Capítulo 72

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CALLE

Cuando terminamos de hablar, el silencio que se instala entre nosotras no es incómodo, sino reconfortante, como si ambas necesitáramos ese pequeño espacio para asimilar lo que acabamos de decir. Me doy cuenta de que, a veces, las palabras sobran y el silencio puede ser un refugio, un lugar seguro donde no hace falta fingir. Pero es Poché quien, finalmente, se atreve a romperlo.

—Valentina me contó algunas cosas —dice, y noto cómo su voz, aunque suave, empieza a recuperar esa confianza que tanto la caracteriza.

—¿Sí? —pregunto, intentando sonar casual, pero no puedo evitar que una pequeña punzada de miedo me atraviese. No sé exactamente qué le habrá contado Valentina, y me preocupa que haya compartido detalles que María José aún no está lista para saber.

—Me ha dicho que tengo un apartamento —continúa, y sus palabras flotan en el aire, cargadas de una extraña mezcla de curiosidad y nostalgia —Y que vivimos juntas ahí por un tiempo.

—Oh… sí —respondo, un poco torpe, sin saber muy bien qué más decir. Siento que las palabras se me quedan cortas, que nada de lo que diga será suficiente para llenar el vacío que hay entre nosotras.

—Bueno, quería… en realidad Vale me sugirió que lo mejor sería que tú me hablaras más, o que me mostraras el lugar —añade, y puedo notar que le cuesta pedírmelo, como si temiera estar pidiendo demasiado.

—¿Quieres ir? —le pregunto, sintiéndome un poco confundida, pero también esperanzada de que esto nos ayude a acercarnos.

—Sí… claro, si tú quieres —responde, y por un instante veo en sus ojos ese brillo tímido que tanto extraño.

—Está bien, podemos ir… pero me temo que no podremos ir solas… —digo, sabiendo que Verónica no va a ceder en lo que respecta a mi seguridad, aunque tal vez pueda convencerla de que mantenga cierta distancia. Sé que a María José le incomoda estar rodeada de personas que aún no recuerda, y no quiero que se sienta más perdida de lo que ya está. —Espera un minuto, ya vuelvo —le digo antes de ir a buscar a Verónica.

Camino hacia la oficina de mi padre. Al entrar, los encuentro a él y a Verónica hablando en voz baja, con rostros serios y preocupados. Se quedan en silencio apenas me ven.

—Verónica, voy a salir con María José —anuncio, y ella se pone de pie de inmediato, como si ya lo hubiera previsto. —Sé que tendrás que acompañarme, pero…¿podrías mantener la distancia? —le pido, casi suplicándole con la mirada. Verónica asiente, comprendiendo perfectamente el motivo.

—Está bien —responde con voz firme.

—Gracias —susurro, sintiendo un pequeño alivio, y me doy media vuelta para irme. Antes de salir, escucho a mis padres decirme que tenga cuidado, y por un instante, siento que todo lo que me rodea es frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento.

Cuando regreso, encuentro a Poché observando los retratos familiares que hay repartidos por la sala. La veo tan absorta, tan perdida en los rostros y recuerdos que cuelgan de las paredes, que casi me da pena interrumpirla.

—Podemos irnos —digo, y ella da un pequeño salto, sobresaltada. —Perdón, no quería asustarte —me disculpo, sonriendo con suavidad.

Salimos al exterior y nos subimos al auto. Poché se sienta en el asiento del copiloto, y no puedo evitar sentir que hay algo extraño en esa simple acción. Todo se siente diferente ahora, como si el mundo hubiera cambiado de forma y yo todavía estuviera intentando entender las nuevas reglas.

La primera mitad del trayecto transcurre en silencio. Una canción suena suavemente en la radio, y bajo el aire acondicionado, como si la temperatura pudiera disipar la incomodidad que se ha instalado entre nosotras. Pero no funciona. Es difícil. Es difícil porque estoy acostumbrada a nuestras conversaciones ingeniosas, a las bromas privadas, a sentir que el coche era nuestro pequeño universo donde todo tenía sentido. Ahora, en cambio, las palabras se me escapan, y lo único que queda es el vacío.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now