Las manos cubiertas por la fina tela de sudor nacida del nerviosismo. Las manos suaves, pero atemorizadas del futuro, temerosas de cargar con el peso de la culpa y la rebeldía. Ellas buscan en medio de la noche un alivio para su inquietud, algo que les llene el vacío que sienten abrirse en el pecho con cada respiración.
Manos inquietas agarran una pluma sin tinta para apretarla con intenciones nebulosas. No tallan imagen con el instrumento sobre el papel, en lugar de eso, la destrozan sobre brazos para llenar los canales de la punta con líquido que brota de piel recién perforada. Pero las manos se arrepienten y cubren temblando la herida abierta, preguntándose cómo se han atrevido a atacar el cuerpo que les pertenece.
La duda desaparece en cuestión de segundos. Las manos entienden, con ayuda de los ojos, que el dolor ha hecho por fin callar a la mente y que las sobrecoge una quietud envidiable que junto con la coagulación, se va deshilachando.
Las manos se duermen, despierta la consciencia para mostrar que...
Lucas estaba sentado en la cama, más molesto de lo que él mismo podía entender. Se sintió de pronto estancado, había pasado horas sin moverse ni decir nada, tampoco era que estuviera pensando realmente en los favores o rencores que le nacieran en el corazón. Lucas, además de la molestia estaba perturbado de no sentir más, de no temer, de no mirar con los ojos que antes tenía.
<<¿Serán estas manos todavía mías? Si mis ojos son otros, otras son entonces mis letras...>>.
Era noche afuera, el calor acumulado en los adoquines habíase ya disipado del todo, y solo quedaba la suave brisa invernal que presagia el punto medio del año, la parte siempre más memorable y complicada. Debían ser pasadas las nueve de la noche y en casa no quedaban luces encendidas, quizás no era tan mala idea salir a dar una vuelta, aún sabiendo que no se encontraría con ninguna persona a la que buscara. Quizás no era mala idea salir un rato a ver qué tal le funcionaba escuchar el ruido y la música, en lugar del desesperante tambaleo que era el latir de su corazón.
Se miró en el espejo descubriendo sus ojeras, ya a punto de ser convertidas en marcas permanentes en su piel; observó con cuidado su barba casi del todo afeitada; palpó su pelo corto con la partidura a la derecha; miró dentro de sus ojos y se vio mil veces reflejado... por último intentó sonreír, pero no abrió la boca. Algo dentro de su visión de esa noche le hizo sentir más niño, más joven e inexperto, algo le hizo sentir esperanza entre su ansiedad.
Procurando cambiar la camisa manchada y abotonar bien la nueva, salió con cuidado por la puerta trasera. Solo después de esquivar muebles a oscuras y torturarse con el crujir de las maderas, notó que había olvidado su chaqueta sobre la silla del escritorio.
Horas antes, el polvo acumulado en la ventana de Agustín anunciaba, vistiéndose de amarillo, el comienzo del atardecer. A su vez, el cuerpo del joven avisaba con desespero la necesidad de alcohol y cigarros, se sentía tan bien como cualquier día antes de comenzar a sentir sus pulmones quemarse desde adentro... sí, fumar le vendría bien.
Abrió la ventana con sumo cuidado en completo silencio. Teniendo la mitad del cuerpo fuera del marco escuchó a su padre entrar furioso por la puerta principal; apresuró la acción y dio un salto de fe hasta el patio. La caída le dejó doliendo los tobillos y rodillas por días.
La puerta de su habitación sonó incontables veces, nadie nunca la abrió.
Lucas ingresó a uno de esos lugares que toda la semana parecen estar abiertos, esos que hacen que la gente se pregunte si los trabajadores en algún momento se darán el tiempo de tomar un descanso. Era seguro un bar relativamente nuevo; en medio de sus luces brillantes mantenía unas cuantas zonas de escasa luminosidad preferidas por los menos sociables y aquellos que buscaban entre la música y las risas clandestinidad.
Minutos más tarde, parado en la parte más alejada de la luz, el joven buscaba calor mirando dentro del vaso que sostenía. Ya llevaba varios y empezaba a gustarle admirar la oscilación de la luz en la madera encerada, cuando alguien lo sacó a la fuerza de su ensimismamiento.
―¿Cómo te llamas? ―le preguntó un borracho que fingía sobriedad.
El joven, molesto por la interrupción hizo el esfuerzo de observar al dueño de la voz, pero le resultó una tarea difícil, sentía los párpados pesados y no quería perder de vista la luz del suelo.
―Lucas, ¿usted? ―contestó tratando de no ser maleducado, pero haciendo notar que quería seguir estando solo.
―¿Tan curao' estás? ¡Mírame y de ahí pregunta!
―¡¿Por qué me grita?! ―replicó con afectación mientras subía la mirada.
Cuando se encontró con los profundos ojos verdes y las pecas sobre la barba rubia, no le tomó un segundo asaltar a su interlocutor con un cariñoso, pero violento abrazo.
―No me conociste la voz ―le dijo Agustín con tristeza―. No me ves en unos meses y ya se te olvida cómo hablo...
―¡¿Qué estás haciendo acá?! ―continuó sin soltarlo―. ¿Desde hace cuánto que estás aquí?
―Llevo aquí como dos botellas y media, más o menos, pero igual compartí, así que no es tanto rato ―bromeó―. Ahora, el qué estoy haciendo es bastante obvio, vine aquí a tomar buenas decisiones de vida y veo que tú también.
―Me podrías haber ido a ver si ibas a salir...
―¿No cree que tengo más vida además de usted, señor?
―¿La tienes?
―No, pero por eso tenía que empezar a volver a salir.
―Fue una mala idea, te terminaste topando conmigo igual... ―apoyó la cabeza en el hombro derecho de Agustín y con detenimiento se concentró en el olor de su ropa limpia, de su pelo lavado, del fino sudor provocado por el calor del ejercicio, y del alcohol barato en sus labios tapado por el humo de un cigarrillo recién fumado.
―Lo fue definitivamente, ahora no me queda más opción que cuidarte hasta que empieces a estar más consciente ―respondió tocándole el cabello con tierna aspereza―. ¿Vas a estar apoyándote en mí toda la noche?
Lucas se apartó de inmediato. El rojo de su piel provocado por el vino se mezcló con el rubor de la vergüenza cuando notó que quizás necesitaba sentarse, pues Agustín le había afirmado para que no perdiera el equilibrio.
―Estoy seguro de que he bebido mucho menos que tú, ¿por qué te ves tan bien?
―Si encuentras que me veo bien, es probable que deba apartarte de ese vaso en este momento ―le dio una palmada en la espalda sonriendo―. Tienes poca resistencia, y además no sabes cuándo es momento de parar, ¿cuántos años tienes? ¿Quince? Debes ser más responsable contigo mismo.
―Lo dice el que acaba de fumarse cuánto ha encontrado al alcance...
―Eso es una mera acusación que no tienes cómo comprobar.
―No me quiero ir de acá... ―le miró sonriendo, recién ahí Agustín descubrió los dientes ausentes.
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Nosotros [COMPLETA]
RomanceLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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