Espejo

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Se escabulló silenciosamente entre las habitaciones. La mano no le tembló, pero quizás algo de sudor apareció en su sien mientras abría, en la pieza de su madre, los bellos joyeros repletos de herencias y tradiciones.

Claro, su pecho se llenaba de culpa, pero la ambición y sus anhelos, ahora puestos en un lugar lejano, guiaban su cuerpo con mayor precisión. Fernanda quería ver mundo y así lo haría; Fernanda quería olvidarse del profesor que casi le cuesta sus últimos años de estudio y lo olvidaría por momentos, por meses y días; Fernanda quería trabajar y trabajaría; Fernanda quería vivir un tiempo diferente, y lo viviría, aunque solo después de que las décadas revelaran otra gran guerra y el mundo se dividieran en dos franjas distintas, solo cuando cayeran barreras que viera antes levantarse y temblaran las máquinas por el fin de mil años de historia, para abrirse del todo a otros que apenas ella conocería.

La niña estaba con Juan afuera de la casa, puede que de no ser por los zapatos que esa noche estrenaba, ella habría estado de muy mal humor, sin embargo, se encontraba alegre y callada. Seguía las instrucciones de su hermano, ahora padre, con absoluta concentración y calma, de esa que únicamente se ve en niños que admiran al adulto que escuchan.

La mujer salió de casa en silencio preguntándose qué habría sido de Lucas, había intentado despedirse sin éxito, ya no estaba cuando fue a buscarle. En la habitación de su ahora amigo solamente encontró múltiples hojas firmadas y el fragmento del periódico con su poema.

No se atrevió a leer ninguna de las páginas desparramadas en el piso, supo que no debía hacerlo por intuición, pero sus ojos de todas formas arrancaron una frase a la oscuridad de cortinas cerradas.

"Después de enviar el telegrama".

―Buenas noches, señorita ―saludó Juan con galantería al ofrecerle el brazo.

―Buenas noches... señorita ―replicó María somnolienta.

―¿Me tardé mucho? ¿Los hice esperar? ―la sonrisa hecha de luna.

―En absoluto, acabamos de llegar ―la sonrisa hecha de mar.

<<Eso no es cierto...>>, pensó la pequeña sin decir nada. Llevaban ahí poco más de veinte minutos que a ella le parecieron una eternidad.

―Solo falta una pequeña parada y estaremos listos para salir... ―caminó con rapidez hacia la casa vecina.

―¿Está segura de que desea entrar sola?

No contestó, siguió caminando. Juan rio para sí mientras la seguía, esa voluntad inflexible le encantaba.

Las luces tenues parpadeaban cual velas en las pupilas dilatadas de Benedicto. Sentía el dolor, pero no lo entendía de la misma forma en la que un moribundo siente la muerte sin ser consciente de la agonía.

―¿Mamá? ―balbuceó de costado, mientras trataba de desapegar sus brazos de las ataduras―. No veo bien... ¡No veo bien!

―Y no tiene que hacerlo ―contestó su esposa sin que emoción ninguna le permeara la voz―. ¿Te gusta la letra "A"?

El hombre sacudió la cabeza sonriente. El corazón le latía lento, sus movimientos eran torpes y las caras muchas.

―No... ―un murmullo condimentado de risa―. No me gusta.

Ella tomó el sello que solía colocar sobre lacre caliente, cuidadosamente lo posicionó en el fuego de una vela y marcó otra vez su inicial en los brazos de Benedicto, con lentitud, con precisión.

Ya no gritaba, no como al comienzo, parecía que su consciencia se deshacía con cada herida; tal vez era por la pérdida de sangre ―más por la lengua que por los cortes― junto con el medicamento, aunque eso estaba bien, ya luego cuando despertara del todo al día siguiente podría recordar cómo sentir.

―¿se acuerda de cuando Agustín era niño?

―¿Agustín?

―Su hijo, el primero...

Los ojos le brillaron. Recordó seguro un bebé en sus brazos y una primera palabra que antes por desdén hubo olvidado.

―¡Por supuesto! ¡Era exactamente igual a mi abuelo! Era tan tranquilo... ―una brevísima imagen de su propia infancia.

―¿Se acuerda de cuando tomaba usted té mientras yo jugaba con el niño? ― un recuerdo desagradable de la infancia de otro y de la propia.

Trató de enderezarse. Su fallo le resultó hilarante a Asunción.

―Claro que recuerdo al niño jugando... Siempre tan educadito, un caballerito era ―los ojos abiertos, vacíos de presente―. ¿Usted estaba con él? Me acuerdo... veo una mujer bellísima que mira al niño con tan poco cariño...

Un pequeño cambio en la posición de las cejas de ella que ameritaba un cambio de tema. Lágrimas en los ojos de él.

―¿Le gustaban a usted las tazas de té?

Trató de soltarse de nuevo las amarras de las manos.

―No... no me disgustaban, sin embargo...

―Tampoco te gustaban, lo entiendo ―azotó una segunda tacita de porcelana contra el suelo―. Te eran indiferentes.

―¡Asunción! ―era la voz de Pedro. Ella volteó en seguida―. La están mirando.

Benedicto estaba de nuevo asustado de la figura que veía detrás de su esposa, aunque el hombre no se movió y de su boca solo salió un inentendible murmullo.

Fernanda, que había ingresado a la casa con intención de robar, se hallaba ahora frente a una escena difícil de comprender sin un contexto previo.

Asunción miró a la joven como si se mirara a sí misma, y Fernanda la observó como si hubiese encontrado el futuro al que la destinarían si no desobedecía.

La joven separó un poco sus labios, seguro para preparar alguna palabra o grito, pero la mayor se puso un dedo sobre la boca para indicarle que guardara silencio. Luego, con una calma admirable, señaló un joyero colocado sobre una repisa.

No hubo necesidad de que le explicara nada, Fernanda comprendió de inmediato el regalo que le daban.

<<Ella ya sabía lo que iba a pasar hoy, ¿se lo habrá contado su suegro?>>. Pensó mientras tomaba el contenido de la cajita. Luego de hacerlo se marchó de inmediato, sin tratar de digerir las acciones de la vecina que conocía desde la infancia, sin reparar en la sangre ni en los ojos idos del que odiaba.

―Gracias por decirme ―dijo Asunción hacia la no imagen de su no compañía cuando la joven se hubo ido.

Pedro sonrió. Ella usó la loza para tallar otro mensaje, esta vez en la espalda de Benedicto. Debía procurar ahora ser menos impulsiva y no hacer el corte demasiado profundo, solo lo suficiente como para que la cicatriz lo mantuviera tiempo después de que ella se hubiese ido.

Agustín no se molestó en acercarse a su padre o madre. Hizo caso omiso de lo que podría haber visto o escuchado y salió cargando su maleta y el abrigo que le daría cobijo hasta la salida del sol, y durante los momentos en que pasaría por sobre las nieves eternas de la cordillera.

Ver a Fernanda y a Juan fuera de su hogar, le alivió, se estaba sintiendo mejor. Deseaba olvidarse del todo del sueño, pero no podía, al ver las caras de sus amigos sintió, sin explicación alguna, que lo ocurrido en el sueño había pasado de verdad, o más bien, pasaría.

Nosotros [COMPLETA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora