17. La propuesta sigue en pie

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Narra Alex: Habíamos llegado a lo de la abuela, preocupandola, ya que habíamos venido bastante antes de tiempo, ya que el cumpleaños en sí es a la noche. Amber no quiso que le contemos para no arruinarle el día también a ella, aunque ella no arruinó nada, así que solo puso la excusa de que se nos había roto el calentador y que queríamos bañarnos aquí.

Mientras ella se bañaba, yo le dije al abuelo que me acompañe al cuarto que era de mi madre. Le expliqué a él lo que pasó y el se enojó muchísimo.

—No te preocupes, hijo, para mañana no estará más en el edificio— dijo el abuelo Ray sacando su celular y teclenado algunas cosas. Luego guardó el teléfono y me miró con una sonrisa amable.
—¿Cómo está Amber?— preguntó el y yo negué.

—Se siente culpable, hablaré con ella cuando se termine de duchar, no quiero que piense que arruinó mi cumpleaños— respondí mientras dibujaba con mi dedo la A que tengo tatuada en la muñeca.

—Solo lo mejora ¿No?— el abuelo golpeó mi hombro y yo asentí.
Amber entró a la habitación con su ropa sucia en la mano. Ella tenía el cabello seco, seguro uso el secador. Traía puesta una falda negra, una camiseta de licra color blanco de manga larga, la cual marca de una manera preciosa su cintura, traía unas botas de charol negras, con un poco de tacón y su boina roja puesta. Me preguntó si la usará durante el verano también.
Traía sus lentes puestos y al parecer está leyendo algo en su celular.

—Los dejo solos— dijo el abuelo antes de salir de la habitación.

—Gracias, Ray— dijo Amber, después cerro la puerta y le puso seguro.

Me cambié de lugar para sentarme sobre la cama, le sonreí de lado y después me di unos golpes en el muslo, invitándola a que se siente sobre ellos.
Amber camino hacia mí y se sentó a horcajadas sobre mi regazo, después me abrazos y apoyó su cabeza en mi hombro mientras empezaba a llorar.

—Está bien, preciosa, sácalo todo— dije acariciando su espalda de arriba hacia abajo.
Cuando Amber y yo empezamos a tomar realmente en serio nuestra relación, ella no lloraba. Se abrumaba por las cosas, pero se decía a sí misma que no podía llorar, que no se podía comportar como una niña y que además había gente que estaba peor que ella y que debería ser más agradecida.
Pero no podía verla guardándose todo para ella, ahogándose en sentimiento que no deja salir y eso solo la estaba lastimando. Junto a Mónica, su psicóloga, hemos trabajado eso y ahora cada vez que se siente mal, hacemos esto y ella se siente mucho mejor después de llorar un rato.

—Está bien, hermosa, entiendo que te sientas así, puedes llorar cuánto quieras— acaricié su espalda y besé su cabello.

—Perdón— ella sacó su cabeza de mi hombro, se quitó los lentes y se limpió los ojos.

—Deja de pedirme perdón, sirena, nada de lo que pasó fue tu culpa, pero dime ¿Te tocó? ¿Intentó algo?— pregunté acariciando su mejilla mientras la miraba a los ojos. Si me dice que sí, no sabría cómo reaccionar y no estoy seguro de poder controlar mis enojos.

—El no me tocó, solo me saltó arriba, no se que le paso, pero Carlos me defendió— ella dijo e hizo una mueca que se pareció a una sonrisa.
—Pero es que me siento frustrada, yo quería que lo pasarás bien, que no haya nada de malo hoy, quería que te diviertas y este imbécil...¡Ah!— gruñó y yo sonreí, ya que ella no sabe lo tierna que se ve cuando arruga su nariz.

—Amor, aún es temprano, no hay nada arruinado, además si hubiese algún motivo para pasarlo mal, tu no serías ese— besé su mejilla y seque otra de sus lágrimas.
Ella me besó y después me abrazó. Acaricié su espalda, a la vez que besaba su hombro y con mis manos acariciaba su cuerpo, hasta que una de ellas se poso sobre su nalga.

Alex (||)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora