Agustín escrutó la cara de Lucas con cierto aire de preocupación. Descubrió en ella rastros de una vida que él no pudo llegar a conocer, tal vez se maldijo a sí mismo por no haberle acompañado. La barba no le quedaba bien, por lo menos no tal y como la llevaba estaba un poco dispareja, aunque no descuidada; su cabello, antes siempre bien cortado, le llegaba casi hasta los hombros; sus ojeras habían cobrado mayor protagonismo debido a la palidez, semejante a la suya propia, que se apoderaba de su piel visible. Todo esto sumado a la delgadez, hacía que, a pesar de la buena calidad de las ropas que traía puestas, pareciese más un indigente que el joven de buena familia que se suponía antes era.
Cuando Agustín dirigió sus brillantes y cansados ojos verdes a las manos de Lucas, notó mientras estas jugueteaban nerviosas, manchas café oscuro en la zona cercana a las uñas. Si bien él mismo años atrás habría sido incapaz de reconocer el significado de esas manchas, ahora, con el tiempo y experiencia que le hubo otorgado su enfermedad, supo adivinar qué significaban enseguida.
―Lucas, ¿qué te ocurrió? ―preguntó tranquilo.
González mordió su labio inferior sin quererlo, para evitar una reacción no deseada.
―¿De qué hablas? No me ha pasado nada. Por favor, responde lo que te pregunté ―contestó invadido por notorio nerviosismo.
―Mi respuesta es no.
―¿Qué?
―Ya me has oído, no ―espalda erguida, brazos relajados, voz firme.
Lucas no parpadeó, pero sí abrió más sus ojos y dejó que estos se nublaran antes de volver a hablar orgulloso:
―¿Puedo preguntar el motivo?
―De repente un hombre que no conozco se aparece en mi casa proclamando ser alguien que no es, y proponiéndome abandonar todo lo que tengo luego de haberle conocido hace a penas unos minutos, ¿te parece lógico aceptar? ―se acercó a Lucas y amorosamente le puso sobre el hombro la palma―. Tú no eres el que está acá, tú eres otro que está lejos y por eso es que me mientes.
―¿Cómo puedo ser otro y yo a la vez?
―Tienes sangre en las manos, llevas puesta ropa de David; tiene tu voz sabor metálico ―le tomó fuertemente el brazo izquierdo, levantándole a penas la manga de la camisa―. Y seguro no te has dado cuenta de los cortesitos que te has hecho en el antebrazo, parece que te hubieras enterrado algo, pero esas heridas son rasguños, puedo asegurar que no han sangrado tanto como para mancharte los dedos.
Lucas González se estremeció ante el preciso análisis de Ramírez, admirándose de su inteligencia como si fuera propia, sin embargo no sentía culpa por la muerte que llevaba encima.
―Maté a alguien ―dijo por fin y su voz se quebró.
Si Agustín estaba sorprendido o no era difícil de adivinar, su rostro permaneció impávido, tal y como lo había hecho el de Fernanda. Quizás, Agustín quería demasiado a Lucas como para siquiera pensar en reprocharle cualquier actitud que en otro le habría parecido absolutamente repudiable. Eso, sin lugar a dudas sería algo peligroso a futuro.
―Pero tú estás bien, ¿no es así? ―le palpó delicadamente el torso, la frente y la cabeza, y solo se detuvo al no encontrar ninguna muestra de dolor físico―. Ahora vas a tener que estar escondido un buen rato, ¿alguien te vio?
―¿No vas a preguntarme por qué lo hice? ¿No vas a explicarme que hice mal? ―cuestionó un poco exaltado por la calma de Agustín―. ¿Cuánto ha pasado desde la última vez que te vi?
―Sinceramente no he contado los días, sin embargo supongo que me sabrás perdonar por eso... pasaron demasiadas cosas esa tarde ―sonrió para sí, recordando exclusivamente lo bueno―. Preguntarte cualquiera de las frases que planteas me parece, dentro de todo, innecesario. El porqué no cambiará el hecho, e incluso si me contaras que has actuado con violencia por una nimiedad no sería capaz de odiarte, ni de juzgarte. Pero si alguien ha sido testigo, entonces estarías en peligro, por lo que querría ayudarte en cuanto fuera necesario, ¿entiendes?
Lucas recordó entonces el sabor de la niebla de sus sueños, y pudo observar con algo más de claridad el mundo real, que ahora le encerraba como el ambiente previo a una pesadilla.
―¿No vas a agregar que tienes fe ciega en Fernanda y sabes que ella me está ayudando?
―No, me temo que eso estaba implícito ―se acercó a su rostro y a poca distancia continuó―. Así como también lo está el hecho de que alguien te hizo tanto daño, que incluso tú terminaste optando por la violencia...
González se sintió algo cohibido por la repentina cercanía, y recordó de repente la ausencia de sus dientes con profunda vergüenza. Bajó su rostro hacia el lado, evitando mantener la mirada.
―No quiero que mi vida se acabe aquí ―sollozó―. ¿No podemos solo irnos lejos? A dónde no tenga que esconderme para verte, a dónde tú no tengas que estar siempre aislado, encerrado...
―Claro que podemos ―dijo tomándole la cara entre las manos, forzándolo a mantener el contacto visual―. Pero eso debemos pensarlo bien, para que nadie de acá nos encuentre más.
―¿Vamos a estar juntos entonces? ¿No tendré que cruzar más escondido esta puerta?
―Ni mirar ninguna ventana cerrada.
―¿Cuándo?
―Eso lo tenemos que planificar, desde ahora en adelante estaremos solos, no puede haber espacio para equivocaciones ―aseveró con rigidez semejante a la de su padre.
―No, solos no ―intervino impaciente―. Fernanda y Juan nos ayudarán, ellos también se marchan.
Agustín sonrío, y cuando sintió la tos nacer en su garganta, la frenó ineficazmente con toda su fuerza de voluntad. Ver a Lucas le hacía sentir que estaba atrás en el tiempo, que no se hallaba ya enfermo... miró por la ventana a la luna y la maldijo antes de volver a enfocarse en su acompañante, quien no pudo evitar lucir preocupado.
―No me estoy muriendo ―exclamó casi ofendido―. Por lo que no debes mirarme nunca más así, en lugar de eso, la próxima vez que te sientas lo suficientemente valiente como para compadecerte de mí, mejor tráeme un cigarro y algo para tomar ―bromeó.
―¿A dónde te gustaría ir?
―Quiero ir a Francia.
―Eso no es cierto, nada más lo dices porque eso era lo que yo de adolescente anhelaba. Tú, Agustín Ramírez, ¿dónde deseas estar?
―En una casa con flores rojas que no se marchiten. Que tenga cerca un buen cine, que por las ventanas entren el polvo y el aire. Quiero estar donde al atardecer la luz amarilla desborde el piso y se coma las sombras, para que la noche por el vidrio no pase. ¿Y tú?
―Me parece ese un lugar mucho más perfecto que cualquiera que yo hubiese podido imaginar ―sonrió enternecido, imaginando una onírica libertad que le permitiría ser feliz junto a la persona que amaba.
La planificación hecha por Fernanda, constaba más que nada de un robo y boletos revendidos para abordar un barco en Valparaíso. Pero eso únicamente lo sabían ella y el anciano que la había estado en secreto apoyando.
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Nosotros [COMPLETA]
RomanceLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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