Las luces de la casa se reflejaban tenuemente en los adoquines lustrados por la bruma que de madrugada, acosa a nuestra capital. Nubes bajas que se encargan de teñir de dorado la oscuridad bajo el alumbrado, y que hacían parecer de ensueño el piso bajo los pies de Juan de Dios, quien extrañado por la conversación, supo reconocer que Fernanda tenía un mundo sin él que se extendía lejos de su alcance. La ciudad a su alrededor temblaba con cada una de sus respiraciones, y se expandía cuando contenía el aire dentro de su cuerpo, esperando por despertar.
―¿He escuchado bien lo que has querido decir, Fernanda? ―preguntó el anciano acercándose a la luz. Su presencia parecía más alta gracias a la contorsión de su sombra bajo las luces y la luna.
―Sí, ha escuchado bien, tanto lo que le he dicho, como lo que ha oído espiándonos ―contestó ella con voz seca y la espalda bien derecha.
La mirada altiva de Fernanda hacía que Juan se sintiera más pequeño de lo que era, y se preguntó por un momento, por un solo segundo, si era buena idea que ella decidiera seguirle hasta ese puerto lejano del que sabía no volverían. Ese pensamiento fugaz le llevó hasta su madre enferma y la niña alineando las piedras en el patio.
El viejo suspiró y fijó sus ojos en un punto más allá del horizonte, miraba una decisión semejante tomada en su juventud, de la que nadie más era testigo. Guardó sus manos en los bolsillos de su sobretodo y sonrió.
―Ese mozo, Lucas, ¿él lo va a cuidar cuando se marche? ―lejos, muy lejos las pupilas.
La espalda de la joven dio un respingo que Rojas no percibió. Las mejillas se le sonrojaron un poco.
―Sí. Y créame que, a pesar de lo que usted ha escuchado, él es probablemente la única persona que puede mejorar la vida de Agustín, es todo menos un hombre violento ―respondió dejando tras sus palabras la más pura sinceridad.
Juan de Dios estaba confundido, cada vez más. La forma en la que hablaban de sus amigos parecía más a como se hablaría de una pareja.
―En usted, mi niña, confío. Pero tiene que entender en qué tipos de líos se puede estar metiendo con todo esto, hay cosas que no puedo cubrir por mucho.
―Lo sé, mas no debe usted preocuparse. Para cuando el mundo acá se caiga, su nieto y yo ya estaremos lejos, y usted podrá fingir la más indiferente ignorancia ―guardó silencio con el rostro cubierto de nostalgia―. No obstante comprenderá usted que, naturalmente, no le diré a dónde irá cada uno.
Los labios del anciano se apretaron un momento antes de asentir con la cabeza. A Fernanda le pareció mucho más joven repentinamente, una corta ilusión le permitió verlo antes de que el tiempo por su cuerpo pasara.
―El mozo, ¿dónde se encuentra? Debo hablar con él ―bruscamente cambió de tema―. Si puede, Fernanda, haga que se quede en su casa, acá no es barrio donde buscan delincuentes, yo hablo con su familia y le invento alguna historia, para que no me la molesten.
―Muchas gracias... En cuanto a Lucas está con Agustín, sin embargo, no sé si sea este el mejor momento para dirigirle la palabra, verá...
―Matar no es fácil, incluso cuando es defensa ―la interrumpió―. Lo que más duele es pensar que a uno no le ha costado ni molestado como se supone debería, eso carcome la mente por años... no hay quien se acostumbre sin volverse loco.
Juan se sintió tentado de preguntar, pero calló. Su intención motivó al señor a continuar profundizando el tema.
―Ustedes no nacían para cuando fue la guerra ―prosiguió―. Uno bañado de patriotismo se obliga a mirar lo indecible, hasta finalmente caer en cuenta de la verdad.
―¿La verdad? ―cuestionó Rojas con timidez.
―Que la muerte pesa sobre la vida.
―Entonces, ¿qué sigue? ―cuestionó emocionado Agustín mientras observaba a Lucas.
―Bueno, eso es casi todo lo que tengo ideado, ¿te gusta?
―¡Me encanta! No creo haber leído o escuchado nunca cosa semejante, es una idea nueva, diferente ―comentó emocionado.
―¿No es raro? Al principio cuestioné lo del futuro, mas ahora me parece la única forma de contar la historia ―replicó tímido.
―Suena maravilloso, de verdad. Un joven de cien años en el futuro que puede hablar con alguien de nuestro tiempo, pero solo en sueños ―repitió rellenando con toda la fantasía que su voz le permitía las palabras―. ¿Cómo se va a llamar?
―El reflejo del venado ―contestó con extrema seguridad.
―Lucas, tienes que escribirlo, pero no quiero que sea papel muerto en tu habitación, lo quiero vivo, aunque te veas forzado a publicar con seudónimo y torturar tu propio gusto.
<<Si sus personajes pueden encontrarse aunque los separe la infinidad del tiempo, ¿por qué no podríamos encontrarnos siempre nosotros, que únicamente somos separados por palabras, paredes y juramentos?>>, pensó Agustín.
―¿Estás imaginando que si hago realidad la historia, lo que a nosotros nos aparta será insignificante?
―¿Lees la mente?
―Sí, porque esos han sido mis pensamientos mientras en mi mente la empezaba.
<<Mientras el vecino se desangraba, mientras mis manos temblaban y sentía ciega la ventana>>.
Agustín tomó la mano de Lucas y colocándola cerca de su pecho dijo:
―Nadie nos va a quitar de nuevo lo que tenemos.
El aroma a flores inundaba la habitación que, sin embargo, no guardaba dentro de ella ninguna. Los jóvenes veían el florero desbordando rojo, y el proyector sobre la mesa, escuchaban pasar el tren, y como niños, veían real la fantasía de las novelas.
―¿Asunción? ¿Se encuentra bien? ―preguntó una voz fuera de la puerta.
Asunción había escuchado desde hacía un buen rato la conversación, pero sobre ello no había problema, ella ya no hablaba, solo caminaba cual fantasma por los rincones de la casa, conociendo los secretos sin revelarlos, sintiendo que su muerte le llevaría al mismo infierno que su amado. Pero la mujer tenía lágrimas en sus ojos y su expresión acongojada sugería que aún dentro de ella quedaba consciencia.
Cuando su suegro le tocó el hombro, se movió en silencio y con extrema lentitud hacia la habitación que ocupaba.
<<Pueden estar juntos aunque sea el tiempo quien los aparta>>, pensaba. Imaginaba tal vez que una historia así no solo vence a la época, sino también a la lógica de la muerte. Si ella fuese la protagonista de una novela, si ella tuviera la suerte de estar dentro de una imaginación como esa, podría ver a Pedro incluso estando él bajo las secas tierras del cementerio. Vencerían juntos las leyes de los relojes reviviendo a los muertos.
Agustín, al escuchar la voz de su abuelo, se apartó rápidamente de Lucas y entreabrió la puerta. A González le molestó la reacción, mas la comprendió.
―Tata, no sabía que había salido, es bien tarde ya ―comunicó con un dejo de apuro.
―Ya sé que Lucas está allí. Permite que yo entre también ―su tono no admitía réplicas de ningún tipo.
Cuando el abuelo cruzó la puerta González se paró muy derecho, y con su mirada ahora viva, analizó las facciones del hombre con suma educación, a la misma vez que el anciano hacía con él igual escrutinio.
―Fernanda y yo hemos puesto una fecha para sacarlos a los dos de aquí. Aunque primero necesito conversar con ambos, pero quiero que sepan desde ya: ―su semblante se oscureció―, digan una sola mentira, y tengan por seguro que uno terminará preso y el otro en un sanatorio, ¿nos entendemos? Si no son capaces de hablar con la verdad, no vale la pena que les intente ser de ayuda.
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Nosotros [COMPLETA]
RomantizmLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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