CALLE
—Quizás sea la persona más egoísta en este momento, pero… Daniela, ¿quieres vivir conmigo y ayudarme a recordar mi vida? —preguntó María José, su voz temblorosa, cargada de una timidez.
El silencio se instaló entre nosotras, pesado, casi tangible. Sentí mi corazón detenerse por un segundo, como si el tiempo se hubiera congelado en esa sala pequeña, donde la luz de la mañana entraba tímida por las cortinas entreabiertas. La petición de María José era tan inesperada como deseada. Durante días, semanas, meses, había soñado con la posibilidad de volver a compartir mi vida con ella, de escuchar sus pasos en la cocina mientras preparaba café. Pero ahora, enfrentada a la realidad de su pregunta, me sentía paralizada por el miedo.
¿Pensé que quería mantener la distancia conmigo? Todo en sus gestos, en sus palabras, en la forma en que evitaba mi mirada, me había hecho creer que prefería tenerme lejos. Y sin embargo, ahora me estaba pidiendo que viviera con ella, que la ayudara a reconstruir los fragmentos rotos de su memoria, que fuera su ancla en medio de la tormenta.
Dios sabe cuánto deseaba decirle que sí, cuánto anhelaba abrazarla y besarla. Pero no podía. No podía ponerla de nuevo en peligro, no podía arriesgarme a perderla para siempre. El recuerdo de aquella noche, de la sangre, del miedo, seguía persiguiéndome como una sombra. No podía permitir que algo así volviera a suceder. No podía soportar la idea de que, por mi culpa, María José volviera a sufrir.
—María José, yo… no puedo —susurré, sintiendo cómo la culpa me apretaba el pecho. Bajé la cabeza, incapaz de sostener su mirada, temiendo que en sus ojos pudiera leer el dolor que le estaba causando. Pero necesitaba explicarle mis razones, necesitaba que entendiera que mi negativa no era un rechazo, sino un acto desesperado de amor.
Levanté la cabeza, buscando sus ojos, y me acerqué un poco más. Extendí la mano y acaricié su mejilla, intentando borrar el gesto tenso que se había instalado en su rostro. Sus ojos, grandes y verdosos, me miraban con una mezcla de confusión y tristeza.
—Me encantaría vivir de nuevo contigo, compartir el desayuno todos los días, reírnos de tonterías en la cocina, ver películas en el sofá… Pero ahora, estar cerca de mí significa que estás corriendo un peligro, y yo no lo voy a permitir —dije, mi voz apenas un susurro. —Sé que no lo recuerdas, pero siempre odié que fueras mi guardaespaldas, porque te lastimaban por mi culpa. Y tu pérdida de memoria es solo por mi culpa. Todo lo que te sucedió fue por protegerme, y ahora yo quiero hacer lo mismo, incluso si eso significa que no podré estar cerca de ti hasta que esto termine.
María José me miró, sus cejas fruncidas en una expresión de desconcierto.
—¿Qué?... ¿Qué quieres decir? ¿Quieres protegerme alejándote de mí? —preguntó, su voz teñida de incredulidad.
Me quedé callada un segundo. Era más difícil explicar de lo que había imaginado. ¿Cómo decirle que mi amor por ella era tan grande que prefería sufrir la distancia antes que verla herida de nuevo?
—No… yo… —balbuceé, buscando las palabras adecuadas. —No me alejaré de ti. Dios, ni siquiera sé si podría ser capaz de hacerlo —dije, dejando escapar una risa amarga, sin humor. —Pero no podré estar lo suficientemente cerca de ti como me gustaría estarlo. No puedo arriesgarme a perderte otra vez, María José. No podría soportarlo.
Ella me miró en silencio durante un largo instante, como si estuviera sopesando mis palabras, tratando de entender el alcance de mi miedo. Luego, con un gesto decidido, se acercó un poco más, acortando la distancia entre nosotras.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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