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Eduardo.

Ese Domingo me despierto tarde, no es muy normal en mí, pero anoche llegué casi a las cuatro de la madrugada a casa... aunque eso sí, con una ilusión y una sensación de felicidad inmensas.

No debería ser así... quiero decir que tendría que respetar lo de la estúpida relación medico-paciente y no traspasar los límites que en realidad ya he cruzado. Habría besado a Sara anoche mismo si por un segundo no hubiera pensado en frío... pero me arrepiento y de qué manera de no haberlo hecho. Era el sitio y el momento adecuado, estoy seguro.

Huele a café recién hecho y a algo que Marisa ha horneado y que, con solo olerlo se me hace la boca agua, seguro que está delicioso.
Voy estirándome por el medio del pasillo cuando la encuentro.

— Buenos días, Eduardo — Me dice sonriendo y mirándome de arriba a abajo, a saber qué aspecto tengo — He hecho magdalenas de chocolate, ¿quieres una?

— Eso ni se pregunta, Marisa — Respondo, tocándome el estómago. Tengo mucha hambre.

Me siento en la pequeña mesita de la cocina y en apenas dos minutos tengo el café recién hecho y la magdalena recién horneada delante de mí.

— ¿Te he dicho alguna vez que eres la mejor? — Le digo pegando el primer bocado — Están muy buenas.

— Sabes cómo hacer que alguien se sienta especial — Sonríe — Déjame ver si adivino... ¿ayer estuviste con Sara?

— Adivinas — Asiento con la boca llena — No estoy haciendo las cosas bien, Marisa. Pero no puedo evitar querer pasar tiempo con Sara. Hoy es Domingo y podría quedarme todo el día en casa, y sin embargo... solo me apetece ir a verla.

— Solo piensa que tú eres un hombre y ella una chica, y que entre vosotros hay sentimientos... — Me dice, se sirve un café y se sienta frente a mí — No se puede hacer que eso no pase, el destino nadie puede cambiarlo.

— Supongo que tienes razón, como siempre — Meto ambas manos entre mi pelo, ahora más corto — Hasta ahora he podido controlarme, pero siento que no puedo hacerlo mucho más tiempo y Sara va a seguir siendo mi paciente.

— ¿Quieres un consejo? — Me pregunta con su voz tan dulce, tan agradable. Con voz de segunda madre. Yo asiento, siempre quiero sus consejos.
— He leído muchas veces una frase que ahora debes aplicarte: No dejes que nada ni nadie te diga que no puedes hacer algo.

***

Con el consejo de Marisa en la cabeza y el estómago lleno de magdalenas, me dirijo al hospital de nuevo, a pesar de que sea mi día libre.
También me llevo un par de magdalenas para Sara, imagino que estará cansada de las sosas galletas que cada día le dan para el desayuno y no está tan mal cambiar de vez en cuando.

El ambiente es un tanto tenso cuando veo a Mónica, alzo la mano para saludarla, pero sin embargo ella baja la cabeza... por lo que opto por pasar de largo. Pienso que lo que hice es lo mejor para ambos, no quería seguir con ella sin sentir lo que se supone que se debe sentir al principio de una relación, Sara me lo dijo y me dí cuenta de que si sentía algo verdadero, era exclusivamente por ella, y que no tenía porque seguir engañando a Mónica y, bueno, mucho menos a mí mismo.

Cuando estoy llegando a la habitación de Sara, creo escuchar voces. Frunzo el ceño cuando golpeo la puerta, ¿quién será? La puerta enseguida se abre y puedo ver a las dos chicas de la última vez. Las mejores amigas de Sara.

— Oh, vaya... lo siento — Me disculpo, algo avergonzado. Creía que estaría sola — No sabía que estabas acompañada, vendré más tarde.

— ¡No, Eduardo! — Una de las chicas, creo que María, agarra mi brazo — Quédate, no pasa nada.

