LXXXI

41 1 0
                                        

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Lancel y Jaehaerys debatían quién debía quedarse custodiando la puerta, le primero alegaba que había seguido a su madre durante años, que por ello se armó guardia real, porque era el guardia personal de Alyssa Targaryen mucho antes de que el prínc...

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Lancel y Jaehaerys debatían quién debía quedarse custodiando la puerta, le primero alegaba que había seguido a su madre durante años, que por ello se armó guardia real, porque era el guardia personal de Alyssa Targaryen mucho antes de que el príncipe naciera. Jaehaerys no objetó, fue con su hermano a preparar comida, a buscar ropa nueva para la madre y para el futuro miembro de la familia, así como informar a lady Mysaria de la llegada.

Alyssa fue despojada incluso de su camisón, había demasiada sangre y líquido amniótico para maniobrar como era debido. Mía y Hafsa dirigían a las demás mujeres: Aemma y Rhaenys se apresuraban a limpiar a la mujer, acercar agua, mantas, tratar de ponerla lo más cómoda posible; mientras Visenya custodiaba la entrada, habían desafiado varias veces a la hermana de su madre, así que podría tomar represalias cuando más débiles estaban. Alyssa, de pronto, dejó de ver a sus hijas, se sentía perdida y sudorosa, giraba la vista en todas direcciones y los llamaba a gritos, mas nadie respondía.

Entonces, unos sollozos se comenzaron a escuchar, bajó la vista y ahí estaba una doncella menuda y rubia, unos cabellos dorados, quizá tanto como los de su abuelo, yacía recargada a sus pies en la cama, ocultando su rostro entre sus brazos y su cabello. Había oído en más de una ocasión que aquella joven lloró sólo en dos ocasiones: cuando se enteró de su compromiso, porque ella amaba a alguien más, y cuando se dio cuenta que no podría vivir para ver crecer a su hija.

Intentó tocarla y tranquilizarla de algún modo, decirle que todo estaría bien y le dejó grandes lecciones de vida, a pesar de no haberse conocido. Sin embargo, una risa lejana atrajo su atención por completo, de pronto la sangre se le heló y un escalofrío recorrió su ser. Comenzó a pujar, una, dos, cinco veces y el bebé no salía, mas esa risa sí que seguía inundando el lugar. Intentaba levantarse para alejarse y unas manos la aferraban a su sitio. La risa continuaba acercándose cada vez más.

Se escuchó por fin un llanto de bebé y algo caliente apretó contra su pecho, por el susto, pensando que fuera él, aquel hombre al que veía en sus peores pesadillas y de quien no podía despojarse, sintió sus manos sobre ella, de nuevo y, sin detenerse a pensarlo un momento, lo empujó hasta caerse de la cama, porque usó demasiada fuerza. Gritó y lloró hasta que sintió una enorme presión en el vientre.

—Tienes que volver a la cama.

Y Alyssa levantó la mirada y ahí estaba su gran amiga, la única con la que se sentía segura fuera del núcleo familiar, se colgó del cuello del Gusano Blanco y ella la arrastró de vuelta.

—Sácame este dolor— sollozó.

—No puedo trabajar si no me dejas.

—Mysaria, te lo suplico.

Entre las dos bastardas acomodaron de nuevo a La Leona y ella aferró sus manos a las de ellas y gritó con fuerza mientras hacía todo el esfuerzo posible. Le dolía demasiado el pecho, el vientre, la cabeza: un ardor le impedía respirar, sentía que el dolor no cesaría y su mente le jugaba malas pasadas. Gritó de vuelta y las mujeres sentían que, en cualquier momento, les sangrarían las manos hasta que se escuchó el llanto de un nuevo bebé.

—Es todo, señoritas, déjenla descansar.

Mysaria sonrió triunfal mientras terminaba de limpiar al bebé.

—¿Se los dejamos?

—No, ella debe descansar.

—Oye...

—Aquí estoy— se sentó a su lado.

—No expulsé...

Mysaria se enjuagó las manos e introdujo un poco los dedos, Alyssa volvió a pujar, y por fin respiró tranquilidad.

—Ya viene tu hijo con comida.

—¿Me ayudas con el baño?

El príncipe Jaehaerys y lady Mía entraron de vuelta con comida y ropa, esperaron junto a la entrada hasta que Mysaria terminó. Las dos mujeres la vistieron con sumo cuidado, la llenaron de cremas, ungüentos y le dieron a beber un par de infusiones antes de que Jaehaerys le tenidera la bandeja con comida.

—¿Te sientas conmigo?

—No lo tienes que pedir.

—Ponle una silla a Mysaria y a Mía, por favor.

Jaehaerys ayudó a su madre a acomodarse en la cama, acercó la mesa y las sillas para las damas y él se acomodó junto a la princesa.

—Hiciste un buen trabajo.

—Tenía a mi dragón de oro para cuidarme... ¿Y bien?

—¿Qué? — sonrió su hijo.

—¿Cómo están las cosas por aquí?

—No se impone ante su Consejo Privado, los dragones van y vienen... ¿no te fue a ver hace como un mes?

—A su marido— se rio— y a recordarme cuál es mi lugar.

—Pero ahora estás aquí y el pueblo te ama.

—Sé que Viserys cometió un error con todos sus hijos, no nada más conmigo, pero concentrémonos en que Rhaenyra llegue a Desembarco del Rey y deponga a los Hightower...

—Sigue siendo tu padre y ellos Targaryen.

—Rhaenyra es una Arryn y yo una Lannister, no cambia nada.

—Estás aquí en la sede de la Princesa de Roca Dragón, ¿qué harás al respecto?

Mysaria sabía bien dónde estaba la llaga y cómo presionar, pero la hija de Alys sonrió antes de beber de su copa.

—Hay que procurar que mi hermana menor llegue a Desembarco del Rey, lo que ocurra después, será porque ella no se ha ganado al pueblo llano.

Hija del trono de hierroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora