Capitulo Extra

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Siete años después...

Silvia

El viento huele a tierra mojada esta mañana.

Me desperté antes que todos. A veces me pasa. No porque no tenga algo urgente que hacer, sino porque el silencio del amanecer me recuerda cuánto ha cambiado mi vida.
Me senté en el borde de la cama, estiré los brazos y miré a Jorge dormir. Todavía, después de todo este tiempo, me da un vuelco al corazón verlo así, con una pierna fuera de la sábana y el ceño apenas fruncido como si soñara que está resolviendo un problema que no existe.

A veces me pregunto si la felicidad se parece a esto. A saber que estás justo donde deberías de estar. A tener las manos llenas de amor y el alma en calma.

Me puse una bata y bajé a la cocina. La cafetera ya estaba encendida. Seguramente obra de Jorgito, nuestro hijo mayor, que ahora tiene catorce años y que cree que es adulto solo porque ya sabe preparar café. Mientras servía las tazas, oí los pasitos de alguien corriendo por el pasillo.

—Mami—. Grito Angélica, que ya tiene ocho años, aún que sigue hablando como si tuviera cuatro o cinco.

—¿Qué pasó mi amor?—.

—¡Hoy es el día!—. Dijo, y agitó un sobre color azul cielo frente a mi cara. —¡Dijiste que lo abriríamos hoy!—.

Claro como olvidarlo.

Hace justo un año, Jorge y yo escribimos cartas para abrir dentro de doce meses. Era nuestra forma de poner en palabras lo que siempre decimos, lo que se escapa entre las ruinas y los "luego te digo". Angelica quiso hacer lo mismo. Y aquí estaba, con su sobre en la mano, vestida con pijama de unicornios, emocionada como si fuera navidad.

Jorge bajó con el cabello alborotado y un bostezo que arrastraba en la boca.

—¿Ya están todos despiertos? ¿No era domingo? ¿No se suponía que dormiríamos hasta tarde?—.

Le di un beso en la mejilla y le puse una taza de café en la mano.

—Eso era antes de tener hijos—.

—Ah, claro. Antes de perder el control de nuestras vidas—. Dijo, pero me guiñó un ojo mientras le daba un sorbo al café.

Angelica hizo que todos nos sentáramos en la sala. León bajó un poco molesto, porque él quería dormir tarde, pero su hermana nos quería a todos  aquí. Trajo su sobre también, y todos abrimos los nuestros.

Mi carta decía cosas simples.

"Querida Silvia del futuro:
Espero que sigas bailando con Jorge en la cocina cuando nadie los ve.
Espero que sigas despertándote agradecida.
Espero que no hayas dejado de escribir, ni soñar, ni de reírte a carcajadas."

Me limpié una lágrima cuando terminé de leerla. Jorge, sentado a mi lado, me tomó de la mano. Me mostró la suya, escrita con su caligrafía desordenada y honesta.

"Silvia:
Espero que todavía me mires como la primera vez que me llamaste "mi amor".
Espero que sigas confiando en mí, aún cuando me equivoque.
Y si ya empezaste con las canas... por favor, no te las pintes. Te ves más hermosa cada día".

—¿Tienes canas?—. Pregunto Jorgito, frunciendo el ceño.

—No le contestes—. Dijo, Jorge riéndose. —Tu madre está más guapa ahora que cuando nos casamos—.

—Ay que cursis son—. Dijo Angelica, pero se acomodó en mi regazo como siempre, alado de ella Leon.

Estuvimos así un rato, leyendo cartas, contando anécdotas, riéndonos como familia. Y de repente me di cuenta de algo: no importa cuantos años pasen. Mientras estemos juntos, mientras nos sigamos eligiendo... el tiempo solo hará más  profundo todo esto.

Esta es nuestra vida. Y es perfecta en su imperfección.

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