— ¿Seguro? — Miro a Sara, que asiente. Noto ver que está ruborizada.

La otra amiga, Bea, me mira intentando esconder una sonrisa, cada vez me siento más incómodo, pero intento disimularlo. Ellas no saben nada, ¿verdad?

— ¿Cómo estáis chicas? — Les pregunto, sentándome en la silla. Ellas ocupan la cama junto a Sara.

— Saturadas de exámenes — Me dice una — Pero no podíamos dejar de venir, ya echamos demasiado de menos a Sara.

— Pronto la tendréis con vosotras — Les sonrío, seguro de lo que estoy diciendo.

Las escucho atento hablar de sus cosas para así saber tanto como sea posible sobre Sara. Para conocerla todo lo que pueda y más. Y qué decir, me encanta ver cómo es, lo risueña y alegre que parece en su ambiente... si Sara me llamó la atención siendo callada, de esta manera simplemente me parece una chica increíble.

— ¿Y tú, Eduardo? — Bea, que parece la más suelta de las tres, me pregunta ahora a mí — Sara nos ha contado algo de una novia que tienes.

— Ah, ¿si? — Sonrío mirándola a ella, que baja la cabeza. Creo que sus amigas la están abochornando y no puede ser más divertido — Pues me parece que Sara os ha informado mal. No tengo novia, ni amiga especial, ni nada relacionado.

— O sea... — Se muerde el labio inferior y noto como coge la manga del atuendo de Sara — Que... ¿estás abierto al amor?

— Se podría decir que... sí — Me encojo de hombros.

***

Cerca de la hora de comer se marchan, pero yo sigo donde estoy. Me apetecía estar a solas con Sara y por fin voy a estarlo tras aguantar las preguntas de sus amigas sin ningún disimulo. Sara les ha contado algo, ahora lo sé...

— Lo siento — Susurra cuando se han ido.

— ¿Qué sientes? — Le pregunto, dejando la silla y ocupando un lado junto a ella en la cama.

— Que te hayan incomodado de esa manera — Suspira — No debí contarles nada.

— Eh... Sarita — Cojo su barbilla y hago que me mire a los ojos — No me molesta que hayas hablado con ellas sobre nosotros. Puedo decir que incluso me gusta que te abras. No pasa nada.

— Es que... no sé — Se muerde ligeramente el labio inferior — No sé lo que está pasando contigo y conmigo, todo es muy confuso y necesitaba hablar con alguien que pudiera aclararme un poco las ideas.

— ¿Lo han hecho? — Pregunto interesado. También quiero saber qué piensa ella sobre todo esto.

— Algo — Arruga la nariz — Pero igualmente, es demasiado complicado.

— Yo también he hablado con Marisa — Le digo ahora.

— ¿Quién es?

— La mujer que hace más fácil mi vida — Sonrío, cojo el envoltorio con las magdalenas — Y además hace cosas como estás, toma, pruébalas.

— O sea, que hace postres como estos y también te aconseja, ¿no? — Pregunta, mirándome divertida. Yo asiento — ¿Y te ha ayudado?

— Suele hacerlo — Contesto, cruzándome de brazos — ¿Puedo decirte algo sin que te asustes?

— Venga Edu... aún estoy esperando el día en el que puedas hacer o decir algo que haga que me asuste — Dice, poniendo los ojos en blanco.

— Ayer en la azotea, cuando estábamos solos, ¿sabes lo que quise hacer? — Me acerco un poco más a ella, retirándole algunas migas que tiene en los labios con mi dedo pulgar, siento que se estremece con mi roce y me encanta — Quise...

Pero alguien llama a la puerta y hace que me aparte de golpe, ¿en serio? ¿Un Domingo también?

Comienza a abrirse lentamente, tan despacio que me desespera, después aparece un chico que quizá tenga un par de años más que Sara y nos mira atentamente.

— ¿David, qué estás haciendo aquí?

El diario secreto de Sara.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora