Fuese lo que fuese

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Las sábanas aprisionaban sus piernas, sin que él fuera plenamente consciente de las cadenas que se trenzaban sobre su llanto a ojos cerrados. Sentía un hilo estirado dentro del cuerpo que se tensaba con cada respiración. El hilo, que estaba hecho de tela y hielo, le quemaba desde adentro, recordándole la existencia de sus huesos incluso en la espesura de su sueño febril.

Aunque le hubieran despertado a la fuerza, Agustín habría sido incapaz de recordar lo que desbordaba de su inconsciente convertido en sudor, pues aquello que veía eran solo imágenes semejantes a recuerdos inconexos, de los cuales no podía estrujarse ninguna palabra ni lógica, solo bruma semejante al sentimiento.

Si las imágenes contenían a Lucas bañado en sangre, o a él mismo encerrado en la oscuridad de un ataúd rasguñando la madera, no tiene importancia, pues de nada se acordó cuando abrió los ojos buscando compañía. Al despegarse sus párpados únicamente un nombre en forma de quejido escapó débilmente de su boca.

―¿Lucas? ―preguntó sin estar del todo despierto, atribuyendo forma humana a un mueble cerca de la puerta―. ¿Lucas? ―y sonrió, creyendo ver a quien esperaba.

Pero no había nada, Agustín estaba solo, y así había estado por meses, carcomiéndose la mente entre esperas y malos sueños. Por lo menos solamente era fiebre esa vez, no había tos, le hubieron dicho hacía meses que ya pronto estaría mejor, sin embargo, con cada visita de su tío vistiendo de médico, podía decir, sin pensar demasiado, que los únicos cambios que notaba eran desagradables avances en la enfermedad. Se sentía más flaco que antes, que la barba hacía ver a su cabeza desproporcionada a comparación del cuerpo y que los ojos le sobresalían de rabia en el espejo.

―¡¿Lucas?! ―gritó con desespero al suponerse ignorado―. ¡¿Lucas?!

La puerta se abrió permitiendo pasar un tenue haz de luz, que le reveló que Lucas no era más que un estante. Agustín comprendió de inmediato su confusión, no obstante no se avergonzó, el hilo dentro de sus huesos le seguía tirando, y distraía casi toda su atención; la realidad y el sueño se parecían demasiado.

―El chico no va a llegar ―le respondió una cálida voz femenina―. Siempre es peor en la madrugada, así me decía Hilda cuando aún podía hablar.

Agustín se curvó en la cama, le dolía sentir la tela de su ropa y no sabía qué posición adoptar para huir del ardor y el frío disfrazado de calor. La voz de su madre era como una difusa reverberación entre su pensamiento.

―Todavía no va a llegar, ¿no se acuerda? Es en un mes más, es preciso que para entonces presente usted alguna mejoría ―se acercó para colocarle un paño mojado sobre la frente, y bajo la camisa―. ¿Es sueño esto?

―Sí... ―contestó en un susurro―. Mi madre... ella no habla...

―Es verdad, está loca y por eso no habla. Esto es sueño mi niño, un sueño donde le atienden y quieren de verdad.

―...Pero...

―¿Pero en el sueño él tampoco llega? ―miró por la ventana y luego los cabellos casi blancos de su primer hijo―. No llega en el sueño, porque puede llegar en la realidad, si llegara en el sueño, le abandonaría para siempre en la vida que sí se puede palpar, ¿lo entiende? Lo que se tiene en la ilusión se pierde al despertar.

Agustín asintió entre escalofríos, y cerró de nuevo los ojos, esperando que para cuando los abriera otra vez, la blancura de la noche se hubiese marchado y llevado consigo su dolor.

<<"Lo que se tiene en la ilusión se pierde al despertar">>, pensó antes de caer dormido.

Y fuesen los años o los ojos

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