—¡Jorge!—. Pero ese grito no era normal, se escuchaba algo raro.

Deja lo que estaba haciendo y fui corriendo.

Entré a la habitación de los mellizos y vi como ella en cámara lenta caía al suelo, corrí y alcancé a sujetarla

—No...no puedo respirar—. Balbuceó.

Ella está pálida, temblando con los labios morados y yo sé que significa eso, es un posible infarto.

La cargué en mis brazos y le dije a Jorgito que ahorita volvía que cuidara a sus hermanos.

Cuando llegue al carro llame a mi madre, le dije que se dejara venir al departamento que después le decía él porque.

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