Treinta y nueve

1.3K 135 8
                                        

La dulce voz que resonaba en la cámara cantaba o mejor dicho recitaba un hechizo, había algunos que podían confundirse con canciones si no se prestaba mucha atención, pero eran demasiado complejos y habían dejado de usarse, a lo largo de su vida Regulus había escuchado algunos, siendo el antídoto del sectumsempra y algún que otro hechizo similar recitado por Severus con los que estaba más familiarizado, se decía que eran mucho más poderosos y que eran magia vieja, también se los relacionaba estrechamente con la magia oscura debido a que hechizos que para la mayoría de magos sonarían similares, podrían tener resultados muy distintos, pero no había en la historia reciente muchos ejemplos de estos, en las leyendas por otra parte eran muy conocidos e incluso exagerados.

A diferencia de los que Severus había aprendido de su madre o inventado años después, el hechizo que sonaba en la bóveda oscura no era reconfortante, no era magia curativa por decirlo así, recorría el cuerpo de Regulus como una molesta quemadura, un ardor que se extendía por sus venas e hizo sentir en llamas su corazón.

Una idea descabellada le vino a la mente, respiró profundamente un par de veces y se separó de su confundida novia que parecía algo reacia a dejarlo ir. Volvió a acercarse a la puerta de madera y repitió con algo de timidez lo que decía la voz que resonaba en la oscuridad. El corte abierto en su mano aún sangraba, puso la mano en el mismo lugar donde el duende la había puesto antes del otro lado para abrir la bóveda, tuvo que ponerse en cuclillas para poder hacerlo, y continuó repitiendo la canción de fondo, se sentía algo mareado pero lo ignoro, no era una sensación desconocida, se había sentido peor por la falta de sueño muchas veces desde que se unió a los mortifagos, repitió palabra por palabra el hechizo que estaba en una de las lenguas muertas que su familia le había hecho estudiar cuando era pequeño, copio la altura de cada sílaba, de cada nota, que en ese instante eran igual de importantes, agradeció haber tomado clases de música porque para este tipo de magia parecían indispensables.

La puerta de madera comenzó a podrirse, el metal que tenía incrustado se hizo amarillento por el óxido y la madera fuerte y firme comenzó a deteriorarse como si un ejército de polillas se las comieran, a medida que el hechizo continuaba la puerta comenzó a crujir, las bisagras de metal se fracturaron y parecía que se romperían de un momento a otro, escucho las voces de sus tres acompañantes pero no podía entender lo que decían, toda su atención estaba en recitar el hechizo y escuchar la dulce voz que le servía de guía.

Y la voz se detuvo, desapareció confundiéndose en un murmullo silencioso. Regulus se detuvo también, apartó de la puerta su mano y distinguió que las manchas de sangre se habían convertido en una marca quemada sobre la puerta que pocos segundos después comenzó a caer como cenizas volátiles y dejó entrar la tenue iluminación de las antorchas en el otro lado.

- ¡Funciono! - dijo dando media vuelta con una sonrisa, se levantó y el mundo entero pareció dar vueltas, intento que no se notara cuando caminó en dirección a los demás.

- ¿Qué demonios acaba de pasar? - preguntó Harry completamente desconcertado.

- Lo hablamos después, ahora hay que derribar la puerta - dijo Regulus que se había arrimado contra Rabastan porque comenzaba a sentirse demasiado mareado. Harry asintió.

- Lanzare una bombarda, denme espacio - indicó Harry, los otros retrocedieron unos pasos, Regulus intentó pararse erguido y volteo a ver a Rabastan, era verano, la bóveda estaba demasiado caliente y eso aceleraba el proceso de descomposición, pero no fue eso lo que lo asustó cuando lo vio, fue que el pañuelo con el que había tapado el corte en el cuello se había movido y dejaba ver buena parte de la fea sutura que tenía. Miró a Hermione, la chica le devolvió la mirada, Regulus intentó sonreír, y ella volvió a ver a Harry.

El diario de Regulus BlackDonde viven las historias. Descúbrelo ahora