Somos uno mismo
Silvia
La fiesta fue como un sueño, dentro de otro sueño.
Hubo risas, discursos, abrazos infinitos.
René se levantó a decir unas palabras y terminó llorando. María bailó con León. Angelica no se despegó de Jorge en toda la noche. Todos hablaban de nosotros. De nuestra historia. De cómo, después de tanto, habíamos llegado hasta aquí.
Jorge me sacó a bailar en medio del jardín, bajo las luces colgantes y las estrellas.
—¿Sabes que pensé cuanto te vi caminar hacia mi?—. Preguntó.
—¿Qué?—.
—Que si el cielo existe. Debe parecerse a ti—.
—Eres tan cursi Salinas...—.
—Tu me hiciste cursi—.
—Claro—. Ambos reímos.
—Y tú tan preciosa. Navarro—.
Reímos. Nos abrazamos. Danzamos despacio, como si no hubiera mañana.
Y cuando todos empezaron a despedirse, cuando los niños se durmieron entre risas y pasteles, cuando los fuegos artificiales iluminaron el cielo nocturno, supe que todo había valido la pena.
Que este día era nuestro.
Nuestro gran día.
Y aún faltaba la noche.
—¿Lista para nuestra noche de bodas?—. Me susurró Jorge al oído, mientras me tomaba en brazos como en las películas.
—Más que lista—. Dije, acariciando su nuca. —Pero... antes necesito mostrarte algo—.
—¿Qué?—.
—Un regalito que me dio Alma—.
—¿Qué clase de regalo?—.
Le guiñé un ojo.
—Uno que vas a agradecer por el resto de tu vida—.
Y mientras nos alejábamos, entre risas, susurros y promesas, supe que el amor no es perfecto, pero sí verdadero. Y que este... este era solo el comienzo.
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Me reí cuando Jorge me cargó en brazos y me subió al auto como si todavía estuviéramos en el altar. Ni siquiera intenté resistirme. Después de todo, él era mi esposo ahora, y esa palabra pesaba bonito, como una manta cálida sobre el corazón.
Durante el trayecto, íbamos tomados de la mano. El no dejaba de mirarme de reojo como si no pudiera creérselo. Como si yo me le fuera a esfumar. Y yo... yo no podía dejar de sonreír. No como esas sonrisas forzadas de los compromisos sociales. Era una sonrisa real, que me nacía desde la boca del estómago.
—¿Estás bien?—. Me preguntó bajito, frotando mi mano con la suya.
—Estoy completa—. Le dije, y creo que fue la verdad más grande que pronuncie en todo el día.
Llegamos a la playa.
Cuando llegamos al hotel, no hubo música, ni testigos, ni cámaras. Solo nosotros dos, y una puerta que se cerró tras de sí, sellando el inicio de una nueva vida.
Jorge me dejó en el suelo con cuidado. Lo vi encender una lámpara suave y mirar alrededor del cuarto decorado de rosas blancas y velas. El ambiente era tibio, perfumado, como un suspiro. Todo preparado con tanta atención, tanto amor.
—¿Estás cansada?—. Me pregunto.
Asentí. —Si pero también... no—.
—¿Y eso como se come?—.
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El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
